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Daniel Turambar

Café y un buen sillón para leer

¡Blam!

El portazo le hizo levantar la cabeza del libro. Se fijó en el café que tiempo ha que había desistido en su intento de llamarle la atención con torrefactas promesas de calor suave.

­– ¿Hola?

Un taconeo se acercaba hacia el saloncito.

– ¿Estás ahí?

Era ella, ¿quién si no? Tuvo el impulso instintivo de recibirla de pie, sería lo educado, pero lo contuvo apenas apoyó la mano en el brazo del sillón, volviendo a la lectura con la esperanza de poder terminar el denso párrafo en que estaba enfrascado antes de las puertas correderas dejaran paso a la espectacular entrada de su esposa. Tras ese momento no habría más que leer. Apretó el ritmo de lectura en lo que los tacones se acercaban por el pasillo. No podría terminarlo. O quizás sí. Pasó de largo, probablemente camino al dormitorio a ponerse cómoda, si no al baño. Dio un sorbo al café, aún templado, y siguió a lo suyo, volvió a meterse en el libro, volviendo a empezar el párrafo que, esta vez, parecía tener algo más de sentido y pudo terminarlo sin problema. Mira tú por dónde no le había venido mal la interrupción. Levanto la cabeza, se oían ruidillos al fondo de la casa, parecía que aún estaba ocupada en algo. Hojeó y vio que le quedaba poco para terminar el capítulo. No se esforzó demasiado en intentar dejarlo ahí e ir a saludar a su señora, serían sólo unos minutos más… Cuando llegó al final del capítulo dejó el libro sobre la mesa y terminó el café que, ahora sí, estaba helado. No se oía ningún ruido en la casa más allá de tic-tac del reloj de pared.

– ¿Nena?

Ella no contestó, tal vez no lo hubiera oído si estaba dándose un baño relajante, no sería la primera vez. Miró la hora, no era muy tarde aún, tal vez pudiera leer un poco más. Sintió que debía levantarse e ir a ver. Hizo, de hecho, el amago. Pero, al colocar el trasero en el borde del sillón y apoyar las manos en los brazos del mismo para coger impulso, fijó la vista en la portada del libro.  Lo recogió de la mesita y abrió por donde había dejado el marcapáginas. Un hojeo rápido y… Sí, el siguiente capítulo sólo tenía unas cinco páginas, de estar dándose un baño tendría tiempo de sobra para terminarlo. Pena del café. Bueno, incluso le daría tiempo de preparar para los dos en cuanto acabara de leer. No haría nunca ese segundo café, más que nada porque no dejó de leer hasta que la luz de la tarde menguó tanto como para que los ojos comenzaran a dolerle. Más que en café habría que ir pensando en preparar la cena. Ella no había dado señales de vida. Le extrañó bastante. Se levantó, apuró un poco más junto a la ventana para no dejar la lectura a mitad de un párrafo, colocó el marcapáginas y se fue a dar la luz al fondo del saloncito. Aprovechó para asomarse fuera y preguntar.

– ¿Cariño, estás por ahí?

No hubo respuesta. Tampoco había ruidos. Miró el reloj de pared: eran casi las nueve. ¿Cuántas horas había pasado leyendo? La verdad es que es cierto que uno pierde la noción del tiempo cuando hace algo que le gusta. Miró al fondo del pasillo en busca de alguna luz.

– ¿Nena?

No, definitivamente no había nadie en la casa. ¿Era hoy cuando tenía cena con las amigas? Bueno,  ya regresaría. Volvió la cabeza en dirección a la cocina. La verdad es que no tenía hambre aún y, si al final ella había salido, casi prefería cenar más tarde. Volvió sonriendo al sillón junto a la ventana por la que ya se colaba la luz de las farolas. Ajustó la lámpara de pie para no darse sombra y retomó la lectura. Lo mismo le daba tiempo hasta terminar el libro esa noche.

 

¡Blam!

El golpe le hizo dar un respingo y eso que ella había cerrado la puerta. No se acostumbraba a que estuviera tan suave tras el engrase y no dejaba de dar portazos. Mejor, pensó, así me anuncio, a ver si esta vez no está tan ensimismado.

­– ¿Hola?

Se acercó taconeando al saloncito del que manaba luz por debajo de las correderas y donde seguramente él estaría leyendo.

– ¿Estás ahí?

Abrió las puertas pero no lo encontró, como esperaba, en su sillón de leer donde había un libro abierto, boca abajo. Le pareció raro porque su marido solía ser un poco maniático con eso de dejar los libros por ahí, mucho menos sufriendo de esa manera. Lo recogió para dejarlo, al menos, en la mesa con un marcapáginas. En estas que leyó una línea y le pareció interesante. Se fue a la portada y le hizo gracia el título. Buscó el primer capítulo y no pudo por menos que admitir que tenía un comienzo brillante. Era un poco tarde, pero le apeteció un café. ¿Cuánto tiempo hacía que no leía un libro con un buen café? No se lo pensó más, dejó el bolso junto al sillón y fue a preparárselo. A la vuelta de la cocina dio un sorbo anticipado y se quemó los labios, habría que dejarlo reposar un poco. Se sentó, se acomodó, se descalzó y cogió el libro para perderse en su lectura.

Publicado la semana 29. 22/07/2018
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Con un café, Sin distracciones
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