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David Lizandra

Cercén

¿Cuántas veces habría escuchado esa canción antes de ese momento? Cientos, tal vez miles de veces y, sin embargo, nunca había sentido la necesidad de profundizar en el significado de su letra. Nunca, hasta ese día.

Apagó la radio, agarró su libreta, la abrió por la página que le indicaba el marcador y comenzó a escribir. Dos horas y decenas de hojas arrancadas más tarde pudo leer un texto que se ajustaba a la idea surgida al escuchar la canción.

Dobló de forma primorosa la hoja, la metió en uno de los sobres que cogió del escritorio de su marido y este a su vez dentro del bolso antes de estar preparada para salir a la calle.

—Vengo en un rato —dijo al pasar frente al salón.

Un gruñido ininteligible, surgido desde las entrañas del sofá, le avisó de que su marido se daba por enterado.

No volvió a recordar el asunto hasta que, unos días más tarde, al abrir el buzón volvió a encontrarse con el sobre. No lo cogió, tal como tenía previsto desde que surgió la idea, volvió a cerrar para dejar que fuera su marido el que lo recogiera.

Durante los días siguientes, aunque lo observó sin decir nada, notaba en silencio como él le echaba continuas miradas furtivas cuando la creía distraída, pero aquello no varió el plan establecido. Cuando al poco tiempo el efecto del primer mensaje parecía menguar, decidió que era el momento de atizar el fuego. Volvió a agarrar una hoja de su libreta.

Apenas dos días pasaron hasta que el cartero entregó el segundo sobre… y tampoco esta vez le hizo mención alguna. Hubiera bastado un simple comentario, un “¿Has visto qué loca está la gente?”, algo que le dijera que no aprobaba ese tipo de misivas, pero en lugar de eso solo notó en su marido un más que interesante incremento en sus insinuaciones sexuales; tan interesantes y tantas fueron las insinuaciones, que acabó cayendo en algunas de ellas.

«Tal vez no fuera tan mala idea lo de las misivas» pensó mientras trataba de alcanzar las bragas sin bajarse de la cama. Las sostuvo frente a sus ojos.

—Rotas —exclamó con una sonrisa dibujada en los labios.

El hombre también sonrió al recordar el momento en el que le arrancó, sin ningún miramiento, la ropa interior para después arrojarla con violencia al suelo.

La sensación de vestirse dejando de lado el pudor para hacerlo sin ropa interior espoleó su imaginación y la incitó a escribir la tercera misiva.

«Necesito saber que solo me desea a mí» era el pensamiento recurrente mientras escribía.

Cerca de una hora después terminó la carta con un escueto “este viernes te espero a las 12 en el café japonés, para que no tengas dudas de quien soy, llevaré un vestido negro sin mangas y con cremalleras en los bolsillos”.

Los tres días que faltaban pasaron en un suspiro sin tener noticias del cartero. Al segundo día ya estaba arrepentida de haber enviado la carta y deseaba coger primero el sobre para destruirlo, pero no tuvo la oportunidad, o bien se había retrasado el envío, o tal vez su marido se le adelantó. Sea como fuere, a pesar de que madrugó más de la cuenta, él ya no estaba en casa al levantarse.

—No serás capaz… —murmuraba una y otra vez mientras se vestía.

Las once de la mañana la pillaron sentada en la barra del café japonés. Miró distraída a su alrededor; el local, decorado de forma primorosa con detalles de la cultura nipona, le resultaba muy agradable desde que hacía ya algunos meses entró por primera vez. Entonces lo hizo en compañía de una de sus amigas, hoy la soledad más absoluta la invadía.

—No serás capaz…—volvió a murmurar.

Pero sí que fue capaz. Apenas unos minutos antes de las doce apareció el marido con su típica mirada de despistado. Por un momento creyó que la había visto, pero enseguida lo vio mirar a otro lado y pareció ignorarla.

La ira pugnaba por hacerse dueña y señora de su voluntad. Durante un rato trató de mantenerla a raya, pero fue inútil. Recordó las palabras del dueño del local: “Una katana no se puede volver a enfundar sin haberla manchado con sangre enemiga”. Miró una de las paredes tras la barra; sobre una estantería descansaba una de esas espadas. La agarró fuerte con las dos manos, y sin pestañear fue caminando hasta donde se había sentado su marido.

—Vaya, qué casualidad —atinó a decir el hombre una milésima de segundo antes de que aquel filo le cortara a cercén el brazo derecho.

Nada pudo hacer para defenderse. La sorpresa de su rostro dejó paso al pavor cuando sus ojos se posaron sobre lo que quedaba del hombro.

—¿Cómo has sido capaz? —le recriminó la mujer.

—Al principio pensé que solo era una broma —respondió el hombre. —Utilizaste un sobre con el membrete de mi empresa. Así que te seguí la corriente —tosió y tuvo que agarrarse al pecho con la única mano que le quedaba.

—Cuando recibí la tercera carta, ya tenía claro que estabas buscando juegos para recuperar la llama del inicio de nuestra relación. ¿Recuerdas cuándo te regalé ese vestido negro con las cremalleras? Solías utilizarlo sin llevar ropa interior, me ponías cardíaco.

Miró a su esposa. Tenía la mirada perdida y estaba en shock. No pudo soportar más la terrible pérdida de sangre y se desplomó cuando las sirenas de la ambulancia apenas comenzaban a escucharse en la lejanía.

La mujer tarareaba sin cesar el estribillo del Ramito de Violetas.

Publicado la semana 18. 04/05/2018
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