Semana
04
David Fueyo

Chigre VS centro de desintoxicación

Género
Relato
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El escenario es teatral, paradójico, digno del diseño de un dios situacionista que pone aquí y allá pruebas y se divierte con el libre albedrío. Imagínense: un centro de rehabilitación dedicado a superar dependencias alcohólicas y en frente, con una pequeña carretera en medio, un bar. No un restaurante, porque allí para comer un pincho o una bolsa de patatas tienes, sino un bar. Un chigre de toda la puta vida, vamos. Al fondo hay una playa conocida por haber sido vertedero de una fábrica de botellas, pero eso no nos importa. Ni usted querido lector existe ni yo, humilde narrador, le cuento esto. Solo el centro de rehabilitación y el bar.

 

Pongamos que ahora mismo, muy de mañana, sale del centro un hombre. Parece haberse vestido muy apresuradamente. Va despeinado y no lleva ningún tipo de equipaje. A su salida deja dentro un gran revuelo. No mira para cruzar la carretera pero tampoco le hace falta, por allí no va mucha gente. Es invierno y nadie piensa en la playa. Ni el centro ni el bar tienen el mínimo encanto. Nuestro hombre abre la puerta del bar, se sienta en un taburete alto y pide una cerveza y un chupito de licor café. Bebe primero el chupito y luego de dos sorbos la cerveza. Pide otra ronda de lo mismo. Le dura menos de dos minutos. Pide otra ronda.

 

En apenas una hora nuestro hombre está en la terraza del bar donde ve y es visto y grita a sus compañeros del centro. Les insulta. Les intenta escupir. Se rie de ellos y a cambio recibe también escupitajos, insultos y coñas de los internos que desde sus balcones observan al borracho con cierta envidia. Mira que se lo tenemos dicho. No miréis por la ventana a la gente que entra y sale del bar, y a los de allí que por favor sean discretos, que en frente hay un centro de desintoxicación alcohólica, que en lo posible no salgan con las cervezas fuera a darles envidia.

 

Nuestro hombre bebe y bebe en un tour de force en espiral hacia la nada. Ya lo hace más despacio y parece que hasta disfruta la cerveza zaragozana de cañero. Podía haber sido mejor, es cierto, pero es la que hay. Cuántas veces desde su ventana veía el anuncio de aquella marca. Cuántas veces las cajas vacías afuera, en una esquina de la terraza. Cuántas veces el camión trayéndolas, ese color dulce y meloso, ese aroma a ambrosía lejana que nuestro hombre diferenciaba entre el de ocle y catering del centro. Cuántas noches soñando con ella, cuántas mañanas escondiéndose de sus compañeros y del supervisor para lamer alguna botella vacía sin caer en la bebida. Para matar la sed. Besarla para poder aguantar sin volver a verla.

 

Sigue bebiendo nuestro hombre y el camarero le sirve sin hacerle preguntas, sin plantearse nada más que la alegría que se va a llevar su esposa cuando por la noche abra la caja. Nuestro amigo tiene dinero y paga por adelantado las rondas que le den por un billete mediano. Cuando se le acaba le da otro y así sucesivamente. Algún parroquiano habitual le acompaña y hace muecas con el camarero. Nuestro hombre no se inmuta. Bebe. Vive y bebe.

 

De noche los internos siguen expectantes en los balcones vigilando los movimientos del borracho. Se tambalea. Habla, pero no se le entiende. Gesticula. Insulta al doctor, al supervisor, a las enfermeras. Eructa con sonoridad y acumula copas medio vacías con otras medio llenas. Entra y sale a duras penas. Otra ronda más, pero el chupito ahora de absenta. ¡Cómo que no hay absenta!, ¡puta mierda de bar!, y así ya es la hora de cerrar pero aún hay sed. Ponme cinco cañas más en vaso de plástico y si quieres cierra, o algo así ha dicho el compañero al del bar, que diligentemente ya ha fregado y limpiado la barra y le ha puesto las cañas en una mesa de la terraza que no recogerá hasta mañana por la mañana.

 

Ya con las luces apagadas nuestro amigo bebe de todos los vasos a la vez e insulta. Se tambalea cada vez más, tropieza, cae, se reincorpora. Pasan unos segundos y vuelve a caer. Se levanta, insulta, eructa, orina en una máquina de bolitas para niños y se vuelve a caer. Ya no se levanta. Ahí se queda, y usted y yo, sin hacer mucho ruido tal y como llegamos, nos vamos. 

 

 

--Todo ha salido como usted esperaba doctor.

--Lo se. Nunca ha fallado.

--Pensaba que esa terapia ya estaba superada. En realidad nunca antes la había visto salvo en la facultad, cuando estudiamos a Stampfl y creo recordar que a los neofreudianos.

--Muy bonita la teoría, pero la terapia por inundación es más vieja que el tebeo. Dejémonos de charlas. Traigan al paciente.

--Llamaré a los celadores que le lleven a enfermería. ¿Tardará mucho en recuperarse, doctof?

-- En un par de días volverá a estar listo otra vez para seguir con la terapia y sin toda esa ansiedad que le corroía por dentro.

-- Y esos miedos doctor. En mi diario de prácticas he descrito su situación ansiógena provocada por la cercanía a la bebida y más en concreto al bar cercano.

--En efecto, con esta técnica implosiva el sujeto ya no temerá ni a ese chigre ni a que le vuelvan a flaquear las fuerzas y así caer de nuevo en la bebida. Superar con la realidad y no con la imaginación situaciones que tememos, ese es el secreto.  Por cierto, recuérdeme incluir en su cuenta los doscientos euros que le hemos dado para gastar en la tasca y denle las gracias a Juan el camarero  por su inestimable colaboración de nuevo.

 

 

 

Publicado la semana 4. 27/01/2018
Etiquetas
Joy Division , La realidad, Una conversación de bar , En el bar , hospital, alcoholismo, teatro
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