Semana
38
Daniel Turambar

Barritos de elefantes

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Relato
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Elefantes, barritos de elefantes. Ese fue el sonido que les dio la bienvenida al llegar a las puertas del Kamala Home Resort, mezclado con el del arrastre de las olas en la playa y un galimatías de acentos e idiomas dispuestos para la cena.

Aquellas iban a ser, por fin, unas vacaciones de verdad. Eso leyó Martina en los ojos de su madre cuando el comité de recepción les puso collares de flores y luego sirvió un coctel bastante cargado a los adultos, y un zumo demasiado dulzón a ella y su hermanastro.

El enano buscaba por todas partes a los elefantes. Martina ya los había visto detrás de uno de los chiringuitos, o como llamaran los thai a los chiringuitos, cerca de la playa. No le dijo nada.

El anfitrión seguía soltando un discursito en inglés, cargado de we’re pleased, con varios we hope, became, y una sobrecarga de at your service, sin dejar nunca de sonreír.

Cenkiu, cenkiu ─Jose también sonreía. Por lo que Martina sabía su inglés apenas pasaba del welcon, gudmornin, gudbay y el cenkiu, con acento de Tomelloso─. Niños, dad la gracias.

Thank you very much for your receptions. We are excited to finally be here, but also tired from the long journey. Please, can we check-in and get some rest in our rooms?

─Martina, hija, qué bien hablas, ─Pilar no llegaba ni al cenkiu de su marido, aunque su acento era más fino─ ¿pero qué le has dicho?

Rooms es habitación ─el enano dejó de buscar a los elefantes que seguían con sus berridos.

─Sí, eso, rums. Queremos gou a las rums a... Martina, hija, ¿cómo es descansar? ─ Martina lo ignoró.

─¡Papi, que se llevan nuestras maletas! ─La cara de la familia alertó al nativo.

Please, don’t worry, they are of our staff. Your luggage will be waiting for you at your bungalow.

─Vale ─Martina resopló─. Mama, que no pasa nada, que son del hotel. Dame los pasaportes, que nos den las llaves y nos podamos duchar de una vez ─y, gustándose en su perfecta pronunciación añadió─. Thanks. Ok, the sooner the better, let’s go check-in.

Of course, follow me please. Thanks.

 

Elefantes, barritos de elefantes. Al amanecer comenzaron otra vez a dar la murga. Raulito abrió la ventana y el ruido perforó con más facilidad los tímpanos de Martina. Se suponía que habían reservado un bungalow con tres habitaciones y dos baños. Era la condición que puso Martina para no amargar el viaje a su madre y su padrastro. Al final no pudo ser. El thai sonriente le explicó que había habido no sabía qué problemas y que sólo tenían disponibles chozas de dos habitaciones y un solo baño compartido. Eso sí, seguirían estando en primera línea de playa y no sólo les devolverían la diferencia sino que además el paquete de media pensión pasaría a ser un todo incluido.

─¡Mira, mira, están ahí, los elefantes están ahí!

Martina no miró, ni siquiera estaba en la habitación, buscaba con desgana en la fuente de frutas algo que le quitara el mal sabor de boca con el que había amanecido.

Tras el desayuno fue inevitable acercase hasta los paquidermos. Eran tres: dos hembras y una cría pequeña. El dueño dejaba que los turistas se hicieran fotos por un dólar, o un euro, por tres podías intentar subirte en uno de ellos y por diez dar un paseo.

Martina ya se veía aguantando al crío dando el coñazo con los elefantes. Su madre y Jose habían dejado claro que se iban a tomar estas vacaciones como la luna de miel que no pudieron tener. Pero no, Raúl quedó muy impresionado al ver de cerca a los animales y, aunque no les quitaba la vista de encima, tampoco se atrevía a acercarse demasiado. A Martina tampoco le disgustaba mucho estar por allí. El domador, o como quiera que se diga en thai domador, era un hombre joven, no muy guapo. Tenía algo que hacía que la chica no le quitara ojo de encima, aunque sin acercarse demasiado.

Al tercer día, la rutina dio pie al acercamiento de Raulito al pequeño elefante y de Martina a su cuidador. Porque Yali más que otra cosa, lo que hacía era cuidar de las dos grandullonas y, sobre todo, de la cría. Tareas en la que los hermanastros comenzaron a involucrarse, entre juegos, ayudando a Yali a darles de comer y a lavarlos al atardecer, cuando el concierto de trompas de los demás animales domesticados para los turistas, indicaba que llegaba el momento de volver a casa.

Raúl se despedía de su amiguito con un abrazo que el elefante devolvía envolviéndolo con su trompa. Yali y Martina tenían que separarlos, antes de dedicarse un see you (te veo) que querría ser later (luego) y no tomorrow (mañana).

 

Elefantes, barritos de elefantes.

