25
Daniel Turambar

El encargo de Moira

No la veo entrar, quizás por estar ocupado buscando la botella de buenas noches en el cajón de abajo.

 

– ¡Joder, Moira!, ¿tanto te cuesta llamar?, cualquier día vas a matarme de un susto o peor: vas a hacerme derramar el burbon.

 

–¿Lo has encontrado ya?

 

Ella siempre tan parca. Al final no me viene mal su visita, con su tono de voz no necesitaré hielo para el trago que me sirvo y disfruto con calma mientras busco el modo de ocultar mis cartas.

 

–Aún no.

 

–Mientes.

 

Pillado. Si todo es cierto no merece la pena ir de farol con ella, aún así...

 

–No sé dónde está ni cómo dar con él, así que debo decir que no lo he encontrado – doy otro trago y relleno el vaso por si necesito más–. Técnicamente no miento.

 

–Has hablado con él.

 

–Él habló –voy a necesitar otra botella en breve –. Me abordó, me habló y se esfumó.

 

–Se esfumó.

 

–Bueno, ya sabes, se marchó –esta vez está cabreada, ni siquiera se mueve cuando le ofrezco un cigarrillo: sigue ahí de pie, con los brazos inertes a lo largo del cuerpo, mirando por encima de mi cabeza a través de la ventana –, intenté seguirlo, pero me fue imposible. Lo perdí entre la multitud.

 

–Se esfumó.

 

–Eso es –, se sienta por fin y, por fin, me mira esperando que prosiga –. Me dijo, bueno más bien me advirtió, que desistiera.

 

Moira alarga el brazo y me quita el cigarro de la boca. Siento el contacto del dorso helado de su mano contra mis carrillos sembrado de pelos que debía haber segado hace días. Da una calada profunda, las ascuas del pitillo dan color a su rostro hierático que me interroga, poco después, a través del humo que expulsa despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, al menos más tiempo del que yo dispongo.

 

–Sabe que lo andáis buscando. Sabe que iba de vuestra parte. Me dijo que acabaría mal, como los anteriores.

 

–Andamos.

 

Pillado. Si todo es cierto no necesitaré más burbon.

 

–Me habló de tus hermanas.

 

Me devuelve el cigarrillo, se sirve un culín, se cruza de piernas, me guiña el ojo izquierdo.

 

–Tranquilo, contaba con ello.

 

Acaba el trago y me sirve otro a mí en el mismo vaso. Lo bebo y apuro el tabaco antes de encender otro.

 

–¿En…, entonces?

 

Los ojos me pesan, la veo levantarse y marcharse. No, no se va, se queda al lado de la puerta. Oculta cuando se abre. Me cuesta mantenerme consciente, mis sentidos me abandonan. Veo a un hombre acercarse con el rostro triste. Le sonrío, espero que pueda perdonarme. Moira se abalanza sobre él. Se mueve tan rápido que me parece ver a tres mujeres tratando de doblegarlo, luchando con él para pesar de parco mobiliario de mi oficina. Los golpes llegan a mí amortiguados, como si pertenecieran a otro mundo, el sopor está a punto de vencerme, sé que si me duerno no volveré a despertar. Las Moiras intentan inmovilizarlo, encadenarlo. En la vorágine me hacen caer de la silla, apenas puedo girar la cabeza para ver cómo termina titánica pelea. Definitivamente son tres. Una de ellas coge unas tijeras y se muerde el labio inferior. En un alarde voluntad intento avisarle, como pudiere servir de algo.

 

–¡Cuidado!

 

–Tranquilo mortal, aún no ha llegado tu hora.

 

Pillado. Si todo es cierto he condenado a la humanidad a una larga era de sufrimiento.

 

–Thanatos…

 

Él me mira, al principio con odio, poco después creo leer en su rostro el perdón que necesito antes de desplomarse, antes de rendirme al embotamiento.

 

Despierto en los brazos de Moira con un regusto amargo.

 

–Un sorbo más –, susurra mientras vierte más amargura de una ampolla en mi boca –. Has estado cerca de echarlo todo a perder, ¿sabes? – sonríe, creo que es la primera vez que la veo sonreír y es aterrador –. Sobre la mesa tienes lo acordado y, tranquilo, te pondrás bien.

 

Me deja sobre el suelo de la oficina, la cabeza apoyada sobre unas carpetas, la botella de burbon a mano. Se marcha, se marchan, pudo oír los pasos de varios tacones y el suave deslizar del pestillo de la puerta.

 

Cierro los ojos no sé cuánto tiempo. Intento no pensar. Cuando por fin me levanto veo sobre la mesa los cien mil acordados. Los meto en una mochila. Voy a marcharme para no volver. Cuando llego a la puerta ésta se me estampa en la cara. Caigo de espaldas. Una desconocida irrumpe y me coge del cuello, levantándome hasta ponerme a la altura de sus ojos.

 

–¿Dónde está mi hermano?

 

Pillado. Sí: todo era cierto.

 

–Yo…

 

No sé qué decir. Más mujeres entran y nos rodean. Me observan, sus ojos me atraviesan, pueden ver el contenido de la mochila, pueden ver hasta el interior de mi cabeza.

 

–No sabe nada, al menos nada que no supiéramos.

 

No sé cuál de ellas ha dicho esto. La que me sujeta me arroja por la ventana. Caigo. Puedo anticipar el dolor. Puedo anticipar mi cuerpo desmembrado contra el suelo. Caigo. Me rompo. Sufro. Creo oír un el roce de dos hojas metálicas cerrándose raudas. Me duelo. Me muero.

Publicado la semana 25. 23/06/2018
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