Semana
10
David Fueyo

Coches (I) BMW M3 E36

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Relato
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Desde que el precio del aditivo ha bajado me estoy llevando un pequeño respiro. Esta maquinona sigue bebiendo mucho, pero joder, nadie puede decir que no sea una preciosidad pese a los años, pese a que ya no se lleven los polos con banderas, parches, estrellas y números, con los que yo me vestía para ir a juego con esta máquina, esta preciosidad de BMW M3 E36, la maquinona, la negrilla, la Merkel, la punta del iceberg, la tarjeta de visita de un tío con clase y pasta, elegante, joder, como soy yo.

 

Cuando la compré recuerdo que me dio vergüenza cerrar el trato  como toda la puta vida, con un apretón de manos entre cliente y vendedor. Las mías siguen siendo grandes, toscas, de encalador y escayolista más que de constructor y contratista, pero en aquellos buenos tiempos todos jugamos un poco al Palé, con más o menos éxito. Yo toqué el cielo y la urbanización La Quinta me dio pasta, mucha pasta. De aquella época, finales de los 90, son el chalet con garaje en la planta de abajo, el ático-picadero y la Merkel. También miles de pijadas, cenas en restaurantes con estrella Michelín donde la mitad de las ocho mesas disponibles eran de coleguitas del ramo venidos a más. Todos los días me fundía diez euros, diez, en limpiar el coche. Abrillantador, aditivos y pulido de llantas. Luego un rato por La Quinta a supervisar, a dejarme ver, a estrenar la camisa de La Martina, a hacer tiempo para luego ir a comer, a quemar un poco de gasolina, joder, a que se me viera, a rugir caballos. Con eso tenía suficiente.

 

Más pasta tirada: Un terreno en Ciudad Lineal, veinte mil metros cuadrados de fango, lodo y ortigas, lo primero que me embargaron y mira, ahí sigue, lleno de plumón argentino, al lado de la carretera general, cerca de la autopista, a un paso del centro comercial. Aún a día de hoy sigo viéndolo si no fuera por esa puta humedad y por los permisos que apoquiné. Los pagué bien, joder, y  nunca llegaron, ¡qué hijoputa el concejal! Al menos no acabé en la trena como él, aunque entre fianza, abogado estrella y multas varias me quedé casi en pelotas otra vez. Vuelta a empezar, pero este mundo es para los listos, y yo lo soy, qué ostias.

 

Por aquel entonces el pichi también se llevaba su diezmo, mejor dicho, su mitad. La mitad de todo mi tiempo, la mitad de mi dinero, la mitad de mi trabajo. Conseguí doblar el número de amigos, también de amigas, putas, vale, es verdad, pero amigas al fin y al cabo. Obviando que había que pagar ellas me daban besitos y me susurraban al oído cosas guapas antes de follar. Me pasaban su teléfono y las iba a buscar, ya de mañana, para irnos a desayunar. Ana se enfadaba cada vez que me veía volver a casa a tan tarde, y luego, cuando la llevaba en la Merkel al centro, a que se comprase lo que quisiera, siempre veía pelos rubios largos y colillas manchadas de carmín, que, todo sea dicho de paso, nunca me molestaba mucho en ocultar.

 

En aquellos momentos, tan al principio, todavía no había aparecido Lena, y mi mujer, que seguía siendo la Anamari del pueblo, la chica sin demasiadas luces hija del Paciano y la Remedios, la hermana del Paco que se dejaba sobar en la cuadra, o se hacía la tonta o era tonta de verdad, aunque he de reconocerle que desde el primer día notó que algo extraño me había pasado: que me había vuelto a enamorar.

 

Y es que Lena no era como las demás, no, que va. Lena hacía juego con el dibujo lateral de la tapicería, con el rótulo de BMW M3, azul y blanco sobre fondo negro, con la bandera de Baviera. Ella fumando con distinción hace juego con todo. Con sus cinturones y gafas con logotipos extraños, con sus bolsos con extraños símbolos de marcas de las buenas, de las de Cristiano y Sergio Ramos. Si me acuerdo todavía de los nombres: Gucci, Versace, Prada,  Armani..., todas más caras que dios.  Un poco de lo que sea pero caro, mi amor, me piaba con su vocecita, y a mi ya me llamaban por el nombre en el Corte Inglés, y ella se enfadaba porque decía que allí compraban las chonis y que ella era una señora de verdad. Le daba portazos a la Merkel, ostias fuertes, secas, que me dolían a mi también. Por mucho que me gastara nunca era suficiente y luego me follaba con prisa e insolencia a modo de pequeña recompensa  y vuelta a empezar.

Y cuando ella llegó se esfumaron los buenos tiempos. Por mucho que ganase para ella siempre era poco. Era igual lo que le diese. Siempre ese enfado tonto, esa pequeña guerra en la Merkel cada vez que la llevaba a cenar a los restaurantes más caros, los más íntimos, allá donde no pudieran verme en su compañía, porque la jefa, la Anamari, seguía siendo la jefa y un divorcio me iba a joder pero bien. ¿A quién se le ocurre ponerlo casi todo a su nombre para que el vampiro no viniera a robarme a base de impuestos y cotizaciones lo que yo me había ganado comiendo culos de concejales, de secretarios y de politicuchos del tres al cuarto? Que si me va mal, que si la Quinta no da para más, que si Ciudad Lineal no va a poderse edificar, que si la Anamari me va a desplumar porque es todo suyo, que si la Merkel es vieja y ya no impone. Todo eso se me vino encima cuando llegó ella. Buscaba una aventura y me busqué mi ruina.

Pero hay que tirar para adelante y eso hago. Para adelante siempre, como en Ceuta en la mili y apartando cadáveres de exsocios y  examigos y quitándome cuchillos de la espalda, los mismos que volvían a su dueño otra vez, tarde o temprano, sedientos de sangre.

Aquellos eran los buenos tiempos. Los buenos de verdad, en los que no me hacía falta ratear con el aditivo. En los que no hacía falta aparentar porque todo lo que brillaba lo hacía de verdad.

Publicado la semana 10. 11/03/2018
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El Fary , Otros cuentos, Los 2000 , En cualquier momento , Crisis, Coches, Postureo
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