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Daniel Turambar

El despeñado

En la declaración inicial no aparecía la identificación de la víctima. Tampoco datos tales como momento, lugar de los hechos. No se le tuvo en cuenta, se supuso que todo sucedió donde apareció. Pero, por comentarios posteriores, no parece encajar la ubicación con la descrita por los agentes, ni tanto las percibidas desde el interior del edificio en cuanto a lo que pudo ver por las ventanas, o en la azotea, ni a lo descrito en el momento de salir. Resulta igualmente incoherente con la realidad la percepción temporal que trasluce lo declarado in-situ, discrepancias achacadas tal vez al trauma sufrido. Como fuere, la casualidad quiso que me topara con una fotografía antigua en uno de los bares de la zona. Una fotografía de la supuesta plaza de autos fechada a mediados del XIX. Me llamó la atención que el edificio principal de la mism no tuviera más de tres plantas y que, por tanto, la azotea correspondiera con la altura de un cuarto piso, altura descrita en la declaración como aquella desde la que la víctima fue colgada boca abajo. Si bien tampoco correspondía el entorno a lo descrito como vistas desde tal edificio, ya que eran otros de similar altura y no casas bajas lo que se veía en la imagen. Fue así que pedí a un colega apasionado con la evolución arquitectónica de la cuidad que me prestara ayuda, y cómo él consiguió llevarme hasta un coleccionista que tenía grabados encagardos por un Conde de tal para registrar el progeso de la ciudad ya en el siglo XV. El edificio que aparecía en él no era el que ahora ocupa su lugar, ni mucho menos el de la fotografía del XIX, pero sí un palecete de tres plantas, donde podía verse un grupo de soldados montando guardia en la azotea, rodeado por casas bajas. Coincidía, pues, la descripción física de la escena del crimen con lo declarado hacía unos días en pleno siglo XXI. El delirio de la víctima podría ser una explicación, rebuscada y extraña. Porque la otra, la que la lógica me dictaba, no tenía sentido alguno, es más: violaba todas las leyes físicas, desde las más elementales a las más extravagantes. No, debió ser algún tipo de alucinación. Investigué y pocos más, aparte de mi colega y su contacto sabían de la fisonomía de la ciudad en aquella época, lo que los convertía en sospechosos. De algún modo habían recreado ese escenario, si no en la mente de la víctima, como un decorado para simular el secuestro y posterior interrogatorio. Podría ser. Porque no tenía sentido. Nada tenía sentido. Sí, debieron usar además algún alucinógeno para hacerlo más real, lo que también explicaría la inusual duración de las horas de luz descritas. A no ser que… Un picor intelectual no me dejaba tranquilo con esta teoría. Encajar esa pieza a martillazo de psicotrópico no me parecía lo más elegante, aún siendo plausible. Tuve que preguntar. Busqué a un astrofísico ajeno a todo el caso y, sin saberlo, me confirmó mis sospechas: las horas de luz en el siglo XV no eran iguales que las de hoy en día, es más, pudo darme una fecha bastante aproximada con la descripción poco detallada que le di de lo que había sacado de la declaración acerca del paso del tiempo de forma directa como indirecta con las descripciones de sombras y tonos debidos a la luz del sol. Por más que quisiera negarlo la evidencia aputnaba a que todo había ocurrido durante un día de verano de finales del XV. Y, sin embargo, ahí estaba la víctima, recuperándose en un hospital con todas los avances y comidadades que le permitían el siglo XXI. Su estado era bastante débil, entraba y salía del coma, al parecer había reaccionado mal a alguna transfusión o tratamiento, no lo tenía claro del todo. Suele pasar: alguien mete la pata y nadie dice nada si se puede salvar en último momento al paciente, por si las demandas. Como fuera, debía hacerle una visita, tenía que preguntárselo. En la puerta de la habitación había un guardia las 24 horas, aunque la orden de vigilancia expiraría en breve mejorara o no. Reconocí al chaval que estaba en el turno de tarde del jueves que me pasé por allí, era de mi comisaría, un joven dispuesto, con ganas de hacerse un nombre que la cagó en una patrulla conteniendo a un par de ladrones de medio pelo que uían tras un alunizaje. Le puede pasar a cualquiera. Le pasó a él. Al verme se levantó y me sonrió, me dijo si podía ir a baño y a por un café mientras pasaba dentro. Le dije que no. Se le borró la sonrisa y volvió a sentarse mientras curzaba la puerta. Su culo no llegó a tocar la falsa piel de la silla. Lo llamé a voces. La habitación estaba completamente vacía. Juró y perjuró que no se había movido de de la puerta, que sólo habían entrado el personal sanitario acreditado, ningún desconocido, y solamente ellos habían salido. No mentía. Con todo él y yo éramos los únicos que estábamos en ese cuarto. Intenté asomarme a una ventana, pero me fue imposible. No es que estuvieran cerradas, es que los vídrios sólo dejaban pasar la luz, no había forma de abrirlas sin romperlas y estaban intactas. El chaval acabó expulsado del cuerpo, creo que ahora trabaja de segurata en alguna discoteca. Yo seguí  obsesionado durante un tiempo con aquél caso sin encontrar más motivos lógicos que los imposibles. El trabajo se encargó de hacerme ver que no merecía perder el tiempo en algo que a nadie importaba. Pasaron los años, y en estas cosas que tiene la vida, esta mañana tenido he volver al barrio. Un descerebrado que ha acuchillado a su mujer delante de sus dos hijas. Espero que las pequeñas sean capaces de superarlo. Yo he tenido que meterme un lingotazo entre pecho y espalda. Estoy mayor para ver cómo el mundo se va definitivamente a la mierda delante de nuestros ojos. La casualidad ha querido que me topara con la vieja foto del XIX y me he acordado del viejo caso sin resolver. He pedido otro trago y me he marchado. Al salir me he fijado en el nombre del bar: “El despeñado”, al otro lado, en el siglo XV se encontraría el palacete, desde que el que un tipo tardó quién sabe si 600 años en caer. No pude por menos que reírme y volver a casa. Quién sabe lo que tardaré en llegar.

Publicado la semana 28. 15/07/2018
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