Días antes sólo dieron la murga hasta el anochecer, cuando los distintos cuidadores abandonaban las playas y zonas atestadas de turistas y se dirigían a sus chabolas en la parte de la ciudad que nadie visita, al pie de la misma jungla. Pero esa noche los berridos de los animales no pararon al caer el sol, esa noche continuaban quejándose por encima del arrastre de las olas en la playa cuando ya entraba la madrugada.

Aún así, Martina se había quedado dormida. Raúl no. El niño creía entender la llamada de su amigo el elefantito: algo malo le ocurría, había que avisar a Yali… Despertó a su hermana:

─ Martina, vamos, despierta, Dumbi está llorando

– Duérmete ya y no des el coñazo – dijo ella sin llegar a abrir los ojos dándose la vuelta

– Martina, hay que avisar a Yali, vamoooos...

Martina falló un manotazo a ciegas y el niño entendió que aquella era una misión para un solo hombre. Se marchó colándose por la ventana convencido por una intuitiva precaución que le decía que era mejor evita a los mayores, no impidieran que fuese al rescate.

 

Elefantes, barritos de elefantes. El jodido niño había dejado la ventana abierta y el ruido de los animales se colaba con fuerza, además de una brisa fría que solía pasearse por el resort de madrugada, esperemos que no algún mosquito. Martina se levantó a cerrarla y, de paso aprovechó para ir al baño. A la vuelta al cuarto se metió en la cama abrazando ya de nuevo al sueño que no se dejaba besar, que se mostraba esquivo por un detalle que no cuadra en la noche. Martina recordó. Miró sin esperanza la cama del niño y encontró lo que esperaba: su ausencia. La madre que lo parió. Martina se paró a pensar por un momento si avisar al padre de la criatura o ir directamente a por el chaval. Pero ¿dónde ir? Con los elefantes, con Yali. Debería haber avisado, que hubieran llamado a la policía, que lo hubieran buscado por todo el resort. No lo hizo: se calzó y salió por la ventana a buscar a Raulito, siguiendo la llamada de los elefantes hacia la ciudad. Con suerte encontraría a Yali y él le ayudaría.

No tardó mucho en arrepentirse, la única luz era la de la luna llena y la arboleda que crecía a los lados de la carretera que llevaba al concierto cacofónico de elefantes proyectaba demasiadas sombras. Martina se obligó a no pensar en qué podrían ocultar aquellas sombras. Se había informado, el país era seguro para los turistas, no podían permitirse mala prensa. Todo iría bien. Por si acaso, de vez en cuando gritaba el nombre del maldito niño o de Yali, aunque sin  mucha esperanza ya que la cuesta arriba no le dejaba ver un destino claro más allá del barrito de los elefantes desacompasados.

Cuando por fin el terreno se hizo más llano, Martina se vio en mitad de una calle tirando a estrecha, donde se alineaban casitas de una planta que no parecían muy uniformes. De varias ventanas salía alguna luz débil, Martina pensó que más parecía luz de velas que de bombillas, pero había electricidad las casas de aquella callejuela sin farolas, donde también se adivinaba alguna televisión y el sonido amortiguado de música se dejaba notar por debajo del estruendo, cada vez más fuerte de los elefantes. Martina volvió a gritar los nombres de Raúl y Yali, no tanto con la esperanza de encontrarlos como de que alguien saliera en su ayuda, aguzando el oído por si algún sonido le fuera familiar, tal vez una voz de alguno de los thai que trabajara en el resort, tal vez la del enano, tal vez… ¿era posible? Marina creyó identificar la aguda llamada de Dumbi a su izquierda, por donde la calle se abría. No le pareció mal camino, por lo menos no se adentraría más en aquel barrio. Avanzó con paso firme mientras seguía llamando y, sí, parecía confirmar que el elefante contestaba cuando ella callaba. Aceleró el paso y finalmente los encontró: a Dumbi, a Yali y a su hermanastro.

 

Elefantes, barritos de elefantes. El ruido de las bestias era ensordecedor. No sólo los animales que cuidaba Yali, muchos otros que debían pernoctar en los alrededores en los patios de sus dueños, todos ellos sin parar de gritar. Raulito se fue para Martina en cuanto la vio, estaba apartado de los animales que el joven domador trataba de calmar sin éxito.

–¡Has venido! Ven, no te acerques mucho, están asustados.

Martina decidió aplazar la bofetada para más tarde, no quería llevarse al niño a rastras y pataleando. Se acercaron despacio. Yali apenas los miró. A su lado, un señor que parecía muy mayor, le instaba a que hiciera algo que el joven parecía reticente a hacer. El joven trataba de calmar con palabras a las elefantas, con comida a la cría. Pero apenas conseguía que callaran un instante hasta que el barrito más lejano o próximo de otro congénere las excitaba de nuevo. El anciano pasó a la acción y se puso a azotar a las elefantas sin conseguir más que Yali se le enfrentara y le hiciera caer y rodar, hasta estar a punto de ser pisoteado por una de las paquidermas que dolida y asustada había comenzado a alzar las piernas delanteras. Yali trató de calmarla de nuevo, con la vara en la mano, el animal dejó caer su peso sobre las manos encarándose al joven domador, volvió la cara a la montaña y con un último gran barrito arrancó las cadenas que ataban sus patas traseras y huyó. La otra elefanta hizo lo propio, pero no se alejó más allá de donde estaba la cría que gritaba de forma aguda.

