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David Fueyo

Estudio sistemático de la mentira

Seis años de licenciatura con sus exámenes de circulación sanguínea y sus prácticas con los muertos de la última planta de la facultad incluidas. Luego un máster de dos años en medicina legal. Un bienio de becario en aquella clínica. Un año más al paro, luego otro trabajando con protección civil por hacer algo. Más tarde el currículum para INSUNITATEM, la empresa más importante del país en cuanto a seguros. La campana que sonó y aquí estoy sentado esperando el paciente de la tarde para largarme de una vez de este edificio en teoría cardiosaludable y friendly con el trabajador.

Cuando me preguntan en qué consiste mi labor suelo decir que en escuchar a mentirosos, mantenerlos calmados, que hablen, que canten si hace falta y luego, una vez que hayan abandonado la acogedora atmósfera modificada de nuestro moderno edificio, intentar ratearles hasta el último euro de su posible indemnización. Confieso que mis informes son erráticos, que según esté el día o haya o no ganado el Betis pongo una cosa u otra; pero eso sí, estoy en continuo y absoluto contacto con la mentira desde las ocho de la mañana hasta las cuatro  de la tarde, con una hora para comer.

Hay quien viene con sus mejores galas, camisa nueva, recién planchada, bolsos relucientes, tacones altos, escotes. Huelo su miedo y el olor a fritanga de una cocina en la que se desenvuelven continuamente antes de disfrazarse para venir a que les evalúe las lesiones. Me encanta sus caras cuando les sorprendo con traumatismos previos que intentaron ocultar de manera burda. Disfruto con el silencio que se crea súbitamente cuando busco en la base de datos algún trapo sucio, alguna lesión que ha pasado aparentemente desapercibida y con la que su rostro cambia de color cuando la saco a relucir tras esos segundos de silencio en los que, lo sé, me odian como a nadie. El ruidito del disco duro conectando con la base de datos se amplifica en la atmósfera cortante y ¡zás!, se derrumban al ver su historial en mi ordenador dejando atrás muecas, dolores, parestesias y esperanzas lejanas de ese verano por fin alquilar un pisito en Benidorm o comprarse un coche nuevo.

Mienten. Mienten y plañen por unos euros de más. Uno tras otro. Una tras otra. Siete horas  al día con una en medio para comer.

Sin embargo él no era como los demás. ¿Un escritor? En mi decena larga de años en INSUNITATEM había hasta atendido a un torero que reclamaba daños porque le el alcance de una botella de agua llena en toda la espalda cuando estaba saliendo a hombros por la puerta grande con un pasillo de antitaurinos esperando que se pusiera a tiro. ¿Un escritor? He de confesar que ambicioné  su llegada con cierta impaciencia tras un atropello, cuatro cervicalgias y una caída en bicicleta propiciada, según el ciclista en cuestión, por un mal adelantamiento de un autobús. Cero puntos de secuelas en toda la mañana. Espanyol 3- Betis 2.

 

—Buenos días doctor.

—Buenos días. Siéntese por favor.

Fingí repasar mis papeles tal y como suelo hacer con cada uno de ellos. Nunca pregunto cómo están ni porqué vienen. La situación la domino yo, y en este caso no iba a ser distinto. No le pregunté ningún tipo de dato personal. Preferí obviar el interrogatorio de rigor ya que tenía su ficha completa en mi escritorio ytomé la decisión de ir directo al grano con él.

—Está usted aquí por un accidente de tráfico, ¿no es así?

—Así es—respondió secamente.

El escritor no era ni alto ni

—Y el contrario estaba en nuestra compañía y usted simplemente iba de acompañante de don Luis Navia, ¿estoy en lo cierto?

—Lo está.

—Por lo tanto deduzco que viene aquí a reclamar una indemnización por daños.

—Ahí se equivoca.

Por primera vez noté algo en él que me inquietó. No me había mirado aún a los ojos hasta ese momento y ahora lo hacía fijamente y con una sonrisa a medias.

—No le entiendo—le dije,—todos vienen aquí a buscar una evaluación de daños que conlleve una indemnización. ¿Cuál es el motivo de su consulta entonces?

—Le seré franco, doctor—sus ojos estaban fijos sobre los míos. Esa mirada escondía algo extraño, no sé el qué, pero él tenía la situación por el mango.—He venido para aprender de usted—prosiguió,—para copiarle, para escribir como si fuera usted.

Le miré sorprendido. Revisé en la documentación quien era su abogado. Un tal Juan López, cuya existencia desconocía.

—Veo que le representa el letrado Juan López. ¿No le ha dicho que este centro es solo para evaluar daños?—decidí ponerme duro, no hay mejor defensa que un buen ataque—No sé qué pretende con eso de que va a copiarme y a escribir como si fuera yo.

