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La certeza de que ese día era diferente a todos los anteriores ya no le abandonaría hasta que mucho después, ataviado con una camisa de fuerza, traspasó el umbral de la enorme puerta del psiquiátrico.

Apenas necesitó abrir los ojos esa mañana para tener conciencia de que algo diferente se había despertado en su interior. Para comenzar, su madre, que siempre le sermoneaba con la voz agria para que se levantara de la cama, ni siquiera le respondió al despedirse.

—Me voy. Volveré a la hora de comer —dijo Michel antes de cerrar la puerta con un leve portazo.

Ella estaba sentada en una de las sillas de la cocina cuando salió; eso le sorprendió, pero no tanto como comprobar que su padre seguía tumbado en la cama, boca abajo.

«¿Y este hombre, aún dormido a estas horas?», pensó después de echar una fugaz mirada a su reloj.

En el autobús las cosas tampoco transcurrieron con normalidad. Lo habitual era acabar, como casi siempre, discutiendo con algún pasajero del autobús; ese día no. Todos le trataron con el respeto que merecía, evitaban rozarlo, cosa que detestaba, e incluso el conductor, que detuvo el vehículo en cuanto se lo pidió, lo miró a los ojos de una forma que a él le pareció que rayaba en la admiración, poco antes de abrirle la puerta delantera para dejarle salir en contra de la norma.

—Es usted muy amable por abrirme esta puerta —le dijo desde la acera como muestra de su agradecimiento por el detalle.

Toda la gente lo respetaba más ese día, aún sin conocerlo de nada. De la misma forma que en el autobús, se apartaban a su paso y los cuchicheos, seguramente motivados por su porte marcial, eran incesantes a su espalda; los oía sin hacer esfuerzo alguno.

Una mujer dio un grito estremecedor unos metros más atrás. Michel se dio la vuelta a tiempo para ver cómo se desvanecía. Por un momento especuló en ir a socorrerla, pero al ver a dos hombres que ya estaban arrodillados junto a ella, se limitó a mirar su reloj antes de decidirse a continuar. «No hago falta. En estos casos, dos son compañía y tres, multitud», pensó.

—Eh, usted, deténgase —escuchó decir a su espalda.

Dos hombres, vestidos de policía, lo miraban. Parecían sorprendidos.

Michel miró atrás, luego volvió a mirarlos y se señaló el pecho.

—¿Es a mí? —preguntó extrañado.

No le dio tiempo a más. Aunque trató de resistirse, acabó abatido por la descarga, casi a quemarropa, de una pistola táser.

—¿Quién es usted? —preguntó al extraño que vio a su lado nada más abrir los ojos.

Trató de moverse, pero le resultó imposible. Algo le atenazaba desde el cuello hasta la cintura.

—Soy Pedro Sorribes, desde hace un rato su abogado —se detuvo un instante para señalar a un individuo que charlaba con los dos policías que poco antes le habían detenido. —Y ese hombre, es el juez al que deberá dar explicaciones —dijo el extraño.

Miró aterrado a su alrededor. Reconoció el lugar, sin duda estaba en su casa, pero no veía a sus padres por ningún lado.

—¿Dónde están mis padres? —gritó.

El juez dejó de hablar con los policías y se acercó.

—¿Sus padres? ¿No recuerda lo que les hizo? Venga conmigo, le refrescaré la memoria.

Otro policía, del que hasta ahora no se había percatado, lo agarró por el codo y le ayudó a levantarse. Casi a empujones lo llevó hasta la habitación del matrimonio, donde su padre yacía boca abajo, exangüe, sobre un colchón empapado de un líquido rojo oscuro.

—A simple vista, he contado hasta diez puñaladas —escuchó decir a su espalda.

Muy a su pesar, algunas imágenes comenzaron a aparecer en su memoria como fogonazos inconexos y no fue hasta que lo llevaron a la cocina cuando acabó de recordarlo todo. Allí estaba su madre, sentada tal como la había sorprendido, con la garganta casi seccionada.

—No era admiración lo que veía en los ojos del conductor… era terror por mi aspecto ensangrentado —susurró. —Y los pasajeros del bus… estaban acojonados, también allí recuerdo que maté a alguno. ¡Seré idiota! Y yo pensando que era respeto.

Su abogado no entendió lo que quiso decir, aunque tampoco le importaba en exceso; sabía que ese caso lo tenía perdido antes incluso de comenzar la defensa.

Publicado la semana 24. 11/06/2018
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