Semana
08
David Fueyo

El novísimo VHS

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Relato
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Con seis años de edad hay imágenes que durarán toda la vida. Aquella noche llegaría el vídeo a casa. El primer VHS. El ingenio  del que todos en el colegio hablaban. Infinitas veces Inspector Gadget, infinitas veces Dartacán, sempieterna televisión, inagotable, inabarcable, inconmensurable entusiasmo impregnado en una cinta magnética. 

Tras cerrar la tienda, más o menos a las ocho de la tarde,  Arturo cogió la caja y se dirigió a mi domicilio. Recuerdo el timbre sonando, recuerdo la luz de la entrada de casa, el ascensor, la puerta abriéndose y aquella caja marrón, demasiado pequeña para mis expectativas que con un rotundo TELEFUNKEN dejaba paso a la imaginación infantil más chiripitifláutica. Allí estaba.

Arturo peleó durante unos larguísimos minutos con los cables. Maldijo y remaldijo hasta que varios santos y vírgenes se congregaron a nuestro alrededor mientras este o aquel cable no empalmaba. En aquella casa tan sólo había un enchufe para todo el aparataje que el ingenio teutón requería. 

El técnico no era mago, pero ¡voilá!, el periodo digital había entrado en mi hogar de niño de EGB para quedarse. Unas luces verdes que unidas daban como resultado un  número de cuatro cifras se habían iluminado en la diminuta pantalla negra del artefacto,  y un pequeño chirrido como de aparataje, de máquina poco engrasada pero que sabe lo que hace,  me hizo sentirme en el top tecnológico mundial. De ahí a la luna eran dos pasos. Era 1984.

La cinta que generosamente TELEFUNKEN adjuntaba al pack tenía las cubiertas plata olimpiada Los Ángeles, y para probar el dispositivo Arturo nos indicó que debería sintonizar primero la televisión y grabar cualquier cosa, lo que echasen en ese momento. He de suponer que hizo girar las infernales ruedecillas de sintonización de la máquina, que toco los botones de la televisión varias veces y que al final obró el milagro de sintonizar al completo la paleta de canales existente en España por aquel entonces: la primera y la segunda.

—Ahora voy a grabar— dijo, y el ¡ohhh! más grande que aquel, mi locus amoenus poético de Fuertes Acevedo 56, 3ºC de Oviedo escuchó hasta entonces aún debe retumbar de forma residual entre el pequeño salón y la cocina del piso. 

Un botón rojo se iluminó, y mi abuela recordó por un momento el momento en el que por primera vez escuchó una radio eléctrica. Pensó que aquellos años pasaron en un suspiro y que la tecnología avanza que es una barbaridad, pero no se lo dijo a nadie, aún así yo lo se, no pregunten por qué.

—Ahora veremos lo grabado— dijo Arturo con su peculiar bigote y gafas a lo Tip. El botón rojo dejó de iluminarse y dio paso a otra mínima luz verde. Años después aprendí a camuflar con Dymo aquellas luces para grabar mis cosillas guarras de adolescente: Erotísimo, las Chicas Chin-Chín, alguna película española con pelo de las que echaban en la dos…, y con un único gesto, con una simple pulsación se obró el milagro que la retina ha guardado fresca hasta hoy. 

Lo grabado no era otra cosa que Pere Gimferrer en los minutos finales de un telediario. Pelo largo, gafas de culo de botella y una voz aflautada capaz de fundar todos los deseos bajo especies de eternidad, de ver alargarse al sol su sombra en julio sobre el paseo de cristal y plata mientras en una bocanada ardiente la muerte ocupa un puesto bajo los parasoles.

Y así fue el día es en el que yo, de niño, me hice un poco poeta. Un poco novísimo poeta y un mucho seguidor de Gimferrer.

Publicado la semana 8. 21/02/2018
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Glory Days , Gimferrer, Los 80 , Con bombilla tradicional. , No somos nadie, no somos nada
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