Semana
05
David Fueyo

Aquí viví yo

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Poesía
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La imagen ajada de los días arriba y abajo era un monte viejo relamido por el viento y la tarde roja agonizando por mi ventana. Juguetes en un bote de Colón. Juguetes que olían a detergente y encima un relojero con despertadores soviéticos que jugaba a rodar canicas en las madrugadas. Mis primeras nocheviejas. El torso de una muñeca a la que había que peinar. Un piso de distancia era una eternidad.

Debajo calor de Andalucía con Chanel número 5 y celofán rosa como parasol. Mucho tiempo después de su muerte el rosa empalideció, y en mi casa todos nos pusimos tristes. Tacones de Lorca, tacones de Alfacar a Viznar. Jamás nadie volvió a esa casa. Jamás nadie la habitó.

Tras el televisor había un hueco donde escondía el tabaco. Había otro también en el techo del ascensor. Cuando detuvieron al malo fumamos en el baño y los espejos se empañaron. Si algún día vuelvo por el número 56 dejaré una copia de este poema en prosa en ese hueco del ascensor. Nunca se sabe.

Mi primer recuerdo es caerme de la mesa de mármol de la cocina. Sangre en una toalla. Una herida que sirve de referencia cuando me peino. Alguien que al darme la papilla se descuidó.

Creo recordar también el Mundial 82, pero quizás con los años el verbo se hizo mentira y mi cerebro se la creyó.

En la habitación del fondo rezaba mucho cuando murió mi madrina. Dejaba de estudiar o hacer los deberes e iba a hacerlo compulsivamente justo antes de que anocheciera. Jamás nadie se enteró. Al parecer Dios no me escuchó.

En la cocina ponía mis cintas de The Doors. People are strange mientras desayunaba un colacao pálido sobre un mantel de hule. También tenía un póster troquelado de Sofía, la sobrina del Inspector Gadget. En una foto yo llevo corbata y un jersey azul horrible y salgo con ella sosteniendo, paradójicamente, un superhumor. Quizá aquellos fueron los días más tristes de mi vida.

Teníamos una carbonera que inspiró una vez mi primer cuento. Nos la llenaba un tal Lito y sus empleados, todos con mono azul, todos silenciosos, todos jorobados. Le pagábamos con un vale, el mítico vale de carbón. En el cuento aquel lugar se convertía en un refugio nuclear y en otro lugar muy lejano un dictador pulsaba de manera equivocada un botón. Antes de escribirlo fui un niño que para entretenerse ponía el gancho al rojo vivo en las brasas al rojo vivo de la cocina de carbón. Allí quemé las cartas que nunca nadie me escribió.

Tuvimos un vídeo Beta como una sonrisa del destino llamándonos perdedores. Apostamos mal. En la cinta en la que lo probamos quedó grabado Gimferrer presentando uno de sus dietarios. Aquella imagen quedó marcada en mí para siempre y aún hoy soy interludio azul y agente provocador, verso retorcido y extraño, un alma con capa negra en una churrasquería. Un genio en el arte de no saber hacer la cama.

 

Construyeron un edificio justo enfrente y jamás volvió a hacer sol.

 

En quinientas veintisiete palabras no puedo decir mejor que allí, en el número 56, un día habité yo.

Publicado la semana 5. 04/02/2018
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