46
Daniel Turambar

Sin querer

Parecían buenos chicos, pero seguramente por eso no lo fueran. Demasiada sonrisa hasta para unos turistas americanos. Demasiado correcto el spasiva. Demasiados dólares. Demasiado nuevos los billetes. Pero el dinero es dinero. Hacía tiempo que la anciana no miraba de dónde venía. Los tres hombres sólo querían pasar la noche en su granja. Habían pagado por cobijarse en el cobertizo lo que habría costado una habitación en la hospedería del pueblo, pocos kilómetros más allá. Pero decían estar cansados, a pesar de lo limpias que lucían sus botas. Cogió el dinero. Sintió algo de curiosidad mientras lo guardaba en el bolsillo del delantal e incluyó cena y desayuno al lote. Que no se dijera de la hospitalidad georgiana. Con una sonrisa de bebé al vapor tomo de la mano al más joven de los tres. Le hizo sentar al lado de la chimenea.

               Definitivamente el spasiva y el da sonaban muy naturales. Pero ella no haría preguntas. Ellos ni quisieron saber su nombre. Estaba claro que tenían planes mejores que charlar con una vieja. Les sirvió algo de sopa con boniatos y vodka. Que nunca falte el vodka. Tomaron sólo el vaso de rigor con la anciana. Luego los dejó a solas. Les indicó el reloj, les dijo que no se quedaran hasta tarde. Les indicó a través de la ventana dónde estaba el retrete de invitados. Los chicos asentían y sonreían, como si fueran turistas. Pero no lo eran. Le habían entendido perfectamente. Lo dejó pasar. Traían buenos dólares. Repitiendo el gesto de ir a dormir se metió en el cuartito de al lado de la estancia principal. Pero no durmió. Esos tres tramaban algo que ella intentaría descubrir. Una pena que no hiciera caso a su padre e ingresara en la escuela de traductoras del partido.

 

               −¿Seguro que no entiende nada de inglés? −preguntó la voz más grave, la del hombre que hasta entonces apenas había asentido en presencia de la vieja.

               −Tranquilo, hace unos días estuvo mi primo por aquí. Se pasó la noche insultando a la vieja y ni se inmutó –ése era el jovencito.

               −Normal que la insultara, vaya mierda de vodka –el tercero le recordaba a su yerno, un hijo de puta de cuidado.

               −Deja de beber y vierte media botella para que no sospeche –de haber entendido la frase completa se habría levantado de la indignación−. No me fio, tal vez lo mejor sería… −el tono de esa frase le hizo saber que debía prestar atención.

               −¡Eh, eh! Aquí nadie va a hacer nada que se salga del plan–el joven parecía asustado.

               −Bueno, a ver. Repasemos: tenemos unas cuatro horas para descansar en el cobertizo de la vieja.

               −Descansar los cojones, es un puto jaleo de cables y chatarra. Joder, ya podría habernos dado su cuarto por lo que le hemos pagado – “pagado” eso sí lo entendió, se estaban quejando se incorporó a ver qué más entendía. 

               −Ya dormirás cuando estés muerto –“muerto”,  eso también lo entendió la cosa se ponía fea

               −Da, da

               −Cuidado, habla en inglés, hombre.

               −Mejor no digas nada más, y deja el maldito vodka – la vieja escucha la botella rompiéndose junto a su cabeza al otro lado de la pared.

               −¿Así está bien?

               −Mierda… −oye pasos que se acercan al cuarto, son ligeros, el jovencillo entra y comprueba que la mujer duerme−. Todo bien, está frita, pero tened cuidado por favor. Sigue.

               −Bien, en cuatro horas, tres y media si seguís así, nos vamos dirección sur hasta este hito kilométrico, luego…

La anciana estaba asustada pero aún así reunió el suficiente valor para volver a acercarse al tabique de papel que la separaba de los tres turistas.

               −Sólo pinchar el cable y listo. ¿Entendido? Sólo pinchar el cable− ¿cable?, a la anciana casi se le escapa un gemido de emoción.

               −No lo entiendo, ¿por qué tanto jaleo por un cable? –sí un cable. La anciana estaba de pie junto la pared.  Se apretó la toquilla, seguía con el mismo frío, pero no importaba.

               −Tampoco te pagan por entenderlo. Tenemos que pinchar ese cable y acoplar un microrepetidor. Punto.

               −Está bien, pero me gustaría saber a qué coño tenemos que ir a hacer de telefonistas cuando deberíamos estar cebando unos buenos cartuchos de plástico.

               −Qué animal eres. Me cago en el vodka que te dieron... Esto te va a gustar. Anda, cuéntaselo.

               −El cable actualmente es el principal modo de acceso a la red de la zona.

               −¿Un solo cable? No tiene sentido. ¿No se supone que la gracia de internet es que esté todo conectado con todo? ¿Qué si se altera una vía haya otras de seguridad? En cuanto detecten el pinchazo cortarán la conexión y listo.

