Semana
42
Daniel Turambar

Supervivientes

Género
Relato
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Tras el fin, los que sobrevivimos tuvimos mucho que hacer como para preocuparnos por ellas. Somos así: no vemos los problemas hasta que son demasiado grandes. Bastante teníamos con buscar agua limpia y saquear comida en lata en la oscuridad perpetua a la que nos condenamos. Con el tiempo pudimos formar pequeñas comunidades donde restar miedos y sumar hambres. Las reservas de los días de luz se agotaban. La tierra se negaba a dar vida a oscuras. De ella sólo podía brotar muerte. Ni siquiera podíamos enterrar a nuestros muertos, así que retomamos el rito de la incineración. Craso error. Las llamas lamiendo la carne muerta traían recuerdos dormidos a aquellos que conocieron los días de luz. Incluso en los que nacimos después se despertaban sensaciones atávicas que se manifestaban en una salivación involuntaria que nos confundía. Afortunadamente hubo quien supo ver que aquello no podría traer nada bueno y se pasó al mero abandono de nuestros caídos en lugares apartados. Un error más grave todavía. El hedor de la carne las atrajo y ellas no dudaron en alimentarse. No pasó mucho tiempo hasta que nosotros comenzamos a cazarlas para cerrar, sin saber, el círculo. No hubo alternativa, no había más opciones. Hasta se llegó a celebrar tenerlas a nuestra disposición. Eran tan prolijas que acabaron con uno de nuestros problemas. No quisimos ser conscientes, aunque muchos sospechábamos de dónde venía su prosperidad. Habíamos desterrado el hambre. Moríamos menos. Crecíamos. Prosperábamos. Fue mera cuestión de tiempo. Las llevamos al extremo. Atacaron. Al principio no lo asociamos, parecía una nueva plaga. Simplemente algunos no despertaban y al día siguiente eran llevados a los muladares. Algunos  conseguían despertar en pleno proceso de asfixia interna. Así descubrimos cómo lo hacían, cómo nos cazaban para que luego les lleváramos la cena a la mesa. La realidad se hizo evidente. Nos comíamos a las que nos comían. Contraatacamos con fuego. No conseguimos más que forzarlas a volverse más agresivas. Habíamos comenzado la última guerra. Podíamos aplastar unas cuantas, quemarlas por decenas. Ellas sólo tenían sus pequeñas mandíbulas con las que arrancar pellizcos de piel y músculo, o introducirse en nuestras bocas para intentar asfixiarnos por dentro. Aun así estamos condenados a perder. Son miles de millones contra unas pocas decenas.  Cuando ya no estemos el mundo será suyo, tal vez aprendan a sobrevivir durante el tiempo suficiente como para que regrese la luz y renazca la vida. Tal vez consigan desarrollar una nueva cultura. Tal vez devoren este relato justo antes de devorarse entre sí.

Publicado la semana 42. 21/10/2018
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