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32
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—Con todo lo crees que has sido, sigues y seguirás siendo un principiante a mi lado.

Aun con los ojos cerrados, Marcos, había reconocido aquella voz. Durante sus años de sádico asesino fue la única persona que, aunque sin conseguirlo, osó tratar de conseguir su amistad. La recompensa que obtuvo Sergio por aquella audacia, ser su aprendiz durante al menos tres años.

—Buenos días, Sergio.

Abrió los ojos. Frente a él, a escasos centímetros de su nariz, amenazadora, estaba la oscura boca del cañón de un revólver.

—Sabía que esto iba a pasar —dijo Marcos.

Miró a la mesilla de noche con disimulo. Ahora Marcos ya sabía con qué arma le estaba apuntando; con la suya, que siempre dejaba cerca de él cuando dormía. Sonrió.

—¿Vas a matarme? Te faltan agallas para hacerlo, nunca has matado a nadie. No sabes lo que se siente al hacerlo, no eres capaz, yo te adiestré y sé que el oficio de la muerte por encargo no está hecho para ti.

Solo entonces se fijó en la cara de Sergio; él también sonreía.

—Claro que voy a hacerlo, tienes un exjefe que quiere deshacerse de ti y paga un buen dinero a quién le lleve tu cabeza… uy, pero este revólver… —alzó un poco el arma y la agitó en su mano—. No pesa, está descargado… Eres astuto, Marcos, muy astuto.

Mientras hablaba, sacó la pistola que su maestro, cuando consideró que estaba listo para enfrentarse a la soledad de un asesino por encargo, le había regalado.

—Esta sí que está cargada —dijo—. La reconoces, ¿Verdad? ¿Ya no sonríes?

Tensó el índice sobre el gatillo. El disparo retumbó como un trueno en la habitación, pero, Sergio, apenas fue capaz de escucharlo antes de caer desplomado. La bala le había traspasado el cuello. No era capaz de entender lo ocurrido hasta que cayó en la cuenta.

—Estúpido, ni siquiera has ido a hacer prácticas de tiro con mi regalo. Sabía que tarde o temprano vendrías a por mí, eras demasiado prepotente y envidioso. Preparar el arma para que te saliera el tiro por la culata fue sencillo, aunque nunca imaginé que fueras tan estúpido como para estrenarla contra mí, en mi propia casa. Ahora tendré que limpiar toda esta mierda que me estás dejando en el suelo —dijo Marcos mientras se incorporaba.

Con parsimonia, como si el drama que se estaba desarrollando a sus pies no fuera con él, agarró su pistola. Abrió un cajón para sacar el cargador y lo introdujo en la culata con un golpe seco.

Tendido en el suelo, entre un charco de su propia sangre, Sergio, miraba a su verdugo enroscar el silenciador. Sus ojos estaban abiertos como platos. Aunque trataba de taponar la herida con las manos, cualquier esfuerzo para detener la hemorragia parecía estar condenado al fracaso. Dejó escapar una carcajada histérica a la que sucedió un golpe de tos aderezado por un desagradable burbujeo que escapaba de su herida.

Marcos amartilló al arma y no esperó más. «Tampoco es necesario hacer sufrir más a este estúpido aprendiz» pensó antes de apretar el gatillo.

Él, a diferencia de Sergio, ni siquiera fue capaz de escuchar el disparo. La bala le atravesó la cabeza y quedó incrustada en el techo, junto a la lámpara. Cayó al suelo desmadejado sin darle tiempo a saber qué había fallado.

—Parece que el aprendiz aprendió algunos trucos que tú no le enseñaste —susurró Sergio.

Apenas un instante después, el molesto sonido del borboteo cesó para siempre.

Publicado la semana 32. 06/08/2018
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