               −No, porque este es un enlace especial. No notarán el pinchazo. En tiempos  sí que lo harían: era exclusivo. Pero hoy el 90% del volumen de información del país pasa por esas líneas

               −¿Y qué, nos vamos a poner luego a ver las fotos guarras que se pasa el personal..? No me jodas. ¿Para eso vamos a estar pasando frío en busca de unos cables de cobre? – la anciana se esforzaba pero no entendía nada, salvo esa palabra que iluminó la noche: cobre

               −En realidad de fibra óptica. Actualizaron las líneas y cedieron el ancho de banda como pago: gigas y gigas de información civil sin apenas control. El acceso remoto que inserte apenas disipara unos bits que nadie echará de menos.

               −¿Es que no te das cuenta de dónde estamos? –la voz grave cedió parte de su autoridad. Hubo un silencio. El que se parecía al cabrón de su yerno debió hacer algún gesto a sus camaradas.

               −Correcto: el tsarevich 049…

               −Conectado a la red por un remozado cable soviético− la mujer entendió cable de nuevo y soviético, vaya si lo entendió. Tanto como la perfecta pronunciación del título del hijo del Zar, en el mismo idioma de las risotadas de los dos hombres mayores y la risilla aflautada del jovenzuelo.

               −Callad, callad… − la anciana corrió a la cama, el jovenzuelo se asomó por segunda vez.

 

               Los hombres departieron poco más antes de ahogar el fuego, apagar la luz y marcharse de mala gana al cobertizo. La anciana olió de nuevo los dólares. Demasiado nuevos. Pero el dinero es bueno venga de donde venga. Y, aunque no entendió que pretendían esos tres turistas, para nada americanos, la mujer no dejaba de pensar que tal vez había metido a la competencia en su propia casa. Así, decidió seguirlos cuando la madrugada y el frío silenciaron la tierra unas horas más tarde.

               Caminaron bastante. Dirección Sur. La mujer llegó a pensar que quizás cruzarían la frontera. A punto estuvieron. Tras varios kilómetros los tres hombres salieron del camino y se metieron campo a través. Los hombres caminaban sin apenas encender una pequeña linterna que centelleaba, a veces, demasiado lejos de la anciana. La mujer se movía despacio, acompasando sus pasos con los de alguno de ellos, no fueran a escuchar el crujir de la escarcha bajo sus pies. El frío era mucho, pero la excitación dio un calor juvenil a la sangre de la mujer.

               Llegaron por fin al punto que buscaban y el bruto que se parecía a su yerno se puso a cavar. Unos minutos después sacó un buen cable de entre la tierra. Tendría el grosor del brazo de la mujer. El cable se perdía bajo el bosque, tal vez cruzara el riachuelo. Sí, aquél parecía el mejor sitio para hacerse con el cobre que encerraba. Pero los tres hombres no arrancaron el valioso metal. No. El jovenzuelo sacó herramientas y se puso a trastear en la maroma de plástico. Los otros dos la sujetaban y le daban luz. El imberbe daba órdenes sin contemplaciones, como todo un General. Los otros no osaban discutir. La mujer tardó en darse cuenta de que entendía a la perfección las indicaciones. Sí: eran georgianos, como ella. No la habían engañado. Ese spasiva…  El jovencito terminó de hacer lo que fuera que estaba haciendo y depositaron con mucho cuidado el cable en el suelo antes de volver a enterrarlo. La anciana trató de orientarse para volver a casa por otro camino y poder llegar antes que los tres hombres. Debían encontrarla en su cama. Estaba segura de que cualquier sospecha que levantara sería fatal. Sí, ese tsarevich llevaba un veneno peligroso. No le costó adelantarse. Al fin y al cabo se había criado en aquellas lomas. No había mucha luz, pero el tacto del camino la guió como una buena madre hasta la seguridad de su hogar, como tantas veces había hecho.

 

               Al alba, la anciana encontró unos billetes más sobre la mesa y una nota en inglés. Ni rastro de los tres compatriotas. Apenas comió algo y salió hacia el pueblo. No había tiempo que perder. No sabía cuánto tiempo estaría ahí el filón. Llegó a casa de su hija. Mandó al nieto mayor a por la furgoneta de su difunto padre, para que vendiera el cobre del cobertizo. Había que hacer sitio al nuevo tesoro. Cogió a su hija y una pala y se las llevó al lugar donde pasó la noche anterior.

 

               El resto salió, en parte, en la prensa internacional. Fue la noticia simpática del día. Una anciana deja sin cobertura de internet casi todo un país. Una molestia para un pueblo ya molesto. Un desastre para una economía ya desastrosa. Un escándalo para un gobierno ya escandaloso.

               El lugar del corte se detectó rápidamente. Las autoridades resultaron sorpresivamente eficientes. La buena mujer estuvo en un calabozo mientras los técnicos arreglaron el estropicio. Apenas unas horas. Se dejó ir a la anciana. Había sido un accidente, se publicó. Mientras buscaba trufas, o raíces, o vaya a saber, cortó el cable por error. No parecía muy creíble, pero se creyó.

               La anciana tuvo suerte. No corrió peligro su negocio de trapicheo de cobre. Se hizo la vista gorda a cambio de varias horas describiendo a los terroristas a los que dio refugio. Los mismos habían pinchado el enlace con un silo nuclear secreto. Los mismos que no podían creer lo que leían en la red: que una vieja había frustrado sus planes, así: sin querer.

Publicado la semana 46. 18/11/2018
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