Semana
19
Género
Relato
Ranking
2 141 1

Más de una semana después le seguían resonando en la cabeza las últimas palabras de Amparo, su psiquiatra.

—No puedes dejar las cosas a medias, Carlos, trata de ultimar todos aquellos asuntos que empieces o estos te perseguirán hasta hacerte enloquecer —le dijo.

Tampoco había olvidado lo odioso que le parecía ese aire de superioridad que parecía emanar de su persona, con una mano apoyada en el marco de la puerta y la otra escondida dentro de un bolsillo de su bata blanca, mientras le daba ese último consejo antes de despedirse.

Ahora volvía a estar allí. Inspiró en profundidad.

—Voy —escuchó decir a una voz femenina desde adentro cuando el sonido del timbre apenas se había apagado.

Esperó unos segundos antes de que la impaciencia le asaltara. Necesitó escuchar varias veces el “toc, toc, toc” para darse cuenta de que uno de sus pies había comenzado a golpear el suelo; miró sus manos, también las frotaba de forma compulsiva. Definitivamente había perdido la paciencia.

Insistió con el timbre. Una vez, dos, tres, cuatro. Solo dejó de llamar cuando la puerta se abrió con violencia para dejar patente, al otro lado, el enojo de la psiquiatra.

—¿Qué parte de “voy” no has entendido, pedazo de…? Hola, Carlos.

La pregunta la comenzó en un tono alto, irritado, pero terminó bajando la voz hasta hacerse casi inaudible cuando vio la siniestra sonrisa dibujada en la cara de su paciente.

Él, que apenas se había inmutado, solo tuvo que bajar los brazos y sonreír para desarbolar toda la ira que provocó en la mujer tanta insistencia con el timbre.

—¿Recuerdas cómo me despediste en la última sesión?

Amparo apenas acertó a balbucear algunas sílabas inconexas.

—No te esfuerces, yo te lo recordaré… —hizo una medida pausa sin dejar de mirar a los ojos de la psiquiatra. —Estabas apoyada aquí, en el marco de la puerta, y con la otra mano metida en el bolsillo… —miró hacia el cielo como si buscara el beneplácito divino antes de continuar. —Y… ¿Sabes lo que significa tener la mano en los bolsillos cuando hablas con alguien?

A estas alturas de la conversación, el nerviosismo que demostraba la mujer ya era más que evidente y tampoco respondió, se limitó a negar con la cabeza.

—Estás muy vaga. Creo que hoy no te vas a ganar el dinero que me cobras por cada sesión. Verás, tener la mano en los bolsillos significa falta de voluntad y desconfianza hacia tu interlocutor… —volvió a hacer una larga pausa y durante un momento pareció que estaba a punto de desmayarse, pero enseguida se rehízo. —En definitiva, que, a estas alturas del tratamiento, aún tengo que ganarme tu confianza —concluyó.

—¿Quieres entrar? Estaremos más cómodos dentro —dijo Amparo.

Carlos negó con la cabeza y su sonrisa se hizo aún más siniestra.

—No, gracias. Ahora intentarás utilizar alguna de esas estrategias para calmar a pacientes que debieron enseñarte en la universidad… Y yo, no necesito que me calmes —dijo Carlos, aunque sus gestos parecían decir todo lo contrario que sus palabras. —Solo quiero seguir tu consejo y ultimar algo que nunca debí comenzar.

Amparo trató de retroceder y cerrar la puerta para protegerse, pero Carlos fue más rápido y la agarró por el cuello. Al principio trató de forcejear, pero no tardó en darse cuenta de que el hombre era mucho más fuerte y de que cualquier esfuerzo por liberarse iba a resultar inútil. Era incapaz de respirar y muy consciente de que en poco tiempo más iba a quedar inerte, a merced de la voluntad de Carlos, pero, con un último y agónico esfuerzo, consiguió meter la mano en uno de los bolsillos de su bata para asir la pistola taser que, casi siempre, solía tener al alcance de la mano cuando visitaba a alguno de sus pacientes más problemáticos.

La primera descarga, en la pierna, lo aturdió e hizo que la soltara. La segunda descarga, en el cuello, hizo que Carlos perdiera el sentido antes de caer con pesadez sobre el duro suelo. Mientras caía, entre una risa histérica, le pareció escuchar “No siempre tener las manos en los bolsillos significa falta de voluntad o indiferencia, también puede significar que escondes una pistola taser”. La tercera descarga, en el pecho, ni la sintió.

Abrió los ojos al volver a oír la voz de Amparo.

—No sé si te lo comenté en algún momento, Carlos, soy la jefa de psiquiatría de este hospital y mis valoraciones pesan mucho a la hora de que los jueces dicten un ingreso indefinido en mi planta —hizo una pausa para sonreírle de forma siniestra. —¿Sabes? Yo también tengo que ultimar asuntos pendientes, voy a ultimar mi informe para entregárselo al juez que verá tu causa mañana. Creo que vas a pasar una larga temporada entre estas paredes y quiero que sepas que estoy muy, muy enfadada contigo.

Amparo elevó hacia el techo la jeringuilla, apretó el émbolo y dejó escapar por la aguja un pequeño chorro del líquido amarillento que contenía.

Publicado la semana 19. 07/05/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter