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Daniel Turambar

El gendarme

El gendarme ascendió por la boca del metro de Pont Marie. No era la que le dejaba más cerca, pero quería caminar, que el frío de aquella mañana de noviembre terminara de despertarle, aunque para despertar primero debería haber dormido. Se dirigió al de San Luis bordeando la pequeña isla, dejando que la humedad del Sena le acompañara. Había que hablar, dijo ella cuando los niños ya se habían dormido; pues hablemos, contestó tirándose a una piscina que sabía más que seca. El aroma de los primeros cafés le acogió cuando tomó la calle del claustro de Notre Dame, pero su promesa de calor le asqueó por saberla efímera. Caminó junto al enrejado del jardín tras la catedral. De los árboles raquíticos aún pedía alguna hoja agarrada a la ilusión de que si aguantaba lo suficiente quizás podría reverdecer. Por encima de ellos, la flèche hilvanaba el cielo con girones de plegarias. Como si sirviera de algo coser con seda de araña lo que ya no se reconoce parte de la misma prenda.

El gendarme bajó la vista avisado por el murmullo. Increible: ya había cola para subir a la torre. Jodidos turistas… La mayoría ni se dignaba en aprovechar el momento para admirar los exteriores del monumento: las gárgolas, los arcos, los detalles de la puerta norte, las finas costillas a punto de quebrarse en cualquier momento a modo de arbotantes, las agujas, el delicado equilibrio que hizo posible preñar de vidrieras la piedra dando a luz un policromático interior que, más que de la gloria de Dios, siempre le hablaba de lo que es capaz de hacer el hombre. Y ahí estaban ellos, ignorantes e ignorados, planeando rutas en mapas con puntos que ir tachando a modo de colección de cromos, sorbiendo café con cara de no saber qué hacían ahí, los más cumpliendo con sus ofrendas al dios de las telecomunicaciones móviles. Volvió a alzar la vista para cruzarla con una gárgola: ¿para esto hemos quedado?, de estos demonios no podemos proteger a nadie..., ni de estos ni de ninguno, mucho menos de los propios.

El gendarme se detuvo a saludar a los compañeros de patrulla por la puerta. Se le ocurrió entonces que tal vez debería entrar un momento. No lo hizo. Se excusó en que no encontraría el silencio que necesitaba. Los turistas, claro. Se despidió apresuradamente de los colegas deseándoles un buen servicio. Tenía que salir de la isla, de los dominios de Nuestra Señora, antes de que pudiera leer su voluntad de pecar contra todo lo pecable. Se sorprendió con este arrebato de piedad mientras se puso a callejear, apretando el paso, camino a su destino final. Los años de educación católica parece que al final calaron, por más que se presumía ateo desde el momento en que recibió la primera comunión. No volvió a una iglesia. Ni siquiera cedió a la hora de casarse por más que ella insistiera. Joder, sabía con quién trataba. Y, sin embargo, ahí estaba, enfilando el tramo final de la calle de Babilonia y con dudas de última hora. No como ella quien lo tenía todo perfectamente claro, todas las variables ponderadas y las posibles consecuencias asumidas. No había más. Y no, no pareció haberlo. El futuro, complicado pero asible, desapareció de repente y sólo quedó una oscuridad que rápidamente comenzó a corromper hasta los recuerdos más certeros de felicidad conjunta, en una noche de vigilia que habría de ser la que lo colmara.

El gendarme fue encontrado muerto, en torno a las nueve y media, en los jardines de la residencia del primer ministro francés. Fin.

Publicado la semana 48. 02/12/2018
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Relato
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I
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