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Daniel Turambar

Frío

Le apeteció un zumo de naranja, en copa ancha, como los que solían tomarse cada fin de semana en los esplendorosos desayunos de dos horas. Recordó que él se había llevado el exprimidor y que, de todos modos, las naranjas llevaban semanas en el frutero, debían estar bastante amargas, alguna incluso comenzaba a oler mal. Se contentó con un café rápido, apoyada en la encimera, y apuntó el nombre de las frutas en la lista de la compra que debía hacer sí o sí esa misma mañana, o casi mejor ya por la tarde cuando hiciera algo menos de calor que pasaban ya las once y el sol de agosto comenzaba a castigar las ventanas. Tal vez luego bajara a la piscina de la urbanización.

De momento tocaba hacer limpieza. El piso no era gran cosa, un apartamento de 50 metros bien distribuidos que no daban para fiestotes pero les bastó para dos, no digamos para ella sola. Aun así daba faena, no estaba segura si era el barrio, el verano o qué, pero la de polvo que se acumulaba últimamente no era ni medio normal. Echó la mañana y el inicio de la tarde en dejarlo todo decente. Faltaba la cocina, que dejaría para la tarde. Eran casi las tres. Se sorprendió frotándose los brazos. A pesar de haber estado trajinando todo el día sentía algo de frío. Debió dejar el aire acondicionado a tope. No había sudado ni una gota y las ventanas habían estado abiertas dejando pasar toda la flama de agosto. Cuando fue a comprobarlo vio que estaba apagado. A saber, lo mismo no hacía tanto calor como parecía realmente. Ya no bajaría a la piscina, tenía hambre y, de todos modos, si el tiempo estaba así, no merecía la pena. Se preparó algo ligero, se puso un vino blanco fresquito y buscó una película para echar el rato. Al cabo de 20 minutos se quedó dormida en el sofá. No fue por falta de lealtad para con la peli, es que su mente necesitaba una desconexión más eficaz.

Se despertó helada, instintivamente se ha había cubierto con la mantita en mitad de la siesta, pero incluso así el frío se había apoderado de su cuerpo. La sensación era doblemente extraña teniendo en cuenta la luz que entraba a raudales por la ventana desde un cielo limpio de nubes del que cualquiera supondría, por lo menos, una temperatura más apacible. Pensó que lo mismo esta vez sí puso el aire acondicionado, pero no. Lo comprobó y estaba apagado, o al menos eso indicaba la consola. Alzó el brazo para intentar notar el aire saliendo de los conductos y nada. No se fiaban, se subió a la escalerilla para poner la mano en frente. Definitivamente no salía aire. Lo encendió y la diferencia era evidente: no sólo se notaba el chorro helado, sino que el leve ruidillo del motor también era perceptible. Mientras un escalofrío le bajaba por la espalda, se fue a buscar ropa de manga larga y luego se tomó la temperatura por si hubiera pillado una gripe de verano o algo así. 35,6º C.: todo normal. Con la tontería se le había echado la tarde encima y aún tenía que hacer la compra y limpiar la cocina. La decisión fue rápida y optó por seguir limpiando, a ver si la actividad le hacía entrar en calor, y ya luego, si no llegaba al súper, haría un pedido por internet. No había muchos cacharros que fregar, pero se puso a darle a fondo al estropajo y repasó desde la campana extractora hasta la nevera, aprovechando que estaba prácticamente vacía, e incluso los azulejos de las paredes. Al final tendrá que hacer el encargo. Así que se puso una chaquetilla y se metió en el súper virtual dando tiempo a que se secara el suelo de la cocina y pudiera prepararse algo de cenar, un caldito, uno de sobre que le pareció ver en un estante.

No era normal el frío que tenía. La sopa apenas le había mantenido el cuerpo caliente durante el momento de tomarla. Se fue directamente a la cama a ver si entraba en calor, pero la colcha de punto no abrigaba nada. Rescató una manta del armario. Tras un buen rato encogida, dando tiritones, fue a buscar el nórdico. Comenzó a entrar algo en calor, no del todo, aún notaba frío en el cuerpo y seguía con piernas y pies, brazos y manos heladas. El camión de la basura comenzó su serenata nocturna. Debían ser más de la una y seguía sin poder dormir por el frío. A ver cómo explicaba el lunes, en la oficina, sin que la tomaran por loca, por qué iba con guantes y bufanda en pleno agosto.

Publicado la semana 31. 04/08/2018
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https://www.youtube.com/watch?v=XwiMHlnQaD8 , frío
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