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26
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Justo antes de que la pequeña ciudad convulsione y se retuerza el Obispo ya viaja en dirección a otra localidad, esta vez con mar y brisa. Entre el pasillo de encinas negras, —lo que más le llamó la atención a su llegada era esa espesa y lúgubre umbría vegetal—, el purpurado cree volar lejos para no tener que volver jamás. Aquello ya pasaba de castaño a oscuro, y tras la tormenta moral que le había estado acechando sus pensamientos con fuerza de temporal en las últimas semanas ahora al fin veía la claridad. Cuando todos enmudezcan él ya estará en otro lugar, en otra vida. Su teléfono ya duerme para siempre, y allí, en el pueblo viejo y feo que hablen, que hablen, que ya no los escuchará.

La excedencia por “motivos personales” que el mismísimo Santo Padre le había dispensado sabe que dolerá en esa malnutrida tierra donde ha pasado los últimos quince años como pastor de almas que buscan a Dios con el fin de poder asirse al mundo desde la fe. Sus fieles le necesitan a él y al Altísimo para pensar que hay algo más, que no toda existencia termina con una esquela en el diario local, que la muerte no es el final de una vida al sol de justicia del verano, al frio abúlico del invierno y así otra vez, año tras año, día tras día moviendo las cortinas mosquiteras para entrar en su casa, una y otra vez. El Obispo siempre pensó que aquella tierra carecía de jóvenes, y que hasta los niños tenían alma de viejo. En las primeras comuniones que durante años otorgó nunca vio destellos de vida, y es que aunque fueran vestidos de marineros y princesas en aquel pueblo no había castillos ni tampoco mar, solo oscuros páramos y un sol abrasador que de un día a otro da paso al hielo. Poco más.

Y hacia el mar va el prelado vestido de calle. Conduce por primera vez en años un Ibiza alquilado, lo menos cantoso que pudo rentar en la estación de tren sin que llamase demasiado la atención, aunque la extrañeza en la chica que le entregó las llaves podía percibirse en el ambiente. Quince años de vigilancia de su diócesis le han hecho famoso en el lugar. Otros diez pululando desde el seminario a pequeñas parroquias, luego a la ciudad y tachán, un Obispo que se muere y le nombran a él. Se siente raro sin la sotana, sin los zapatos de charol, sin el alzacuellos. No se ha quitado aún el anillo, nadie se lo ha pedido todavía. Sí que el Santo Padre en su conversación telefónica le dijo con su acento arrabalero aquello de “Te doy el permiso Raul, pero vos y yo sabemos que sos un bolasero”. Iba a ser cierta la infalibilidad papal.

Ya hacía unod cuantos años había flaqueado por unos días. En el pueblo se murmuraba que si su Eminencia viajaba a menudo a la gran ciudad y que allí le habían visto con dos mujeres, al parecer madre e hija. No sería nada raro eso si el ordinario hubiera avisado que iba la ciudad a visitar a algún familiar, quizás a un amigo, otro religioso de paso por unos días, que se yo, se podría haber excusado sin llamar la atención. Pero lo que más extrañó en su pequeña sede donde ya la rumorología, por aquel entonces, había empezado a funcionar, es que el sufragáneo fuera por la ciudad con las dos mujeres vestido de sport. Más concretamente con una camiseta deportiva y un pantalón corto además de gorra y gafas de sol, cuando en su diócesis con los rigores del verano jamás se quitaba la sotana ribeteada ni el día de la romería a la Virgen de la Peña, a finales de junio, cuando subía al monte en procesión a casi cuarenta grados de calor en un camino angosto y sin sombra. Decían de él que repelía al sol, de ahí la perpejlidad de verle tan veraniego y tan extrañamente acompañado en otro lugar donde no debería estar.

Su biblioteca, una vez expurgado el grueso de la literatura pía almacenada por sus antecesores en las estanterías de la rectoral, comenzó a causar cierto asombro entre los auxiliares más veteranos y con los huevos más pelados de rarezas, extrañezas y extravagancias de sus Ilustrísimas. Hubo aquel que rezaba todas las tardes sobre las seis mirando al oeste. A otro los más viejos del lugar lo recordaban como un borracho obeso que gozaba de los efluvios del alcohol y las muchachas de vida alegre más de lo debido y también allí recuerdan a otro que ejerció su Ministerio inflando sus gastos en películas VHS de dudoso gusto con el fin de “conocer lo que hay ahí fuera”. Nuestro purpurado compraba compulsivamente libros de extrañas imágenes y nombres inéditos que llegaban en un constante goteo de paquetitos llevados por mensajeros al obispado de la provincia a costa del presupuesto de funcionamiento de la rectoral. Libros sobre un grupo de locos denominado “Círculo de Viena”, ejemplares acerca de algo llamado Fluxus, más libros: Surrealismo, Dadá, Situacionismo, Futurismo y Vanguardias o Land Art comenzaron a poblar las estanterías del obispado contrastando con viejos volúmenes de literatura sacra o avejentados misales. --¿Arte? ¿Qué invento del demonio es ese?-- farfullaban el canciller-notario obispal y el Agente de Preces cuando se encontraban por los pasillos del obispado.

Y a lo lejos aparecen las luces del puerto y el sufragáneo respira aliviado por llegar. Devuelve el coche alquilado dejando las llaves en un impersonal buzón. Camina con su pequeña maleta, se adentra en la ciudad que huele a mar y a pescado frito. Serpentea a veces mirando hacia atrás en un lugar donde ya se han olvidado de él hace muchos años. Rebusca en su bolsillo y encuentra una llave. Abre el portal, sube dos pisos y vuelve a abrir una puerta. Al fondo hay una televisión encendida. Una mujer mayor la está viendo. Otra más joven, pero enjuta, chupada le mira y le dice solo:

—Buen Tableu Vivant, papá—

El metropolitano fija sus ojos en los de la chica y con el peso de los últimos veinticinco años en su voz le responde.

—Que no cuenten conmigo para hacer otra performance como ésta.

 

Publicado la semana 26. 26/06/2018
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Gong, Gregoriano , Una noticia del periódico , En la rectoral , Ajustar las cuentas con la vida, Escapa
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