Semana
14
David Fueyo

Voyager 1

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El 5 de septiembre de 1977, tras el exitoso lanzamiento, los ingenieros responsables de la sonda espacial Voyager 1 brindaron con champán. Todos ellos culminaban así un largo periodo de trabajo y estudio acerca de cómo lanzar dos laboratorios portátiles autopropulsados hacia los confines del universo. Había mucho trabajo detrás, cientos de noches en vela, millones de personas esperanzadas en un proyecto casi utópico: lanzar hacia el espacio interestelar un mensaje claro de que aquí, en un pequeño punto azul, alguna vez hubo vida.

De entre todos los felices ingenieros hay uno que está aún más contento porque su pequeña travesura ha culminado con éxito. Dentro de las dos sondas Voyager lanzadas va insertado un disco de audio de cobre bañado en oro en el que se han recogido sonidos de la tierra por si se da la casualidad de que de aquí a los próximos cuatrocientos mil años, más o menos, antes de que el material de la sonda y del disco se degraden, una posible civilización se cruzase con alguna de ellas y tuviera curiosidad por ver qué sonidos alberga ese llamativo redondel brillante que viaja insertado en un zócalo de las mismas. Aun así tendría que darse la enorme casualidad de que esa desconocida civilización fuera capaz de hacer sonar los surcos del disco, que tuviera atmósfera para que las ondas sonoras pudieran propagarse y que además poseyeran un sentido similar a nuestro oído con el que poder interaccionar con los ruidos que del soporte dorado deberían emitirse.

Sin embargo, como decíamos, hay un ingeniero más contento aún que los demás. Él es Andrew Fernández y, como pueden sospechar por su apellido, tiene ascendencia española, más concretamente asturiana.

El padre de Andrew nació a principios del siglo XX en el concejo de Quirós, y allí, a la sombra de Peña Rueda y con el son de los Garrafes en primavera creció y tuvo como su mayor afición tocar la gaita, cosa que, por cierto, no se le daba nada mal. Al llegar la maldita guerra tuvo que emigrar y Texas, en Estados Unidos, fue la tierra que acogió a Andrés, que así se llamaba, y a su mujer, Estefanía, la cual dio a luz a Andrew, un  futuro ingeniero aeroespacial.

Y Andrew, nuestro Andrew, fue el encargado de ensamblar en las dos sondas espaciales Voyager sendos discos de oro en los que, entre otras pistas de audio con sonidos de la vida cotidiana de nuestro planeta, también se recogió una canción azerbaiyana llamada “Ugam” interpretada con una gaita de esa misteriosa nación caucásica.

Sin embargo para Andrew aquella pista en ese disco que debería surcar el espacio durante milenios hasta que alguna desconocida civilización la encontrase le pareció poco reconocimiento a la tierra que vio nacer a sus ancestros, Asturias, y al instrumento que adornó su infancia en Texas, la gaita que tocaba su padre. Echó de menos poder compartir con quien pudiera recogerlas, aquellas viejas piezas asturianas que fueron la banda sonora de su infancia y la de sus padres.

Andrew lo intentó por el conducto reglamentario. Presentó una instancia a sus superiores en la NASA, a los prebostes de la Universidad Cornell, encargada de la selección e incluso al mismísimo Carl Sagan, responsable del contenido del disco dorado, pero todo fue en vano. No hay ni rastro de una gaita asturiana en todo el disco espacial, y la verdad, la gaita azerbayana se parece bastante poco a la que el viejo Andrés tocaba en su Quirós natal.

Pero no contaban el travieso carácter del ingeniero ni con su vasto conocimiento sobre diseño, desarrollo y ensamblaje de artilugios espaciales, y ante el silencio de Sagan  y de los mandamases de la NASA y de Cornell decidió llevar a cabo su pequeño homenaje a Asturias y a su padre gaitero.

Tras el disco dorado de la Voyager 1 (y solo de la 1) escondió una gaita grillera, la más pequeña de todas las que hay en Asturias, la misma con la que él intentó, —con poco éxito, todo hay que decirlo—, aprender a tocar en su infancia. Camuflarla no fue difícil en una especie de zócalo gris donde estaba insertado el disco bañado en oro, las placas solares, el fotopolarímetro y los refuerzos de unas patas que quizás nunca vayan a aterrizar en ninguna parte. Ahí, detrás del disco brillante, envasada al vacío para evitar en lo posible la degradación de la madera con el paso de los siglos dejó Andrew la gaita y luego, justo encima, y posando para la revista LIFE una vez se permitió el paso a los periodistas para inmortalizar el momento, atornilló el soporte sonoro dorado dispuesto a enviarlo por el cosmos hacia la eternidad del tiempo y el espacio, una eternidad que no fue tal y que duraría cerca de doscientos noventa y seis mil años; justo hasta que en un planeta en la órbita de la estrella Sirio un equipo de investigadores de una especie jamás concebida en nuestro planeta, —pero tampoco demasiado diferente teniendo en cuenta el tiempo y la distancia—, celebró con el sonoro choque de una especie de copas el feliz aterrizaje de aquel artefacto volador con un circulo brillante en uno de sus laterales en el que se guardabba los sonidos de un pequeño y lejano planeta en el que, al menos doscientos noventa y seis mil años antes,  hubo música, y por lo tanto, también vida.

Publicado la semana 14. 08/04/2018
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"Dark Was the Night, Cold Was the Ground" , Cosmos, El universo,, Gaita, Los Garrafes , Mirando al cielo , Mugan, Azerbayan, Blues
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