Semana
20
David Lizandra

Errar es de humanos.

Género
Relato
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Cerca, a tan solo unos metros por delante, en el centro de un paseo peatonal, un grupo de niños quemaba su exceso de energía jugando al fútbol.

Apenas unos metros antes había dejado atrás el paseo marítimo y, como siempre que regresaba de su caminata diaria, llegaba cansado y molesto a ese punto; cansado por razones obvias, ese día, sin ir más lejos, hizo una ruta de más de diez kilómetros, y molesto, porque en poco rato más iba a encontrarse encerrado en casa, sin el atractivo de otra actividad más sugerente que cenar y acabar la noche viendo la televisión en compañía de su mujer.

«Vaya plan… con lo que yo he sido de joven, siempre buscando gresca, acción…» iba pensando resignado a su suerte con las manos en los bolsillos.

Tan ensimismado iba buceando en sus pensamientos, que tardó más de la cuenta en percatarse de los sospechosos movimientos de aquel hombre. Un hombre solo, de mediana edad, vestido con lo que desde su posición parecía un chándal mugriento, montado en una bici destartalada y, lo que era más preocupante para Marcos, que no apartaba la vista de aquellos niños.

—Degenerado, baboso, puto pederasta… míralo, en cualquier momento acabará tocándose o vete a saber qué otra atrocidad estará planeando con alguno de esos chavales —susurró.

Miró a su alrededor. Nadie más estaba pendiente de aquel hombre, ni de él. El edificio que estaba junto a él le ofrecía un recoveco apropiado para lo que se le acababa de ocurrir.

—Pssst… Pssst… —dijo tratando de llamar la atención del sujeto, sin conseguirlo.

—Pssst… Pssst… —insistió de nuevo.

Esta vez la forma de llamar a un desconocido, quizás la más internacional, sí que tuvo el efecto buscado; el hombre lo miró, luego echó un vistazo a su espalda y finalmente se señaló al pecho para confirmar, de forma fehaciente, que era a él a quién se refería.

Marcos asintió y el hombre, tras unos segundos en los que pareció dudar dando miradas nerviosas a su alrededor, acabó cediendo a su primer instinto de conservación para los desconocidos y se acercó hasta él.

El primer golpe, por lo inesperado, ni lo vio llegar; el segundo no pudo esquivarlo. Los siguientes, incalculables en número e intensidad, lo pillaron inconsciente.

Cuando Marcos salió de allí nadie se fijó en él, pero, aunque alguien lo hubiera hecho, tampoco le habría sorprendido ver a alguien dándose golpecitos en los brazos y el pecho como si se sacudiera motas de polvo de la ropa; a fin de cuentas, casi nadie echó de menos al extraño al que acababa de apalizar. Solo un niño miró extrañado hacia donde, hasta solo unos minutos, había permanecido el hombre con su bicicleta.

—No te puedes imaginar lo que acaba de ocurrir a solo unos metros de aquí —escuchó a alguien gritar al otro lado de la puerta del baño.

Sin duda era su mujer la que gritaba y, aunque no entendió ni una sola palabra, tampoco le importó lo más mínimo.

«Vaya, ya era hora. ¿Dónde habrá estado la bruja?» pensó mientras se frotaba la cabeza con la toalla.

—¿Qué decías que ha ocurrido? —preguntó nada más entrar en la habitación intentando aparentar que le importaba.

—¿Conoces a Matilde, la del quiosco de prensa?

—Claro, ¿Cómo no iba a conocerla? Todos en el barrio la conocen —respondió Marcos sin demasiado afán, ocupado como estaba en buscar su pijama.

—Pues por lo visto a su marido le acaban de dar una paliza —hizo una corta pausa para mirarlo y llevarse las manos a la cabeza. —“Pa´berlo matao” — concluyó.

Un escalofrío recorrió la espalda de Marcos.

—¿Su marido es un pederasta? —preguntó aún sabiendo cuál iba a ser la respuesta.

—Uy, no, que va… si es la mejor persona que te puedes encontrar. Parece que precisamente estaba vigilando al grupo de amigos de su hijo mientras jugaban al fútbol en la calle cuando lo asaltaron. ¡Hay tanto degenerado por ahí suelto!

Marcos apenas era capaz de escucharla.

«¿Cómo he sido capaz de no reconocerlo? ¡Seré idiota!» pensó mientras un escalofrío le recorrió la espalda de arriba abajo.

—Parece que ya saben quien ha… —la mujer se detuvo en seco. —Marcos, ¿Se puede saber qué te has hecho en los nudillos? Los tienes hinchados y amoratados.

Una sirena de policía dejó de sonar muy cerca, abajo en la calle.

El timbre, seguido de unos fuertes golpes contra la puerta, sobresaltó al matrimonio.

—Abran, policía —pudieron escuchar ambos, aunque para Marcos aquellas palabras sonaron lejanas, distantes.

Publicado la semana 20. 14/05/2018
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