–¡Quieren irse!

El niño se escapó del abrazo de Martina que vio paralizada cómo se puso a tiro de trompa, Yali comenzó a acercarse, gritándole que se alejara, pero Raulito aflojó el lazo de la cuerda que mantenía al pequeño elefante atado, liberándolo. Dumbi salió corriendo y su madre, tras verlo a salvo, antes de seguirlo se giró hacia los humanos. Yali se acercó al niño, y al comprobar que estaba bien miró a Martina y salió corriendo tras los elefantes. El miedo liberó a Martina, pero el maldito niño no se quedó quieto y, antes de que pudiera atraparlo, se corrió también montaña arriba. No tuvo más remedio que seguirlo.

 

Elefantes, barritos de elefantes. Era lo único que se escuchaba por todas partes. Algunos parecían enloquecidos a escasos centímetros, otros respondían con más calma desde la distancia. Martina se aseguró de perder de vista a Raúl en la frenética carrera sin sentido monte arriba, en más de una ocasión estuvo a punto de atrapar al niño, pero entonces le parecía ver a Yali y el segundo de duda hacía al pequeño ganar distancia. Aquello era una locura, a saber qué de animales habría en aquella selva, casi agradecía no ver mucho más allá que lo que el clareo de los árboles daba paso a los rayos de luna.

Finalmente, tras una ascensión agotadora, vio que el niño se sentaba en una roca a coger aire. Martina llegó un minuto después al repecho donde también se encontró con Yali y varios elefantes, además de los del cuidador, alguno incluso pastando de las hojas de los árboles cercanos. Entonces se dio cuenta de que prácticamente todos estaban en silencio. De vez en cuando se escuchaba alguna llamada lejana, pero mucho más espaciada que lo que había escuchado hacía ¿cuánto?, ¿minutos, horas? Debieron ser horas, la luna quedaba fuera del amplio óvalo que formaba el claro y el cielo ya no era tan oscuro, comenzaba a clarear. No debía faltar mucho para el amanecer. Menuda aventura. Ahora que se habían parado Martina sintió un gran cansancio, no tenía fuerzas ni de reñir a Raúl. Yali había recogido unas ramas y había preparado lo que parecía un lecho donde se echaron un momento.

 

Elefantes, barritos de elefantes. Martina no tuvo sensación ni de haber cerrado los ojos cuando los animales comenzaron de nuevo con su sonata y se marcharon sin más. Yali hizo el amago de seguirlos, pero sabía de lo inútil de la tarea y se quedó mirando la senda que habían seguido, pensando quizá en la ruina que le supondría volver sin los animales al poblado, mientras su llamada se iba ahogando en lo más profundo de la montaña. Entonces un nuevo sonido comenzó a subir por la ladera, una especie de rugido mezclado con crujir de árboles, un muro de ruido que iba creciendo más y más. Martina miró despertó a su hermanastro y ambos miraron al domador que no tenía más respuestas que ellos mismos. Yali les tendió las manos, lo mejor sería no quedarse a descubrir qué era lo que llegaba. Instintivamente siguieron montaña arriba por la senda abierta por los elefantes. El estruendo lo inundaba todo, por momentos parecía lejano, por momentos que caería sobre ellos de forma inminente. Hasta que cesó y se hizo el silencio.

Se detuvieron. No sabían qué hacer. Por momentos cerraban los ojos para intentar oír mejor, parecía imposible que de repente no se escuchara nada en mitad de la selva. Y, entonces volvieron. Elefantes, barritos de elefantes. Ahora graves y cortos. Las elefantas de Yali aparecieron. El pequeño Dumbi se fue hacia Raúl y le rodeó con la trompa. Una de las elefantas se agachó junto a Yali que ayudó a Marina y el niño a subir para hacer el regreso más cómodo. Finalmente acabaron dando un paseo en elefante. La aventura parecía terminar bien, Marina se convenció para disfrutar del paseo abrazada a su hermano, no se fuera a caer, que bastante bronca le iba a echar su madre cuando llegaran al resort.

 

Elefantes, barritos de elefantes. Ese fue el sonido que más tarde recordarían Martina y su hermano Raúl al recordaran aquellos días. No los gritos, llantos, y barullo de voces ininteligibles, no el motor de lanchas y helicópteros primero, de ambulancias y otros vehículos de rescate después, de edificios derrumbándose, de agua correr. Barritos de elefantes supervivientes, como ellos, del Tsunami que se llevó a sus padres.

Publicado la semana 38. 23/09/2018
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