Semana
35
David Lizandra

Pirólisis

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Relato
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—Brillante, joven, persevere y llegará usted lejos.

Todavía, casi diez años después, recordaba la cara del rector de la universidad cuando levantó la vista de su proyecto de fin de carrera para felicitarle.

Él, si que perseveró. Poco tiempo después lo había registrado a su nombre en la oficina de patentes y vendido, sin su consentimiento, a una conocida marca de electrodomésticos.

La voz de su secretaria lo devolvió al presente.

—Don Ulises acaba de llegar.

—Oh… —hizo una breve pausa para recoger algunos papeles que tenía desperdigados sobre la mesa—. Hágalo pasar, por favor, Silvia.

«El tiempo no te ha tratado tan bien, después de todo» pensó Ginés nada más verlo entrar en su despacho.

Y no le faltaba razón. La alopecia había causado estragos en su grasiento cuero cabelludo y su mirada desde la profundidad de las ojeras, antesala de unos ojos amarillentos, le hablaba de su adicción a la bebida. El olor a alcohol, para confirmar su teoría inicial, no tardó en llegar hasta él.

Como pudo reprimió las náuseas que le producía la simple presencia de aquel individuo. Ni siquiera le tendió la mano para saludarlo; se limitó a señalar hacia la silla de cortesía para que se sentara.

—¿Me recuerda? —preguntó Ginés.

Ulises entornó los ojos. Durante un rato lo estuvo observando con detalle, al principio le pareció reconocer aquellos rasgos, pero terminó por claudicar a su empeño.

—No, lo siento, Ginés. ¿Debería recordarlo? —dijo.

Ginés, sentado frente al hombre que estuvo a punto de terminar con su carrera de ingeniero casi antes de comenzar a desempeñarla, sonreía.

—No tiene mayor importancia, pero sí, debería recordarme, aunque no debe preocuparle ese pequeño detalle. Enseguida le refrescaré la memoria —respondió.

Durante mucho rato, Ginés le contó cómo, tras las merecidas vacaciones después de finalizar su carrera de ingeniería industrial, trató de vender su brillante proyecto a una de las empresas que le recomendaron, pero alguien se le había adelantado. Incluso le enseñaron los innovadores hornos de pirólisis que ya estaban comercializando desde hacía tan solo unas semanas.

La cara de Ulises iba cambiando a medida que escuchaba una historia en la que, él, se reconoció de inmediato como el malvado antagonista.

—No crea que me he olvidado de usted, don Ulises, durante todo este tiempo. Al día siguiente del episodio de la fábrica me planté en el campus con la pistola de mi padre. Estaba dispuesto a todo para vengar aquella afrenta. Incluso lo tuve a escasos metros, pero me contuve —Ginés hizo una pausa para mirar a Ulises—. En aquel momento gesté como sería la venganza… y aquí estamos… juntos... frente a frente… tantos años después.

El silencio que se produjo al terminar fue incómodo para ambos. Ulises tragó saliva con alguna dificultad y se revolvió, nervioso, en su asiento. Ginés alargó el brazo hasta uno de los cajones del que extrajo lo que parecía un pequeño mando a distancia. Estuvo jugueteando un rato con él antes de volver a hablar.

—No, no iba a terminar mi historia con usted muerto y con mis huesos en una miserable celda durante el resto de mi vida. Me contuve —carraspeó para llamar la atención de Ulises—. Esto es en lo que he estado trabajando desde entonces.

Ginés mantenía en alto el extraño artilugio. Era poco más grande que un móvil convencional. Podría tratarse de una tableta si no fuera por un pequeño mando central parecido a una palanca de mando, como esas que utilizan los jóvenes para sus juegos.

La decoración del despacho era minimalista; no había en él nada superfluo y todo parecía estar colocado en perfecto orden sobre la mesa y las estanterías. Todo, excepto aquel pequeño cepillo de mano con un recogedor que estaban, a todas luces, fuera de lugar. Ulises lo miró con extrañeza antes de hacer el ademán de levantarse.

—Bueno —dijo—. Si no tiene más que decir, me temo que debo dar por terminada nuestra cita…

—Espere, por favor, me falta una última cosa por enseñarle, don Ulises. Pero no se preocupe, no me llevará más de un minuto —le interrumpió Ginés.

Mantenía el aparato en una de sus manos. Con un toque de teatralidad acercó la otra mano para ponerlo en marcha. Una luz verdosa, procedente de la pantalla, iluminaba su siniestra sonrisa. Durante algunos segundos, Ulises, lo vio maniobrar con destreza la pequeña palanca.

—Bien, don Ulises, esto es en lo que he estado trabajando desde que usted me robó aquel proyecto de un horno con pirólisis. Como comprobará de inmediato, lo he mejorado y, esta vez, a diferencia de la anterior, no me robará la patente.

En cuanto pulsó el botón, Ulises, sintió un calor insoportable que lo consumía desde el interior. Poco después, el único rastro que quedaba de su visita era un pequeño montón de cenizas.

Con tranquilidad, como si allí no hubiera ocurrido nada, Ginés, limpió cualquier resto de lo que, hasta solo unos minutos antes, había sido don Ulises.

Silvia, no quiso demostrar sorpresa cuando Ginés le entregó la bolsa con un pequeño cepillo, un recogedor del mismo tamaño y unas pocas cenizas en su interior.

«Mejor no decir nada. No quisiera ser yo la siguiente» pensó mientras miraba una extraña mancha oscura sobre el tapizado de la silla.

Publicado la semana 35. 27/08/2018
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