31
David Lizandra

Extrasolar

Otra vez volvía a escuchar el estridente pitido, pero ahora era diferente, lo escuchaba tan lejano que ni siquiera le resultaba molesto. Unos segundos más tarde cesó por completo y, antes de incorporarse, lo había olvidado.

El lugar donde se encontraba y cómo había llegado hasta allí, seguía siendo una incógnita; desde luego no le constaba haber llegado hasta ese lugar por sus medios. Y luego estaba lo del extraño objeto donde se había despertado, un híbrido entre huevo y ataúd, lleno de luces a los lados que parpadeaban, de forma alternativa, a cortos intervalos de tiempo.

Pero sin duda, lo más extraño era lo de aquel pasillo, que se le antojaba infinito, con una intensa luz al fondo que le impedía ver qué había más allá.

—Jesús, ¿sabes quién soy?

Aunque la voz le resultaba familiar, el hecho de escucharla en algún lugar indeterminado en mitad de aquel pasillo, y de que no viera a nadie a su alrededor lo desorientó de tal forma que fue incapaz de reconocerla.

—¿Quién eres? —dijo Jesús.

—Soy tu comandante —respondió la voz—. Saliste de la tierra hace más de quince años con el objetivo de llegar hoy a Tontolkiul.

—¿Tontolkiul?

—Así es, Jesús, un planeta extrasolar, más allá de cualquier órbita conocida.

Por un momento, a Jesús, le pareció que el propietario de la voz estaba aguantándose la risa, pero era obvio que debía de estar equivocado.

—Vas a tener que tomar muchas muestras de ese planeta antes de volver a criogenizarte para poder regresar de nuevo a la Tierra —continuó diciendo el propietario de la voz—. Te queda por delante un árduo trabajo, te deseo mucha suer…

Escuchó algo parecido a una colleja, seguido de un “uy”, antes de la estridente voz femenina que reconoció desde el primer instante.

—Pero… ¿se puede ser más imbécil, Enrique?

«Joder, esa es la voz de mi madre, pero no sé qué narices esta haciendo aquí… y ¿Enrique? ¿cómo no iba a conocer a la otra voz, si es la de mi hermano?» pensó Jesús incapaz de entender nada de lo que estaba sucediendo.

Abrió los ojos.

Enrique se había apartado a un lado y, frente a él, estaba su madre. Miró alrededor, luego sus brazos, conectados a varias máquinas con muchas luces, podía escuchar los pitidos no tan estridentes como los que recordaba haber escuchado apenas un rato antes.

—¿Estás bien, Jesús? Pensaba que te perdía. Has estado clínicamente muerto al menos cinco minutos —escuchó decir a su madre.

—¿Muerto clínicamente? ¿y qué hay del planeta Tontolkiul? ¿la toma de muestras?

Jesús escuchó unos extraños sonidos guturales, evidencia de que alguien estaba tratando de aguantar la risa. Miró hacia el rincón de dónde venían y su hermano fue incapaz de aguantarse más, estalló en carcajadas y le dio el tiempo justo de salir de la habitación un instante antes de que la zapatilla de su madre se estrellara contra el marco de la puerta.

—Pero… yo vi la luz al final del pasillo. Esa de la que tanto se habla que dicen haber visto los que, como yo, han regresado después de estar muertos. Existe, estaba ahí...

—Imbécil tu hermano por tomarte el pelo y tú también, por creerlo. Yo solo sé que he tenido muy mala suerte al tener dos hijos descerebrados —dijo la madre—. Ahora, haz el favor de ponerte bueno.

«Vi el pasillo y la extraña máquina con forma de huevo, lo sé. Ahora me da menos miedo la muerte» pensó Jesús un poco antes de volver a cerrar los ojos.

Publicado la semana 31. 30/07/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
31
Ranking
2 171 2