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36
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Aún no era capaz de reconocer el lugar en el que se había despertado. Tuvieron que pasar unos segundos y escuchar a su lado aquella respiración acompasada, plagada de leves silbidos, para recordar dónde y con quién estaba; una fría habitación de hospital con Ana, la sempiterna mujer que iba a acompañarlo hasta el final de sus días.

Ayer mismo, recién cumplidos los ochenta y dos años, el doctor, confirmó la inminencia de su muerte. Saber que, finalmente, el cáncer tenía la guerra ganada, lo espoleó para que todos sus recuerdos volvieran a la luz; muchos de ellos habían terminado, por fin, los años de condena en el cuarto oscuro de su cerebro.

El recuerdo que más le afligía era el del accidente. Ese día, los dos, estuvieron a punto de morir. «¿Cuánto ha sido el tiempo extra que hemos vivido? ¿veinte, veintidós años?» pensaba un instante antes de que un fuerte dolor en el abdomen lo devolviera a la realidad.

—Ana —gritó lo más alto que el dolor le permitía—, despierta, esto se acaba…

La mujer tuvo el tiempo justo para despertar, apretarle con firmeza la mano y constatar que esas palabras serían las últimas.

Aún no era capaz de reconocer el lugar en el que se había despertado. Tuvieron que pasar unos segundos y escuchar la sirena de una ambulancia para saber dónde y con quién estaba.

Apenas habían transcurrido menos de quince minutos desde que el coche deslizó, sin control, por el agua acumulada sobre el asfalto. Imposible volver a controlarlo, imposible contar las vueltas de campana que había dado antes de detenerse en aquella cuneta.

Todavía resonaban en sus oídos las palabras de Ana:

—¿Quieres levantar el pie? Con la que está cayendo, nos vamos a matar en cualquier momento.

Su coche había terminado boca para abajo y ella estaba a su lado, inconsciente… o muerta, cubierta y rodeada de miles de fragmentos de cristal.

—Ana —gritó.

No obtuvo respuesta alguna. Bajo ella se había formado un charco, mezcla del agua que se colaba por todas las ventanillas y de su propia sangre. Él, tampoco podía moverse.

Algunos años más tarde, parapléjico y solo en aquella habitación de hospital, esperaba, con la paciencia del que no puede hacer otra cosa, que le llegara el final anticipado por el doctor.

Saber que, finalmente, la muerte lo esperaba a la vuelta de la esquina, lo espoleó para que todos sus recuerdos volvieran a la luz; muchos de ellos habían terminado, por fin, los años de condena en el cuarto oscuro de su cerebro.

Además del accidente, el recuerdo que más le afligía era el de su infidelidad con aquella desconocida. Por suerte para él, Ana, nunca lo descubrió; aunque fue fruto de una borrachera de sábado, de haberlo sabido, ella jamás lo hubiera perdonado.

—Si pudiera volver atrás, no volvería a hacerlo.

Su voz apenas sonó como un susurro. Fueron sus últimas palabras. Cayó en un pesado sopor del que su enfermedad no lo dejaría regresar.

Aún no era capaz de reconocer el lugar en el que se había despertado. Tuvieron que pasar unos segundos y escuchar la voz de aquella mujer para saber dónde y con quién estaba. Tenía la boca pastosa y un terrible dolor de cabeza que le abotagaba los sentidos.

Ni siquiera se despidió de la mujer de la que no era capaz de recordar su nombre. En la puerta dudaba entre ir a la derecha o a la izquierda.

«¿Dónde narices aparcaría ayer?» pensaba antes de que la voz de la mujer, desde las alturas, llamara su atención.

—Te dejas esto —gritó.

Se apresuró a recoger su calzoncillo del suelo antes de que nadie lo viera.

—Hija de p…

No terminó de decir la palabra, todavía se estaba incorporando y ya había reconocido aquellos zapatos a escasos centímetros frente a él; también reconoció las piernas, las caderas y el resto de la mujer.

—¡Ana!

Fue lo único que le dio tiempo a decir antes de que la bofetada resonara por toda la calle. Aunque lo intentó, no consiguió su perdón.

—No puedo soportarlo más —dijo antes de saltar al vacío.

La caída duró tan poco tiempo que no le dio tiempo a recordar nada.

Muchos años después, Ana, en su lecho de muerte, junto a su marido y sus hijos, recordó el momento en el que lo sorprendió saliendo de aquella casa. «¿Cómo habría sido mi vida si no lo hubiera pillado con aquella mujer?» pensó justo antes de cerrar los ojos para siempre.

Publicado la semana 36. 03/09/2018
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