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Un poco antes, al trazar la primera línea de aquel esbozo, ya le había invadido una extraña sensación; como si no fuera él quién estuviera trazándola. Desde ese momento tuvo la certeza de que algo no funcionaba como los días anteriores, y esa certidumbre ya no le abandonaría hasta notar la fuerza desmesurada de aquellas manos, perfectamente delineadas, cerrándose alrededor de su garganta.

A pesar de tenerlos entornados por el esfuerzo que le suponía tratar de respirar, vio pasar toda su vida ante sus ojos; incluso tuvo el tiempo necesario para rememorar los momentos previos al instante en el que comenzó a tejerse su imprevisto final.

«¡Joder! ¿Cómo es posible?» pensaba mientras trazaba una línea tras otra sobre el papel.

Dejó el lápiz sobre la mesa, alzó el culo de la silla y dio un paso atrás para, desde allí, tener una perspectiva más amplia del dibujo. De pie el resultado era aún más espectacular, si cabe.

Solo eran unas manos, ni siquiera le había dado tiempo a ponerle los brazos, pero tantos eran los detalles que parecían salirse del papel, como si, en lugar de trazadas, las hubiera esculpido en mármol el mismísimo Michelangelo Buonarroti.

No volvió a sentarse. Al asombro inicial por la habilidad que parecían demostrar sus manos, le sucedió la extrañeza al darse cuenta de que, en realidad, no era él quien manejaba sus movimientos. El pavor lo invadió al ver que el propio esbozo había agarrado el lápiz, el mismo que acababa de dejar sobre la mesa, para seguir dibujando el resto del cuerpo.

—No puede ser, ese dibujo… esas manos… —Ricardo se detuvo un momento para llevar sus propias manos a la cabeza. —Me estoy volviendo loco… ¡Están vivas! —terminó en un susurro.

Lo primero que concluyó aquel dibujo fue el brazo derecho y Ricardo ya comenzaba a asimilar aquello que en un primer instante era incapaz de admitir; la vida propia de uno de sus dibujos.

—Demasiado musculada para mi gusto.

Estaba sorprendido de su propio comentario. Era como si lo que estaba sucediendo ante sus ojos fuera rutina o algo a lo que se podría acostumbrar a contemplar.

Le siguió el brazo izquierdo, a este unos hombros, a todas luces excesivos, para dejar paso al resto del torso.

Cuando se dio cuenta de que, tras las tetas que lo habían ensimismado, se dibujó una desmesurada boca, fue demasiado tarde; aquello ya lo había agarrado por el faldón de la camisa antes de que ni siquiera pudiera darse la vuelta.

Del resto, ni siquiera fue consciente. Sus ojos se cerraron para siempre antes de comprender qué estaba ocurriendo.

El ser, surgido del papel, agarró de la mesa una de las tarjetas de visita de Ricardo.

—¿Dibujante? —leyó en voz alta. —Ni siquiera se merece que lo llame trazador, he tenido que hacer yo todo el trabajo.

Publicado la semana 21. 21/05/2018
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