—Puede meterse su indemnización por donde le quepa. Me quedo con sus gestos, su forma de hablar, lo cuidadas que están sus manos, su forma de dejar ver el nudo de la corbata por debajo de la bata. Me quedo con usted, doctor. Le necesito para mi próximo relato. Ha sido usted, pero me servía cualquier médico que viviera entre la falsedad más absoluta, que fuera una propia mentira, que me sirviera para encarnar en un personaje todo aquello que conlleva el engaño.

Acto seguido, y ante mi estupefacción más absoluta, ese hombre que decía ser escritor se levantó de la silla y se dirigió a la puerta. No supe que responderle. Me sentía incómodo y he de reconocer que incluso temí que tuviera algún ataque de violencia pues sin duda alguna me encontraba frente un demenciado. Antes de cerrar la puerta desde la parte de fuera de la consulta me miró fijamente otra vez y me dijo:

—Ya usted soy yo.

Al contrario de lo que esperaba de un loco aquel hombre cerró la puerta despacio, muy despacio y simplemente se fue. Tras unos segundos de asombro decidí avisar a seguridad de que se había colado un chiflado en mi consulta sin tampoco darle demasiada importancia. De hecho aunque nunca anteriormente me había ocurrido, podría entrar dentro de la normalidad en un centro médico como el mío en el que además de traumatólogos también había otros especialistas así como un par de psiquiatras y una psicóloga de bastante buen ver, por cierto, con la que alguna vez había tomado un café en la sala de descanso. En fin, proseguí con mi jornada reconstruyendo para peor mi ya mal concepto de escritores y juntaletras, vagos con experiencia y poco madrugadores además de chiflados profesionales y gentuza propensa a la dipsomanía y otros vicios.

Tras una atropellada al cruzar justo por el hueco del aparcamiento de un coche en un centro comercial y un chaval con collarín todavía a pesar de que habían pasado veinte días desde su teórico golpe por detrás en su Seat Panda: --Ya sabe usted--- me decía, --aquel coche no tenía ni reposacabezas—seguía mintiendo mirando hacia la ventana mientras movía nerviosamente las manos y un insultante color rojizo se apoderaba de sus mejillas, apagué el ordenador y me dirigí hacia la calle encendiendo un cigarro ya desde unos metros antes de salir a la lujosa urbanización donde se encontraba la clínica y la sede en la ciudad de INSUNITATEM.

Mientras conducía por la autovía de vuelta a casa volví a recordar a aquel hombre tan extraño dándome cuenta de que más que de su aspecto físico lo que me venía a la mente era su voz profunda, seca y cavernosa diciendo aquello de “ya usted soy yo”. Seguía dándole vueltas a aquellas palabras cuando sucedió. El camión pareció no haber visto mi coche. Yo frené en seco antes de salirme de la vía y entonces fui embestido por detrás por un todoterreno azul. Otro coche más le atizó a este último y por alcance me volvió a golpear. Sentí un latigazo muy fuerte en el cuello, en la parte del trapecio izquierdo, y simplemente me pareció  que la cabeza me iba a estallar hasta que todo se apagó. Sin más.

Recobré el conocimiento en la ambulancia. No tengo ni idea del tiempo en el que estuve desmayado sobre el volante. No sé si alguien me sacó del coche o si esperaron a que llegase la ambulancia. Conozco el procedimiento. Me habrán mirado las constantes vitales y verían que me desmayé del fuerte impacto cervical, posiblemente del segundo, que arreó de lleno contra el todoterreno y otra vez contra mi coche dejándome esta vez en shock por el trompazo directo sobre mi espalda. Luego, una vez estable, habrá llegado la ambulancia, esta ambulancia, y posiblemente me estén trasladando al hospital comarcal, el que está enfrente de la facultad con sus muertos en la última planta.

 

—Oiga, ¿está bien?

—Sí, creo que he tenido un accidente, ¿no es así?

—Sí, una colisión múltiple por alcance. Seguramente tendrá un fuerte dolor cervical y alguna contusión, pero no se preocupe, parece que no ha sido mucho más.

No respondí.

—¿Sabe usted como se llama?

Tampoco respondí. El enfermero seguía el protocolo postraumático. Acompañé con la mirada la linterna que bailaba ante mis ojos sin relativa dificultad aunque el dolor en la espalda y la cabeza seguía siendo cada vez más fuerte a medida que el golpe se enfriaba.

 —Umm, dígame, ¿en qué trabaja?

Entonces sí que respondí. Y tras hacerlo una sensación de terror se apoderó de mí.

Él era yo y yo era él.

—Soy escritor.

 

Publicado la semana 24. 14/06/2018
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Duran Duran, Advertising Space - Robbie Williams , Terror, Otros cuentos, Memento , En el tren, en el WC, Solo , sangre, decepción, inmadurez, lealtad
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