Semana
14
Género
Relato
Ranking
2 343 4

Desde el mismo momento en el que entró en el bar Liceo, fue incapaz de apartar su mirada de ella.

—¿Sabes su nombre, Marcos? —le preguntó al camarero.

El chico prosiguió con su tarea de secar vasos y, sin mucho afán, miró hacia donde ella se encontraba antes de negar repetidas veces con la cabeza. Luego, muy despacio, aproximó la cabeza a su interlocutor para evitar que nadie más los oyera.

—No, Tito, ni siquiera la había visto nunca hasta hoy, pero no tenga la más mínima duda de que es una tía rara. Se sentó desde el principio en la misma mesa donde está ahora, me pidió una ambrosía y al decirle que no tenía ni idea de lo que era eso, me miró con cara de diva enojada antes de pedirme una cerveza —hizo una pausa mirando de nuevo a la mujer de forma furtiva y bajó un poco más la voz. —Le digo que es rara y tal vez me quedo corto con el adjetivo; realmente su mirada, con esos ojos de un azul tan intenso, me dio miedo… Ah, y mire lo que tiene a su lado… ¿No le parece uno de aquellos viejos arcos de esos de disparar flechas?

—Todo eso son tonterías tuyas… acaba con lo que estás haciendo y llévale otra cerveza como la que está tomando —Dijo Tito antes de comenzar a caminar hacia la mesa de la mujer.

Marcos lo siguió con la mirada hasta que llegó. Continuaba negando muy despacio con la cabeza.

—No he podido evitar sentirme atraído por una mujer tan bella… y tan sola. ¿Me permite invitarla a otra cerveza?... mmm…

—Siringa, ese es mi nombre —respondió de inmediato la mujer.

Era evidente que desconfiaba del hombre que se le acababa de acercar.

—¡Vaya! —exclamó Tito —Siringa, no es un nombre demasiado corriente. No recuerdo haberlo escuchado nunca.

—¿Nos conocemos? Su cara me resulta familiar, pero no lo asocio a su nombre. Tito, dijo usted que se llamaba, ¿Verdad?

—Así es, Tito es como me llaman mis amigos y familiares, aunque el nombre que figura en el DNI es Pantaleón… ¡maldito santoral!

Solo el hombre rio la broma, ella se limitó a abrir los ojos como platos y a mostrarse muy inquieta tras escuchar el nombre.

—Pan... taleón —repitió la mujer.

Agarró lo que parecía ser un arco, se levantó visiblemente angustiada y, sin ni siquiera despedirse, salió huyendo de aquel bar como si le fuera la vida en ello.

Tito salió tras ella, aunque tuvo que afanarse para seguirla de cerca. Nunca había sentido la rara sensación que suponía enamorarse de una extraña y necesitaba contárselo a la propia interesada, pero por mucho que lo intentara no conseguía disminuir la distancia que le separaba de Siringa.

El barrio marítimo de la ciudad no era demasiado grande y no tardaron mucho en salir del casco urbano. La mujer daba periódicas miradas hacia atrás y en cada una de ellas, tras comprobar que el hombre no cejaba en su empeño de seguirla, aumentaba su nerviosismo hasta llegar a límites que comenzaban a hacerse insoportables. A cada latido su corazón parecía querer escapar de su pecho, pero el miedo le impedía sentir cansancio. Corrió.

Tito la siguió por uno de los innumerables carriles bici paralelos a la playa hasta que la vio cruzar al otro lado de la carretera y adentrarse por la ribera del río. Allí la perdió de vista entre la frondosidad de unos cañaverales, llegó hasta el lugar y, apenas sin aliento, se detuvo entre continuos jadeos.

Una patrulla de la policía local dio un aviso por radio antes de hacer brillar sus luces azules y dar un brusco cambio de sentido para acercarse hasta el hombre.

—No se preocupe, nosotros también la buscamos —dijo uno de los policías nada más bajar del coche. —Aunque dicen que es inofensiva, es la mujer que se escapó esta mañana del psiquiátrico. ¿Lo vio en las noticias?

Tito estaba alucinado, sin poder apartar la vista del cañaveral.

—Eh… no… quiero decir sí, por eso la seguía.

Hasta sus oídos llegaba la voz condescendiente del otro policía al dirigirse a la mujer, aunque no conseguía entender ni una sola palabra.

El ruido de otro vehículo lo devolvió a la realidad. Era una ambulancia.

Siringa se dejaba llevar con docilidad. El policía que la encontró la llevó de la mano hasta la ambulancia y la dejó a cargo de los sanitarios. Durante unos minutos estuvieron hablando con ella sentada en el interior y la puerta abierta. La cerraron cuando miró a Tito y volvió a agitarse nerviosa.

En cuanto se marchó la ambulancia, los policías hicieron lo propio, y Tito volvió a quedarse solo frente al cañaveral.

—¡Siringa! —susurró.

Fue entonces cuando se le ocurrió algo inverosímil, tal vez era una gilipollez, pero tenía que intentarlo; tecleó el nombre de la mujer en su móvil y leyó el resultado que le devolvió “san Google”.

Siringa:

En la mitología griega era una náyade de Arcadia que gustaba de cazar con un arco de cuerno.

El dios Pan la encontró un día cuando bajaba del monte Liceo, se enamoró de ella y empezó a perseguirla hasta que la ninfa se lanzó al río Ladón. Allí, acorralada, pidió ayuda a sus hermanas las ninfas, quienes, conmovidas, la convirtieron en un cañaveral.

Cuando Pan llegó sólo pudo abrazar las cañas mecidas por el viento, y el rumor que producían le agradó tanto que decidió construir un nuevo instrumento musical con ellas. Así inventó la siringa (llamada así en recuerdo de la ninfa), que en español es más conocida como zampoña o flauta de pan.

«¡Joder! demasiadas casualidades, hasta el nombre del bar, Liceo, coincide con la historia» pensó, mientras daba un leve puntapié a un objeto en el suelo que hasta ese momento había pasado desapercibido.

—¡Hostia! Una flauta de pan. De Pan… taleón —exclamó sonriendo mientras buscaba con la mirada a la ya lejana ambulancia.

Publicado la semana 14. 02/04/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter