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Daniel Turambar

Sin pan

Cuando llegué del colegio encontré a mi padre. Sentado en su sillón. Con la escopeta del abuelo sobre las rodillas. Fumando. Esperándome. Dijo: te estaba esperando. Levantó la cabeza. Que me acercara. Dejé el pan en la mesa. Me acerqué sin descolgarme la mochila del colegio. Apartó el arma. Se puso de rodillas. A mi altura. Me miró a los ojos. Me cogió por la nuca. Me besó en la frente. Me hablo al oído. Dijo: no sin ti. Me hizo levantar la barbilla con el cañón. Me disparó. Pero los perdigones no atravesaron mi cabeza. No hubo estallido. Solo un golpe de metal contra metal. Dejó caer la escopeta que disparó sola contra la puerta. El susto de la explosión me hizo abrazarlo con fuerza. Mi padre me abrazo también. Fuerte. Ninguno dijo nada. Recogió la escopeta del abuelo. Se la echó al hombro. Me cogió a mí. Se levantó llevándome consigo. Bajamos a la calle. Me metió en el coche. Delatante. En el asiento de mi madre. Puso la escopeta en los pies del asiento de atrás. Con mi mochila del colegio. Se sentó en su sitio. Volvió a mirarme. Yo intentaba no hacerlo. Aunque quería. Puso el coche en marcha. Salimos del barrio. Salimos de la ciudad. Ninguno apartó los ojos de la carretera. Ninguno dijo nada. Siguió conduciendo. No lo hacía deprisa. Los demás coches nos adelantaban. Cada vez había menos tráfico. No sabía dónde íbamos. Quería preguntarle, pero no me miraba. Paramos. Para poner gasolina. Quise decirle que tenía hambre. Quise decirle que tenía pis. Pero seguí mirando hacia delante mientras bajaba del coche. Luego miré en el espejo cómo echaba gasolina. Salió el hombre de la gasolinera. Mi padre soltó la manguera. Olía mucho a gasolina. Nos fuimos mientras el hombre soltaba palabrotas. Mi padre giró a una carretera muy estrecha. Una que no tenía rallas pintadas. Estaba llena de baches. Yo no miraba la carretera. Me retorcía en el asiento. Me meaba. Paró. Habló. Dijo: sal. Estábamos en mitad del campo. No me alejé del coche. Una bandada de pájaros se movía como una nube negra. Él salió también. Los pájaros no piaban. Abrió la puerta de atrás. No quise mirar. Miré abajo. No quería mancharme los zapatos con las salpicaduras. Se puso a mi lado. Tenía mi mochila en las manos. La abrió. Comenzó a tirar los libros. Arrancó de mis libretas las páginas escritas antes de volver a guardarlas. Sostuvo el diccionario un momento. Lo miró. Lo tiró también. Me dio la mochila. Dijo: vámonos. Volvimos a una carretera sin baches. Paramos en un bar donde había muchos camiones. Me alegré. De verdad que me moría de hambre. Esta vez no tuvo que decirme que saliera. Él se encendió un cigarro cuando bajó del coche. Me llamó. Dijo: ¿ves? Asentí. Dijo: con sólo esto ya te tienen. Tiró el cigarro y lo pisoteó. Me dio unos pitillos y rompió el resto. Hice lo mismo. Dijo: bien. Me cogió del hombro. Entramos al bar y pidió unos bocadillos. De carne empanada. Pidió agua. Yo quería una Coca-Cola, pero no dije nada. Nos sentamos a comer. Sacó la carne del pan. Devoré mi filete y la casi la mitad del de mi padre. Al terminar me dijo que esperara en el coche. Obedecí. Me asusté cuando llegó y abrió la puerta. No le vi salir por la del bar. Viajamos durante toda la tarde. Atravesamos pueblos de nombres extraños y muchos campos. Las carreteras a veces se convertían en caminos de gravilla o de tierra. Intenté poner la radio varias