Semana
09
David Fueyo

Superestructuras

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Di toda mi vida por él.

 

Y supe desde el primer momento que mi empresa no era un buen negocio. Vale, es cierto, yo estudiaba arquitectura y ciertamente aquello tuvo que ver con mi inspiración y mi trabajo futuro, pero jamás pensé que me llevase tanto tiempo, que dedicase toda mi vida, al completo en esa ardua y estéril tarea. Podía haber estudiado literatura, geografía, matemáticas o fisioterapia que lo hubiera dejado todo por él de igual manera.

 

El puente en sí no tenía nada de especial. No era demasiado bonito a simple vista, ni la suya era una historia que hiciera que hordas de turistas japoneses se acercaran a él cámara en mano. Se trataba de un puente cualquiera, funcional, que servía para atravesar el río y punto, pero quise adentrarme en él.

 

Comenzó, como decía, siendo un trabajo a presentar en la facultad. Entregué un borrador burdo y mal escrito para quitarme de en medio la asignatura de perfiles y dedicarle al puente todo el tiempo que requería. El profesor me llamó  su despacho y me tachó de chiflado. No entendía que no hacía falta ningún tipo de dibujo, ni fotografías, ni alzados. Solo palabras para describirlo. Palabras.

 

Dejé los estudios y el proyecto comenzó a tomar el rumbo esperado. Malvivía en pensiones de mala muerte con mi máquina de escribir y unos pocos acortantes que mis padres, los cuales me tomaron por loco ya casi desde el principio, me fueron mandando para ir tirando mientras me ocupaba de mi magna tarea.

 

Iba a visitarlo casi todos los días y escribía y escribía. Lo que en un principio era una mención dentro de un párrafo pronto se tornaba en apartado suelto, más tarde en capítulo, luego en bloque y posteriormente en tomo completo, y así una y otra vez. No podía pararme solo un momento en escribir sobre el estribo sur porque cada uno de sus ángulos me llevaban a más palabras, y cada vez que lo visitaba tenía otro nuevo punto de vista que contar, y así con los cabezales de pilotes, los aparatos de apoyo, fundaciones, superestructura…

 

Y así fui poco a poco devorando la vida. Mes a mes, año a año, visitando a diario el puente y escribiendo sobre el mismo. Veía sus cambios, el río más o menos alto según las lluvias, y en verano, lejos de irme a cualquier sitio de vacaciones me quedaba todas las tardes divisando los tajamares más ocultos, los inferiores para ver si el agua dejaba ver un centímetro, solo un centímetro más y poder disfrutarlo rijoso de piedra y hormigón como si fuera el espectáculo más erótico que un ser humano pudiera contemplar sin lanzarse a él por puro morbo.

 

Lejos de plantearme parar en mi empresa literaria decidí que en algún momento habría de publicarse parte de la obra. Entablé conversación con varias editoriales de todo tipo: esotéricas, científicas, militares, poéticas, didácticas… con el fin de que se interesaran por una parte de la obra y esta viese la luz, pero pocos editores se dignaron en contestarme, y quienes lo hicieron rechazaron mi propuesta con educación aunque se que alguno de ellos lo que hizo fue tomarme por loco.


Conseguí autoeditarme gracias a un impresor con el que contacté y que me confesó que no había leído ni una sola frase del texto. Estaba feliz por imprimirme tamaña separata sabiendo que era tan solo una parte insignificante de mi magna creación.

Compré un ISBN y figuro en registros y bibliotecas por ello, ya que regalé todos los ejemplares a las mismas por el bien común, para que mis coetáneos y las generaciones futuras leyeran sobre el puente, sobre mi puente.

 

Pero el progreso es inevitable, y como nos pasa a los seres humanos, el puente envejeció y por lo visto lo hizo de una manera apresurada y triste. Pronto el tráfico rodado dejó de pasar por su plataforma y se convirtió en puente peatonal. En pocos meses la obra del otro puente, justo al lado, feo ya desde su nacimiento, carente de encanto y personalidad eclipsó al mío en todos los sentidos. Nunca más volvió a darle un rayo de sol tapado por el sur por aquella mole estólida. De esa sombra dejé amargo testimonio en mi obra, mi única obra en la vida, con forma de libro.

 

Y llegó el día en el que unas vallas taparon el acceso a mi puente. Una por cada una de sus losas de aproximación. Me dijeron que el aletón estaba desprendiéndose, —lo cual era del todo incierto—, y que toda la estructura iba a ser demolida por riesgo de colapso. Eso fue ayer mismo.

 

Y aquí estoy, justo antes de pasar por última vez mi obra, no se si escrita o de hormigón y piedra. Me detendré en medio, saltaré y me dejaré llevar por la corriente. Justo en el mismo lugar y de igual manera que ella hizo en su momento, cuando estudiábamos arquitectura y jugábamos por la calle a besarnos, a prometernos ser superestructuras uno del otro, el otro del uno. Antes de su colapso. Siempre una vez previamente y otra vez después de cruzar el puente. Nuestro puente.

Publicado la semana 9. 01/03/2018
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Puente sobre aguas turbulentas , Moleskines perdidas. Un primo de Cuba. , Frente a un puente. , La muerte no es el final
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