Semana
22
David Lizandra

Cosmogonía

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Relato
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—¿Tiene algo que decir el acusado?

Se hizo el silencio en la sala. Los cientos de ojos que llenaban aquel lugar fijaron la vista en el hombre delgado, diminuto, de mirada perdida. Todos esperaban expectantes y en silencio para conocer la justificación, si la había, de la barbarie que cometió.

Salvador, carraspeó desde el banco de los acusados antes de asentir con la cabeza.

—Sí, señoría, si me lo permite me gustaría hacer un último alegato —respondió.

Levantó las manos para mostrar que permanecían esposadas.

El juez, desde el estrado, dio otro vistazo al acusado. «Es un hombre insignificante, nunca entenderé cómo fue capaz de hacer aquello, parece tan inofensivo» pensó, mientras, con un movimiento casi imperceptible, fijó sus ojos en el hombre uniformado que escoltaba al prisionero.

Al alguacil, después de tantos años junto al mismo magistrado, le bastó con una leve inclinación de su cabeza asintiendo para comprender lo que le pedía; acercó una llave a las muñecas del acusado y estas quedaron libres de inmediato. Salvador todavía seguía frotándolas cuando subió a la tarima.

Desde allí arriba podía controlar hasta el más pequeño de los movimientos. Una enorme sonrisa podía verse en su cara al comenzar a revisar, uno por uno, todos los bancos. Sin embargo, antes de llegar a los miembros del jurado, su gesto se tornó serio.

Volvió a carraspear. Ningún sonido, ni siquiera un leve roce de ropa se podía escuchar, el ruido de un alfiler al chocar con el suelo hubiera resultado ensordecedor.

—¿Conocen el significado de la palabra “cosmogonía”?

Algunos, como el juez, se encogieron de hombros, otros negaron con la cabeza y, la mayoría, ni se inmutó tal vez para no parecer ignorantes.

—Oh, no tienen por qué preocuparse, sé que la mayoría de los presentes, por no decir todos, desconocen el significado; yo se lo diré…

Se tomó su tiempo antes de continuar; al hacerlo fijó la vista a su izquierda, en algún punto indeterminado entre el espacio que lo separaba del público.

—El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española da dos acepciones…

Volvió a hacer otra pausa. Cada vez se hacía más evidente que estaba disfrutando de “su momento”.

El juez le llamó la atención. Simulaba estar indignado, pero su sonrisa le delataba; también se lo estaba pasando en grande. Pocas veces, en sus muchos años de carrera, le habían sorprendido las palabras de un acusado.

—¡Quiere centrarse en lo que nos ocupa! No podemos quedarnos aquí a celebrar la Navidad. Estos señores tendrán cosas que hacer ahí afuera —dijo mientras hacía un cómico movimiento para mirar su reloj.

—Cosmogonía… —volvió a decir Salvador. —Cómo ya les señalé antes de que su señoría me interrumpiera, tiene dos acepciones. La primera, “relato mítico relativo a los orígenes del mundo”, no nos interesa; para eso ya está la Biblia. —miró de nuevo al juez para mostrarle su sonrisa cómplice. —Pero la segunda acepción, sí que nos interesa; “teoría científica que trata del origen y la evolución del universo” …

—Me tiene usted intrigado. Estoy deseando saber cómo va a ligar esa acepción que ha mencionado, al hecho de haber volado por los aires el edificio del Congreso de los Diputados con todos sus miembros dentro —el magistrado se detuvo para dar más énfasis a su alocución. —Y a haberlo llevado a cabo el mismo día en que se había aprobado el fin de la monarquía en el país.

—Ah, verá señoría… la votación acababa de terminar; por una mayoría suficiente se había derogado la monarquía. ¿Qué mejor momento que este para comenzar otra etapa política desde cero?

El juez levantó las palmas de las manos hacia el techo y encogió los hombros, incapaz de entender lo que le quería decir el acusado.

—Todos sabemos lo que ha generado la política en nuestro país desde que se reinstauró de nuevo la democracia tras el golpe de estado —continuó Salvador. —Chupópteros indeseables, corrupción hasta unos límites desconocidos fuera de las repúblicas bananeras, politicastros vendidos a unas siglas, que solo se ponen de acuerdo para establecerse un aumento de sus exagerados sueldos, o para pactar las fechas de las vacaciones sin habérselas ganado.

El gesto de Salvador se iba sonrojando por la ira que acumulaba.

—¿Tan difícil resultaba pactar entre ellos cosas que sean útiles a la ciudadanía en general? —Ahora Salvador miraba muy serio a los miembros del jurado. —Tan difícil le resulta decir a los miembros de los partidos de la oposición: Señores del gobierno, denme sus presupuestos, cambien esta o aquella partida presupuestaria, negociemos, por ejemplo, rebajar el abusivo precio de la electricidad, o, qué se yo, eliminemos los desahucios para siempre (Algo que de verdad resulte interesante para los de a pie) y, con mayor o menor disgusto, se los firmaré.

Tomó aire de nuevo.

—Pero en lugar de eso se enfrascan en un “no es no”, o en unas riñas que parecen sacadas de un jardín de infancia con la famosa coletilla de “y tú, más”. No, estimados miembros del jurado, eso no es hacer política y, ya que estaban todos metidos dentro del mismo circuito corrompido, no encontré otra solución que la de hacerlos desaparecer a todos de un plumazo… o bombazo —matizó.

Miró al juez, luego al resto de los allí presentes. Todos, en mayor o menos medida, exhibían el asombro ante aquella explicación en sus rostros.

—Ah, ya… cosmogonía… verán… —volvió a sonreír. —Ahora, con todos los políticos de la vieja escuela desaparecidos, es el momento de reescribir una nueva teoría que trate sobre el origen y la evolución del universo político en nuestro país… pero esta vez sin los lastres de la posguerra, claro.

Publicado la semana 22. 28/05/2018
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