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37
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Ni siquiera se estaba mirando realmente en el espejo, simplemente se secaba delante de él como cada mañana tras ducharse, con la toalla grande amarrada a la cintura cubriéndole hasta más allá de las rodillas y usando la pequeña para absorber las gotas de agua que se engastaban entre el vello de su cara, brazos, hombros, axilas y pecho. Sería cosa de que, como empezaba a hacer calor, había dejado la puerta abierta y por eso el espejo no estaba empañado, permitiéndole ver todo el proceso, sin mirarlo hasta que un detalle llamó su atención en el cristal pulido y acercó a él la mirada primero, para bajarla sobre sí después y descubrir una retadora cana, de no menos de tres dedos, tiesa como un puñal clavado en la areola izquierda. ¿Aquí también? Ya se sabía con una edad y había renunciado hacía años al negro zaíno de una barba donde el blanco nuclear fue ganando terreno a pasos agigantados, siendo ésta la parte más visible de su vejunez, ya que la melena, si bien con ciertos hilos de plata, mantenía la compostura en las distancias medias. Pero esa cana envalentonada, ahí, junto al corazón, le dolió como ninguna otra que se conocía por la extensa y peluda geografía de su cuerpo. Creía, iluso, que ese último reducto aguantaría al menos unos años más, al menos hasta que pudiera llamarse oficialmente viejo, que sólo en viejos había visto pechos blancos. Pero bueno, ¿qué tontería es esta? Cogió unas pinzas y de un tirón rápido mas no exento de dolor venció al tiempo.  Al menos por el momento.

Pensó entonces en el cuerpo desnudo y prácticamente imberbe que dormía a un mal tabique de distancia. Un cuerpo aún joven, aún terso, despreocupado por tonalidades o densidades. Y no pudo evitar volver a preguntarse qué hacía un jovenzuelo con alguien como él. Si casi podría ser su padre… Bueno, no se llevaban tanto, pero mientras su cuerpo parecía empecinado en pasar de fase el que todavía descansaba parecía haberse plantado en su estado óptimo. También ayudaba a esta imagen de joven eterno, dicho sea de paso, las sesiones depilatorias. Y, la verdad, no le hacía mucha gracia tanta piel sin más aliño cuando se conocieron íntimamente. Los niños son los que no tienen pelo. Tanta piel bruñida le hacía parecer un pedófilo. Al menos tenía una chivilla, más que nada porque era lo único con cierta dignidad que podía dejarse crecer en la cara.

Se descubrió echando una ojeada al pequeño armario tras cuya puerta se guardaban cuchillas, cremas depilatorias, lociones y demás imprescindibles de la higiene corporal de su compañero. Con un suspiro resignado lo abrió y se dispuso a elegir la mejor opción para que las futuras canas no tuvieran opción ni a aparecer. Se decidió por la crema depilatoria, que extendió por su pecho. Justo cuando se disponía a retirarla para ver el resultado, dejó de estar sólo en el cuarto de baño.

–¿Qué haces?

–Yo… quería darte una sorpresa.

No pareció muy convincente. El jovenzuelo sonrió y le dio la espalda para orinar.

–Lo estás haciendo mal.

Terminó y se hizo espacio con la cadera para lavarse las manos.

–Déjame, anda–dijo mientras se secaba en la toalla que dejo de estar amarrada a su cintura dejando toda su velludez al aire. El chico comenzó a depilarle el pecho y la barriga con diligencia, para después pasar a los hombros y espalda.

–Bueno, así está más o menos bien. ¿Te gusta?

Asintió.

–¿Y a ti?

El chico se mordió el labio.

–No está mal, pero…

El horror.

–¿Qué?

–Creo que estabas mejor antes, eso es todo, ¿pero si es lo que quieres?

El chico se metió en la ducha.

–¿Cierras la puerta?, hay corriente.

Cerró y siguió observando el resultado post depilatorio en el espejo que empezaba a empañarse.

–Incluso– agrega gritando un poco para que la voz se imponga al ruido del agua–, pensaba que no te quedaría nada mal alguna cana.

Publicado la semana 37. 16/09/2018
Etiquetas
Vejunez, Canas, Pareja
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