Semana
02
David Lizandra

¿Ingesta de pastillas?

Género
Relato
Ranking
5 873 5

La radio del coche hacía apenas un segundo que había dejado de escupir información. Ambos sonrieron y miraron sus relojes.

—¿Un aviso de suicidio? ¿En serio? ¿A estas horas?

Nadie respondió a esas preguntas, en lugar de respuestas solo se escuchó el rumor del motor al arrancar.

La ciudad se deslizó a buen ritmo a su alrededor; Adrián conducía, Pedro guiaba siguiendo las instrucciones del GPS. Apenas dos manzanas antes de llegar a la dirección que les indicaron la sirena silenció su estridente aullido.

—Para, debe de ser aquí —dijo Pedro señalando a su derecha, a un viejo edificio de tres alturas.

En el portal una mujer que aparentaba unos sesenta años esperaba enfundada en una bata sobre la que, sin duda, habían pasado ya sus mejores tiempos.

—¿Es usted quien ha llamado a la Guardia Civil? —preguntó Adrián.

—No, no he sido yo. Habrá sido la madre del chico desde la residencia, porque también me acaba de llamar para que les abra a ustedes la puerta del portal. Por lo visto el chico la llamó para despedirse porque se iba a suicidar —. Señaló un timbre —Este es el de su casa.

La mujer se echó a un lado para dejar pasar a Pedro. Todos escucharon por dos veces el escandaloso sonido del timbre. Esperaron en silencio una respuesta que no llegó. Insistió otras dos veces… Nada.

—¿Está usted segura de que hay alguien en casa?

Adrián miraba a la mujer mientras Pedro, con la oreja pegada al interfono, esperaba en silencio.

—Segurísima —respondió la mujer. Luego hizo una pausa, miró a su alrededor como para asegurarse de que nadie más la iba a oír —. Habla solo… en voz muy alta… no sabe usted el daño que le han hecho las drogas al pobre chico. No hace mucho rato lo he vuelto a escuchar.

Se llevó el dedo índice a la sien y lo giró sobre sí mismo.

—Está muy loco, es capaz de cualquier cosa —concluyó la mujer en voz más baja.

—¿Cómo podemos acceder a su vivienda?

La mujer miró a Adrián antes de responder.

—Por el patio de luces, desde mi casa —dijo.

Era necesario seguir todos los protocolos que tenían establecidos para este tipo de intervenciones. Avisaron a otro vecino para tener al menos dos testigos de lo que iban a hacer, solicitaron permiso a la mujer para acceder a su casa y la siguieron hasta la puerta que daba acceso al patio. Les señaló las ventanas de enfrente antes de echarse a un lado.

Los dos Guardias Civiles se miraron. En una de las ventanas, una que estaba iluminada desde el interior, se veía una sombra siniestra.

—¡No me jodas, el muy cabrón se ha ahorcado! —exclamó Pedro —. Ingesta de pastillas dijeron desde la central.

Adrián se limitó a suspirar antes de dirigirse a los vecinos.

—Vamos a tener que entrar en la casa. Romperemos un cristal para acceder a la vivienda.

Ambos testigos asintieron.

La figura de la ventana, a pesar del cristal traslúcido, dejaba poco lugar a las dudas. Era la silueta de un hombre, colgado del techo, con los brazos lacios a ambos lados del cuerpo.

El ruido de cristales rotos rompió el silencio. Adrián metió la mano y abrió la ventana de la habitación contigua. La oscuridad en el interior era total.

—Guardia Civil. Vamos a entrar —Avisó en voz muy alta aún desde el patio.

No obtuvo respuesta.

Iluminó la habitación con su linterna. Cientos de bolsas de basura y muchos objetos sucios, rotos e inservibles los esperaban. El hedor que emanaba de aquella casa era espantoso.

Los dos compañeros, con las manos en todo momento próximas a sus armas, avanzaron despacio entre toda aquella inmundicia.

—Guardia Civil. Estamos en el interior —avisó Adrián de nuevo.

Silencio.

Un alarido estremecedor, que derivó con rapidez en algo parecido a un rugido, los sobresaltó.

Varias pequeñas sombras se movieron con sigilo a su alrededor. Las enfocaron con sus linternas.

—¡Gatos! A uno de ellos parece que no le ha gustado demasiado sentir su rabo bajo la suela de tu zapato —exclamó Pedro sonriendo, todavía con todo el vello erizado por el susto.

Miró a Adrián, que permanecía apoyado en el marco de la puerta donde esperaban encontrar al suicida. Parecía muy relajado, también sonreía.

—La madre que lo parió… —acertó a decir.

Pedro avanzó hasta su compañero y miró al interior. Un pareo de playa colgado del techo proyectaba, con la inestimable ayuda de una bombilla escasa de vatios, la sombra de forma oblonga que tan solo un momento antes habían visto desde el otro lado de la ventana.

Apenas les dio tiempo a relajarse, un sonido a su derecha, bajo la cama, los puso de nuevo en alerta. Volvieron a echar las manos sobre sus armas.

—¿Qué está haciendo bajo la cama? Salga inmediatamente de ahí debajo —gritó Pedro.

No tardó en aparecer una mano, tras ella una cabeza y, a continuación, el resto del cuerpo de un joven. Parecía muy asustado, pero se tranquilizó en cuanto vio los uniformes.

Estaba desarrapado, despeinado, sucio y parecía desorientado.

—Gracias a Dios que están aquí, me persiguen —dijo en un susurro.

—¿Quién te persigue? Aquí no hay nadie —preguntó Pedro.

—Ellos —volvió a susurrar el joven mirando con temor y los ojos muy abiertos a un lado y a otro.

—Así que una ingesta de pastillas, decían… —dijo Adrián mirando a Pedro.

Tuvieron que reprimir una carcajada. No necesitaron hablar más, enseguida llegaron los sanitarios para hacerse cargo de aquel paranoico acólito de Diógenes.

 

Publicado la semana 2. 08/01/2018
Etiquetas
Rock , La vida misma , En el bar
Compartir Facebook Twitter