Semana
18
Daniel Turambar

3 posturas: tumbado

Género
Relato
Ranking
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Estoy tumbado. Tumbado bocarriba en un sofá de pana marrón. Repaso una y otra vez una grieta del techo. ¿Debería avisar al casero? Bah, seguramente lleve por ahí arriba más tiempo que yo por aquí abajo. Este es un buen piso. Tal vez no mejor que el anterior. Pero este es sólo para mí. Y de largo es mucho mejor que el primero en el que aterricé hace cinco o seis vidas. Era un quinto sin ascensor. Cuarenta y siete metros cuadrados compartidos por tres completos extraños. Fue una locura, se mire por donde se mire. Llegar con una maleta y una lista de teléfonos de pisos para compartir malsacada de internet; dedicar un fin de semana a llamar, quedar y echar un vistazo rápido a las candidaturas para ser mi nuevo hogar; ir de piso en piso apuntando cuál tiene mejor baño, qué cuarto es más amplio, dónde huele menos a humedad, qué cocina tiene menos grasa acumulada en el hornillo… Para, al final, decidirme por el primero que vi a pesar de ser un quinto sin ascensor. No duré mucho en él, sólo unos meses hasta que uno de los compañeros, el que realquilaba el piso, un cuarentón simpático, resultó ser un exalcohólico separado que recayó la tarde en que recibió la orden de ingreso en prisión por un delito de malos tratos. Ese día llegué tarde del trabajo y sin mucha ganas de oír milongas. Apenas saludé y me encerré en mi cuarto. Me despertó de madrugada cundo se puso a escuchar baladas heavies a todo volumen. Salí cabreado y me lo encontré llorando en el sofá, con la mesita del salón llena de latas de cerveza vacías. Me quedé a cuadros cuando me enseño la orden judicial. Llámame cabrón, pero yo sólo quería volver a dormir, que me esperaba un día complicado en el trabajo y, joder, si un juez decía que le había dado una hostia a su novia sería cierto, que apechugara. Definitivamente tendría que mudarme. El siguiente fin de semana comencé la nueva búsqueda. En los siguientes pisos, por unas cosas o por otras, tampoco llegué al año. Tres mudanzas en menos de cinco años. Menos mal que prácticamente todo lo que tenía era alquilado y con poco más de un par de maletas y cajas empaquetaba mi vida en el coche. Al final me establecí con un uno de los amigos de alquiler que venían en los pisos durante varios años hasta que decidí (y comencé a ganar lo suficiente como para) irme a vivir solo. Hoy, mover mi casa sería todo un coñazo. Sólo para los muebles ya necesitaría contratar a una empresa de mudanzas. Pero era muy guay mudarse a un piso sin muebles, donde fuera todo mío. Mira qué bien me va, que me da para comprarme un pedazo de tele y un canapé de metro y medio para dormir sólo. Ahora vivo con miedo al día en que la casera no quiera renovarme el contrato o me suba tanto el alquiler que tenga que buscar un nuevo hueco donde meter todos los trastos acumulados durante estos años. Sí: una preocupación de lo más pequeñoburguesa.

Publicado la semana 18. 06/05/2018
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