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15
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Su tez, de aspecto rubicundo tal vez por la ira contenida, daba a entender que la jornada no había transcurrido de la forma que hubiera deseado al levantarse.

Julián, el camarero que llevaba media vida aguantando sus brotes de mal humor, lo miró sin decir nada. Se limitó a bajar la vista, sonreír y seguir con sus quehaceres como si no lo hubiera visto entrar en el bar.

—¿Crees que no sé que me has visto entrar? —preguntó Berto.

Desde que apoyó sus posaderas en el taburete de la barra, había dejado pasar al menos dos o tres minutos y en todo ese tiempo, Julián, ni siquiera había tenido la decencia de mirarle a la cara, pero ni así contestó de forma inmediata; terminó de fregar unos vasos y se secó las manos con toda la parsimonia que pudo. Solo cuando comprobó que ya no le quedaba ni rastro de humedad en la piel, levantó la vista y miró a Berto.

—Ah… Perdona… ¿Estabas ahí…? No te había visto —respondió Julián. —¿Lo de siempre?

—Un día tendrás un disgusto con esa actitud, Julián… ve con cuidado.

Julián sonrió, cargó la cafetera y sin esperar la respuesta, que nunca llegó, le dio la espalda para prepararle el cortado que solía servirle a esa hora. Unos segundos más tarde yacía inmóvil en el suelo, con los ojos abiertos como platos por la sorpresa, sin vida y con el mango de un cuchillo sobresaliendo de su cuello.

En ese momento, Berto estaba desatado y sin voluntad. Su mente parecía obedecer las órdenes de algún ser superior; quién sabe si de un dios o, tal vez, de un diablo surgido del mismísimo infierno.

Salió a la calle. En su mano derecha, no recordaba por qué, llevaba una pistola con la que disparaba a cualquiera que se cruzara en su camino, en la izquierda un cuchillo ensangrentado con el que iba rematando a sus víctimas.

Esquivaba coches patrulla a los que también disparaba. Trataba de impedir que sus manos apuntaran, pero era inútil, su voluntad estaba anulada por completo.

Tras degollar a uno de los policías, se detuvo. Miró a su alrededor intrigado.

«¿Qué me está pasando? ¿Por qué me detengo ahora?» pensó con la mirada clavada en su ensangrentada mano izquierda.

Escuchó una voz desde el cénit. Miró hacia el cielo porque de allí le pareció que llegaba, pero, por mucho que buscó, no halló nada raro ni fuera de lugar.

—¿A comer? ¿Braulio a comer? ¿Ha sido eso lo que he oído? No es posible —dijo Berto en voz alta un instante antes de que todo se fundiera a negro.

—Braulio, te he dicho que vengas a comer. ¿Quieres hacer caso a la primera? —la voz de mujer sonó agria y áspera.

—Voy, mamá —dijo Braulio.

Dejó el mando de la consola sobre la mesa y apagó la pantalla antes de levantarse.

Su madre, con la tez rubicunda por la ira, igual que Berto Matone, el personaje protagonista de su juego favorito, lo esperaba impaciente de pie frente a la mesa.

 

Publicado la semana 15. 12/04/2018
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*Starman de David Bowie
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