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23
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—¿Cuánto tiempo hace que Pilar trabaja para ti?

La pregunta no le sorprendió, en cierto modo la esperaba desde que lo vio entrar.

Miró al hombre con una enorme sonrisa de satisfacción. «Estás jodido porque no la encontraste tú antes», pensó Ramiro antes de responder.

No era la primera vez que sus caminos se cruzaban. Él era muy observador y jamás olvidaba una cara. Además, conocía muy bien al jefe del hombre que estaba ahora mismo a su lado; fueron los mejores amigos desde la infancia y continuaron siéndolo hasta que, desde hacía unos años, la rivalidad les había convertido en encarnizados enemigos.

—¿Eso es importante? —dijo Ramiro sin quitarle la vista de encima.

—Sabe que es de mala educación responder a una pregunta con otra…

—No sigas por ahí, no eres nadie, solo eres un vasallo, un “busca talentos” que luego irá con el cuento a su amo… —Ramiro lo miró fijamente. —Has elegido víctima, le has indicado con todo lujo de detalles como quieres que Pilar le despiece el cuerpo… incluso has pagado por adelantado… ahora deja que ella haga su trabajo y luego desaparece de mi vista —le dijo.

No volvieron a hablar. Solo miraban hacia donde la mujer terminaba de descuartizar a aquel pobre desventurado. En algún momento, cuando ella levantó la vista y vio la forma en que la miraban, pareció ensañarse con el cuchillo.

Ambos permanecieron en silencio, embelesados por la maestría de cada uno de sus movimientos, pero a la vez aliviados por saber que, al menos de momento, no eran suyos los cuerpos ensangrentados a merced de sus manos y del siniestro estilete. No podía haber nada más estremecedor que ver como manejaba aquel cuchillo.

Sus manos y su ropa todavía estaban llenas de sangre cuando el hombre salió de allí sin mirar atrás.

—Sabes que te van a hacer una oferta, ¿Verdad? —preguntó Ramiro.

Tenía la mirada fija en algún punto indeterminado.

La mujer lo miró con curiosidad.

—¿Ese? Parecía un don nadie.

—No él, su jefe —Ramiro suspiró. —Te ofrecerán el doble de lo que yo te pago, tal vez el triple, si sabes negociar. Eres la mejor y lo sabes.

—Qué poco me conoce, don Ramiro. ¿Recuerda al tugurio de donde me sacó?

Ramiro asintió sin mirarla. Sonreía.

—Pues el agradecimiento que le tengo por aquello, no se paga con dinero —concluyó la mujer.

Terminó de limpiar sus manos, le lanzó un beso con la mano y se marchó bajo la atenta mirada de Ramiro. Ni siquiera quiso despedirse, parecía ofendida.

Él no era muy diferente de su examigo. Tiempo atrás utilizó la misma estrategia para contratarla. Le ofreció el doble de lo que estaba cobrando. Pero, al menos, tuvo la decencia de encargarse personalmente de la negociación; no necesito de la intervención de sicarios.

Pilar no respondió al instante, se tomó su tiempo para pensar la respuesta y cuando lo hizo, ni siquiera dejó de empuñar el cuchillo.

—Aquí el sueldo es de risa… dame el triple y dejo al baboso de mi jefe hoy mismo —le respondió entonces.

—¡Trato hecho! —exclamó de inmediato Ramiro.

Ambos permanecieron en silencio unos segundos, luego ella se quitó el guante para ofrecerle la mano y, poco después, con los nervios, a punto estuvo de echar el acuerdo por la borda.

—¿Abrirías los muslos?

Aún sin terminar de formular la pregunta, Ramiro, ya se había dado cuenta de lo inapropiado que había sonado.

Pilar, muy seria, lo miró a lo zaíno antes de responder.

—Te refieres a que los deshuese y los abra para asar… imagino.

Lo estaba fulminando con la mirada.

—Sí, claro. Perdona.

Estaba terminando de deshuesar los muslos del desventurado pollo cuando otra sonrisa, esta vez pícara, se dibujó en su cara.

—Y las pechugas… ¿Cómo te gustan?

Ramiro miró al suelo. Se había sonrojado.

Terminó de preparar aquel pedido, dejó el cuchillo con un fuerte golpe sobre el mostrador, arrojó el delantal ensangrentado a la cara de su envidiosa compañera, y salió de allí sabiendo que al día siguiente iba a trabajar en la sección de carnicería de un supermercado mucho mejor que aquel.

 

Publicado la semana 23. 05/06/2018
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