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09
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Relato
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Érase una vez un calvo como tú, como yo, como todos. Un calvo sin muchos aspavientos, de ley, sin siquiera unas gotas de tinta a modo de tatuaje. Un calvo de los que, como tú, como yo, como todos, se echaba su cremita factor 30 los días de alta radiación ultravioleta; pasaba a la gorra cuando apretaba la calor y al gorro de lana en invierno; los días en que quería lucir algo más fetén usaba un sombrero negro, normalito, nada de chistera o bombín, ni de panamás; sin adorno alguno, ni  plumas, cintas, mucho menos brillibrilli. Un calvo integral, como tú, como yo, como todos, sin un ápice de esa primitiva reliquia evolutiva que es el vello y que todos perdemos a las semanas de nacer.

Pues resulta que este calvo radical, mientras se frotaba la calva con una toalla para secarse tras las ducha matinal que se daba cada día, como tú, como yo, como todos, vio un corto filamento, negro, algo tieso, en contraste con el blanco del lavamanos. Dejó de secarse para inclinarse a observarlo de cerca. Parecía un hilo, aunque algo más fino, tal vez de la toalla… Pero no: sabía que la toalla era de un blanco límpido. Aún así se paró a examinarla buscando algún pespunte oscuro, quizás en las costuras del borde, en el envés de la etiqueta. Nada. No era la toalla su origen. Sería, entonces, del albornoz que, aunque también era blanco, tenía unas rayas. Así que se lo quitó y se puso a examinar el tejido palmo a palmo, encontrando algún oscuro hilillo suelto, sí, pero decididamente azul y, arrancado y puesto al lado del que aguardaba en la pileta, definitivamente distinto a aquel. No quedaba otra alternativa, no cabía otra posibilidad, que fuera una cerda de la escobilla que, a saber cómo se habría desprendido y caído ahí la última vez que la uso. Pero este absurdo no tuvo ni que comprobarlo, aquellas eran negras, sí, pero más gruesas, largas y, sobre todo, más tiesas.

No le quedó otra que rendirse: era un pelo. Y, lo que es peor: era un pelo suyo. No había otra opción. Hacía meses que disfrutaba de una renovada soltería y no había invitado, aún, a nadie a compartir sus noches, mucho menos su cuarto de baño. Y de ella no podría ser, no podría haber perdurado ahí ese recuerdo tanto tiempo, ni siquiera agazapado en una esquina, en lo alto del estante, o en el marco del espejo. Que él era, como tú, como yo, como todos, un tipo muy limpio tirando a escrupuloso en lo que el cuarto de baño se trataba. Era suyo: su pelo.

Nuestro calvo, horrorizado, levantó la vista al espejo, buscó desesperado en su cráneo por si hubiera algún otro cabello. Es más, ¿quién dijo que proviniera de ahí? Se sabía que antiguamente los hombres lo tenían por, prácticamente, todo el cuerpo. Comenzó a examinarse la cara, el cuello, el pecho. Regresó a los hombros, palpó y observó brazos y manos tanto directamente como en el espejo. Se buscó en el vientre, entre las piernas, tras las rodillas, en los pies y como pudo en el trasero, usando sus escasas dotes de contorsionista junto a un espejo de mano o hasta la cámara del móvil para alcanzar a verse donde su desnudez pudiera alojar otro cabello. Suspiró aliviado al no encontrarlo. Se recompuso. Vaya tontería. Abrió el grifo y dejó ir esa vergüenza por el desagüe. Un pelo, como si fuera un animal o, peor, un subhumano de siglos pasados. Imposible. Aquí no ha pasado nada. Recogió el baño, se marchó a vestirse con cierta prisa, que con la tontería había perdido un tiempo precioso, y ya si eso se tomaría un café camino a la oficina.

Al salir de casa, se echó un último vistazo en el espejo del aparador para comprobar que seguía siendo un calvo impoluto, de libro, perfecto, sin nada que ocultar, irreprochable, como tú, como yo, como todos.

Publicado la semana 9. 04/03/2018
Etiquetas
Distopía, Pensamiento único, Uniformidad, Alopecia
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