veces pero sólo se escuchaba ruido. Busqué un casete en la guantera. Nada. Mi padre me miraba de reojo. Seguía sin decir ni una palabra. Pero, ahora, yo podría haber dicho algo. No lo hice. Quería preguntarle. Pero no lo hice. Me bastaba con saber que podía hacerlo. El viaje comenzaba a gustarme. Por la noche, paramos en un hotel al lado de otra carretera. Mientras mi padre pedía una habitación, encontré un billete en el suelo. Lo cogí disimuladamente. Cuando entramos en el cuarto, se lo di orgulloso. Él lo cogió. Y lo quemó. Dijo: no lo queremos. Dijo: no lo necesitamos. Ordenó: dúchate. Desde el baño oí como trajeron la cena. Otra vez bocadillos, ahora de jamón. A través de la ducha escuché cómo mi padre hablaba por teléfono. Cuando terminé de ducharme todavía estaba hablando. Me tendió el teléfono. Dijo: es tu madre. Corrí a hablar con ella. Preguntó si estaba bien. Preguntó si estaba asustado. Preguntó dónde estaba. Contesté que sí, que por qué, que no sabía, que esperara. Le pregunté a mi padre dónde estábamos. Me quitó el teléfono. Colgó. Dijo: come y acuéstate. Se metió en la ducha. Cuando salió yo ya estaba medio dormido. Se sentó en la cama. A mi lado. Me dijo algo. No recuerdo qué. Todavía era de noche cuando me despertó. Dijo: vístete, nos vamos ya. En la mesa tenía mis libretas del colegio. Había escrito en ellas. Las cogió y los guardó en mi mochila. Todavía era de noche. Nos fuimos del hotel. El cartel luminoso se hacía pequeño en el retrovisor. Quería preguntarle dónde íbamos. Pero no lo hice. Le miraba mientras conducía. Tenía los ojos rojos. Se los rascaba a cada poco rato. Y pestañeaba mucho. Conducía deprisa. Cuando salió el sol me pareció reconocer el paisaje. ¡Vamos a la casa del abuelo!, dije. Asintió. Dijo: a la casa del abuelo. Al poco cogió un desvío que yo sí conocía. El que lleva a la casa del abuelo, en el campo. Subimos la cuesta despacio. Se bajó para abrir la cancela y poder pasar. Pero luego no se paró para cerrarla. El abuelo se enfadaría. No dije nada. Llegamos a la casa. Bajé y llamé a la puerta. El abuelo no estaba. Tampoco estaba la Rubia. La mejor perra de caza del mundo. Mi padre dejó la escopeta apoyada en la puerta. Dejó mi mochila en la mesa. Encendió la chimenea. Fue a la cocina. Trajo leche. Trajo un queso. Dijo: no hay pan. Fue a buscar un chuchillo. Volvió y se puso a cortar el queso. Dijo: llama a tu madre. Fui al teléfono. Llamé a mi casa. Vi a padre salir a la calle. Sonó un tono de llamada.  No me miró. Sonó otro tono de llamada. Llevaba la escopeta al hombro. Mi madre respondió al teléfono. Cuando le dije que era yo se puso a llorar. Que dónde estaba, que si tenía miedo, que enseguida venía a buscarme. Estoy en casa del abuelo, dije. Papá se ha ido, dije. No hay pan, dije. Hablamos un poco más. Mi madre se aguantaba para no llorar. Se lo noté. No me dijo qué le pasaba. Que si estaba bien, preguntó varias veces. Cuando colgó comí un poco de queso. Estaba seco y fuerte. Mi padre no volvía. Yo aún tenía sueño. Me dormí en el sillón del abuelo. En el salón. Frente a la chimenea. Me desperté de un susto. La puerta se abrió de golpe. Luego entraron unos hombres. Eran guardias civiles. Los conocía del pueblo de mi abuelo. Mi padre no volvió. No escuché el disparo.

Publicado la semana 24. 17/06/2018
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Recuerdos, infancia
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