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En condiciones normales, Adolfo, solía ser madrugador. Esa mañana, no. Estaba tan a gusto envuelto en los recuerdos de la noche anterior, que le daba pereza abrir los ojos para no romper la magia de aquel despertar.

Dejó vagar a sus recuerdos entre las tinieblas de sus ojos cerrados.

Sonó el timbre, tardó dos “ya voy” en abrir; cuando lo hizo, ahí estaba ella, al otro lado de la puerta, vestida con aquel extraño ropaje gris, impertérrita, impasible, preciosa.

Tanto le gustó, que tardó más de lo esperado en reaccionar.

—¿Un poco de sal? Cómo negárselo… —balbuceó.

—Pero, por favor, qué maleducado puedo llegar a ser… pase, pase.

La mujer se dejó conducir con suavidad hasta el salón.

—Espere un segundo, enseguida le traigo la sal —dijo.

Una sorpresa le esperaba al regresar con un pequeño tarro de sal entre las manos; ella se había despojado de sus ropajes. La encontró desnuda, estirada sobre el sofá, con la excitación de aguardar su llegada.

«Qué ropa tan sucia traía, parecen harapos... si se queda mucho rato, pondré una lavadora» pensó Adolfo mientras él también se despojaba de su ropa.

Al principio el extraño olor que despedía la mujer estuvo a punto de echarlo para atrás, pero en cuanto logró acostumbrarse le acabo resultando agradable. Retozaron durante lo que debieron ser horas en aquel sofá, hasta que decidieron continuar sus juegos en la comodidad que les ofrecía la espléndida cama de matrimonio.

El sonido del timbre le hizo que abandonara, en ese mismo instante, el deleite que le producían los recuerdos de la noche anterior.

Abrió los ojos sin mirar a su lado. La mujer no se movía, parecía dormida, no quiso molestarla.

Una placa policial, al otro lado de la mirilla, acabó de terminar con la caraja matinal y la palabra "policía" hizo que se diera prisa por abrir.

—Es él, agente, no me cabe la menor duda, lo vimos con claridad en la cámara.

El que habló era el único de los recién llegados que no vestía uniforme.

Con un leve empujón echó a un lado a Adolfo.

—Miren —se escuchó gritar desde la cocina. —Este hijo de su madre ha lavado las vendas. Están tendidas aquí.

Lo siguiente que se escuchó fue el grito desgarrado del director del museo de antropología.

—Maldito depravado... Ha destrozado la momia... solo quedan detritus del tamaño de una canica. Unos pocos en el sofá y el resto en la cama.

«Ahora entiendo lo del extraño olor» pensó Adolfo mientras le colocaban las esposas.

Publicado la semana 27. 02/07/2018
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