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05
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Gabi y Robe poco tenían que ver. La casualidad les hizo ser compañeros de habitación en el colegio mayor. Gabi estudiaba educación infantil. Robe estaba matriculado en telecomunicaciones, aunque en realidad quería cambiarse a informática, a la parte de robótica e inteligencia artificial, y combinarla con psicología, y quizás con algo de antropología, para tener así una buena base a la hora de montar el negocio que acabaría con los negocios. De poco más hablaron entre si, tras la cena de esa primera noche, en una de las salas comunes. Había demasiada gente que conocer y ya tendrían tiempo de charlar a solas. Gabi intentó dedicar un momento a cada uno de sus nuevos compañeros, pero le fue obviamente imposible; al cabo de unos minutos, se disculpó: iba a lavarse los dientes y a acostarse, había sido una tarde larga. Robe se quedó un rato más con un grupo de futuros ingenieros, como él, buscando adeptos a su causa, quién sabe si posibles socios, quizás de entre los novatos; los veteranos parecían empeñados en desmontar sus planes repitiendo una y otra vez que las cosas no eran como él creía; pues ya lo serían, que para eso estaban en la Universidad ¿no?

Cuando Robe llegó al cuarto, Gabi estaba sentado en uno de los escritorios, esperándole.

– ¡Ey, Javi!, estabas aquí.

– Sí…, bueno…, es Gabi. Iba a acostarme pero no sabía cuál… – Robe se tumbó sobre una de las camas con las manos cruzadas detrás de la cabeza.

– Chaval, vamos a hacer cosas grandes en este sitio.

– Vale, te quedas esa…,  entonces este escritorio…  – Robe se incorporó rascándose la cabeza

– ¡Nah!, no tengo sueño, voy a ver si queda alguien por ahí, ¿te vienes?

– Bueno, estoy algo cansado…  – Robe ya estaba a su lado cogiendo a Gabi por el hombro.

– ¡Venga anímate!, ¿has visto la biblioteca? Te va a encantar. Tienes pinta de que te gustan las bibliotecas. Seguro que vas a pasar buenos momentos allí.

– Vale, sólo un rato.

Robe salió sin esperar más. Gabi lo siguió por el pasillo. Cruzaban cada puerta abierta y Robe los presentaba sin importarle demasiado si interrumpían alguna conversación (de ser privada la puerta estaría cerrada ¿no?), y se ponían a charlar con el grupo de estudiantes que estuviera allí. Bueno: Robe hablaba, Gabi sonreía educadamente y prestaba atención, bostezando cuando nadie miraba. Exploraron también el gimnasio, la cafetería (por la que pasaron más de una vez a por café pare ellos o algún compañero que se lo hubiera pedido a Gabi), varias salas comunes y, finalmente, la biblioteca. Y en cada estancia se encontraban con alguien que iba, venía o estaba y que echaba un rato con el par de novatos. Uno más dicharachero y motivado cuando el tema le llamaba la atención, momento en el que hasta parecía tomar notas mentalmente para no olvidar el dato que podría ayudarle en su brillante futuro; el otro más callado, tirando de la manga del compañero al notar que podían empezar a molestar, para salir con una disculpa y un “buenas noches” sincero. Cuando ya regresaron a su habitación, para dormir prácticamente comenzaba el nuevo día y hasta los primeros trinos excitados se escuchaban desde ambas camas.

No encontrarían los cadáveres hasta la tarde siguiente, cuando uno de los que iban a ser compañeros de clase de Robe, al que habían estado buscando todo el día,  se decidió a entrar en la habitación con la excusa de enseñarle un artículo de redes neuronales. El cuerpo del chico permanecía tendido en la cama con los restos de su cabeza esparcidos por encima, por la pared y hasta por el techo, como si hubiera explotado. De Gabi no quedaba ningún rastro más allá de su ropa, hecha jirones en el alfeizar de una ventana con el cristal roto desde dentro. Por lo visto nadie pensó que no era buena idea juntar en el mismo dormitorio a un chico que tenía la cabeza llena de pájaros con otro que era un pedazo de pan.

Publicado la semana 5. 04/02/2018
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Terror en el Colegio Mayor
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