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Daniel Turambar

3 posturas: de pie

Estoy de pie. De pie frente a una nevera abierta. No tengo hambre, pero tengo que hacer algo y lo único que se me ocurre es comer. Como siempre. Normal que esté tan gordo. Tuve una novia nutricionista. Me decía que lo mío era un problema de ansiedad. Que hasta que no controlara mi ansiedad no podría plantearme perder peso. Ella no tenía ni puta idea. Tampoco me lo planteaba, de todos modos. Pero, vamos, que lo mío es tan sólo un problema de pereza. No me muevo. Eso es todo. Si no haces kilómetros y no dejas de repostar el depósito de gasolina desborda. Además, para que algo te produzca ansiedad tiene que importarte un mínimo. No, ella no tenía ni idea. Lo que pasa es que cuando no sé qué hacer lo más cómodo es comer algo. Como ahora, aunque no tengo hambre. Intenté explicárselo. Ella insistía en que era un problema de ansiedad, que en esos momentos debía intentar averiguar su origen o al menos canalizarla de otro modo, haciendo ejercicio por ejemplo. Yo me reía a carcajadas cada vez que me echaba el sermón. Ella añadía que si no le hacía caso que al menos comiera fruta o bebiera leche. Yo me acercaba por detrás y le sujetaba con fuerza los pechos. Eran mi fruta preferida. La hacía girar. Los besaba. En realidad no sé qué hacía conmigo. Creo que le daba morbo tirarse a un gordo. Uno como esos a los que abroncaba cuando no perdían el peso que debían. Más o menos conocía su agenda. Lo cierto es que llevaba a más mujeres que a hombres. Solía comentarme los casos. Ya, se supone que un médico y un paciente tienen una relación de confidencialidad. A ella le encantaba repetírmelo justo antes de romperla. De todos modos no estudió nunca medicina. Cómo le encantaba tomarme medidas y calcular mi peso a ojo después de follar. Hice la prueba. Averigüé qué pacientes había tenido las tardes que llegaba más predispuesta a casa.  Siempre había al menos una cita con un hombre. Algún gordo. Como yo. Quise pensar que le gustaba imaginar que era yo el que iba a su consulta, al que pesaba y medía, el que se avergonzaba por haber pecado, al que animaba con un cambio de dieta. No pude evitar pensar que, en realidad, deseaba que fueran ellos los que se acercaran por detrás y le agarraran las tetas, ellos los que la desnudaran y se alimentaran de su cuerpo, ellos los que se la follaran. Daba igual que fuera cierto o no. La dejé. Tuve que dejarla. Me causaba ansiedad. Mejor cierro la nevera.

Publicado la semana 20. 18/05/2018
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