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Septiembre carga con la fama de aguafiestas, pero es un mal necesario y el único que puede hacer este trabajo. Que ya le gustaría a él hacerse el sueco y seguir con la ronda de fiestas pueblerinas, al fin y al cabo el tiempo le acompaña. Al final llega el final y alguien tiene que recoger los vasos rotos y la pota del baño. Y ese es Septiembre. Encauzándonos de vuelta a la rutina que intenta hacernos menos pesada con pequeños cambios, cambios que acaban irritando más a quien se cree que siempre es el mismo. Infinita paciencia tiene este mártir del calendarios acoplando sueños y propósitos, atemperando desfases o canalizando distracciones. El verdadero inicio se produce cuando el final está a la vuelta de la esquina. Septiembre nos engaña de este modo para que no caigamos en tristezas, ocupando nuestro tiempo en un aterrizaje suave, por más que a veces sea cuesta arriba, que ya sería menos si pusiéramos de nuestra parte, que él por poner hasta se quita un día. Así va el pobre, que por momentos no sabe si viene o va, si le toca sublimar o precipitar, diluyendo su personalidad entre el final del verano que pasó y el otoño que comienza a desprenderse de los árboles más cansados. Y lo hace como si nada, con la diligencia del que conoce su labor y del que sabe de su importancia. De nada. Septiembre carga con la fama de aguafiestas, pero es un mal necesario y el único que puede hacer este trabajo.

Publicado la semana 39. 30/09/2018
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