Semana
15
Daniel Turambar

Efecto 2000

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Relato
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Son las ocho de la mañana del treinta y uno de diciembre de mil novecientos noventa y nueve. Eso dicen los números rojos del despertador. Estoy bien arropado en una cama. Me levanto con dolor de cabeza y una barba de más de varios días. Sobre el despertador hay un papel con algo escrito. Estás en casa. Tiene un corazón dibujado. Un poco más allá hay un diario. Lo abro por donde marca la cinta negra. Leo los últimos apuntes. Una lista fechas, horas y acciones escritas rápidamente. Hago una prueba. Anoto: 31/12/99 - 8:01, despierto en casa. Podría ser mi letra. Voy al baño.

Son las ocho y media. Eso dice el locutor de la radio. El agua cae sobre mi espalda. El baño es una nube cálida. Hay un cuaderno sobre el lavamanos. No debo llevar mucho tiempo aquí dentro. No hay restos de espuma. Noto la barba seca. Salgo un momento y miro el cuaderno. La última anotación dice: 31/12/99 - 8:16, me afeito. Llevo la mano derecha a mi cara. Es cierto. Vuelvo a la ducha. Me enjabono.

Son las nueve y cuarto. Eso dice el reloj del microondas. Cojo una taza y me preparé un café instantáneo. Mientras se calienta la leche me siento. En la mesa hay un cuaderno abierto. Está lleno de fechas, horas y acciones. Leo: 31/12/99 – 8:25, me ducho. 31/12/99 – 8:45 me seco. 31/12/99 – 8:48 me visto. 31/12/99 – 9:02 desayuno. Suena la campana del microondas. Miro al fregadero.

Son las nueve y veintisiete. Eso dice el reloj de la cocina. Me preparo un café para desayunar. Suena la radio de fondo. Estoy esperando a que alguien venga.  No recuerdo quién. Hay un boli sobre la mesa. Lo cojo y tamborileo un rato. Debe estar al caer. Escribo sobre el hule: 31/12/99 - 9:30 Buenos días.

Son la diez. Eso dicen los pitidos horarios en la radio. Amanezco en la cocina. No me duele demasiado el cuello. El fregadero está lleno de tazas de café. Tengo toda la manga del jersey manchada de tinta. Me debí dormir sobre un boli. Tal vez una sesión intensiva de estudio. En la mesa hay algo escrito. Está borroso: 31/12/99 - 9:30 Buenos días. Sigue: 31/12/99 – 9:33 Ha llamado Ana, se retrasará. Luego algo más: 31/12/99 – 9:37 Espero a Ana. Me levanto y voy al salón. Al hacerlo encuentro un cuaderno en el suelo.

Son las diez y cuarto. Eso dice mi reloj de pulsera. Me prepararía un café para el desayuno, pero no quedan tazas limpias. Hay una nota en la puerta del microondas: bon apettite. Dentro hay una taza de leche. Está templada. Me vale. El hule está lleno de borrones. Hay un cuaderno en la encimera. Lo abro por donde está marcado y ojeo por encima. Fechas, horas y acciones. La última: 31/12/99 – 10:07 ¡Sal de la cocina! Extraño. Apago la radio. Me voy al salón. Leeré el diario.

Son las once y media. Eso dice el repartidor cuando le pregunto. Firmo con un garabato y se marcha. Me deja un paquete. Me fijo en el marco de la puerta. Pone: Firme aquí, por favor. Me asomo. El mensajero ya se ha marchado. Vuelvo dentro. El salón está patas arriba. Todos los cojines por el suelo.

Son las doce menos veinte. Eso dice la chica que ha entrado en casa hablando sin parar, no me queda muy claro sin disculpándose o regañándome. Busca algo. Su cara quiere sonarme, pero no sé de qué. ¿Tal vez de la tele? No, qué haría una chica de la tele en mi casa. Vale, es su casa. Localizo un par de fotos suyas en el suelo mientras recojo el salón. El suelo estaba lleno de cojines, un par de sillas  volcadas. De repente se viene hacia mí, me coge de la cara y me dice que no me preocupe, que todo se arreglará. Eso estoy haciendo, ¿no?

Son las doce, eso dice la presentadora de la tele. Estoy sentado en el salón, viendo la tele, oigo cómo alguien friega platos en la cocina. Sobre la mesita hay una caja abierta, a mi lado hay un cuaderno. Lo abro. Está lleno fechas y notas. Busco la primera: 01/01/1999 – 00:05 Año nuevo vida nueva. Hojeo el cuaderno sin demasiada atención al ojearlo.

Es la una menos diez, que qué coño hago, que vamos tarde. Dice una chica desde la puerta del salón. Estoy sentado en el suelo del salón, entre el sofá y la mesita que está pegada al mueble de la tele. No sé por qué, pero no me cae bien esa chica. Todo está lleno de cuadernos, algunos cerrados y apilados, otros abiertos frente a mí y llenos de fechas y notas. La chica los mira y pone cara de desaprobación. En las manos tengo un boli. Acabo de anotar algo en mi brazo: 31/12/1999 – 12:47 Ana no es Ana. Me bajo la manga. La miro y pregunto ¿Ana? Sonríe. Vamos, luego recogemos.

Son las dos, más o menos. A esa hora teníamos la reserva Ana y yo. Nos hacen pasar a la mesa. El sitio parece elegante. La carta tiene pocos platos con nombres extraños. Ana me dice que no me preocupe, que pedirá lo de siempre, que me gustará.

Son las cuatro, las tres en canarias, de este último día de mil novecientos noventa y nueve. La locutora comienza a hablar de cómo ha ido el fin de año en otras partes del mundo, mientras avanzamos despacio por una carretera atestada llena de coches. La mujer que conduce está atenta al tráfico, seria, salvo cuando se vuelve para sonreírme o para acariciarme la barba. La calefacción está algo alta. Me pica el brazo. Me rasco.

Es de noche, estoy en un coche parado en mitad de ninguna parte, al menos en mitad del campo. Un fulgor llama mi atención por el retrovisor. Un fuego que crece. Salgo a ver. Hay una mujer arrojando algo a la hoguera. Son cuadernos. Se sobresalta al verme. Me dice que vuelva al coche. Le pregunto por qué. Me grita, me golpea. Le pregunto qué hace. Se ríe. Dice que da igual, que ya lo olvidaré. Me enseña uno de los cuadernos. Está lleno de fechas y notas, algunas son apenas dos palabras, otras ocupan páginas. Me dice que es mi memoria y que la está quemando. Que al final no fue tan buena idea dármelos. Pero que da igual, porque se ha cansado de esperar. Que me queda poco.

Son casi las doce, estamos en la plaza de un pueblo atentos al reloj de la iglesia. Todo el mundo está muy contento. Tengo una copa de cava con doce uvas dentro. Cogida a mi brazo hay una chica muy guapa, muy sonriente, que me contagia su alegría por el fin de año. Se escucha a la gente cantar, dar bocinazos. De repente se escucha un campaneo agudo y acelerado. Algo va a comenzar. Las uvas, me dice la chica. Se hace el silencio. Una campanada grave llena la plaza. Todos comienzan a comer uvas. Una tras otra al ritmo de la campana, hasta llegar a doce. Al finalizar todos estallan en alegría. La chica se acerca a mi oído. Año nuevo vida nueva, dice. Nos bañan en champán. Estoy contento. Es imposible no contagiarse de la alegría que llena la plaza e, intuyo, todo el pueblo. Entonces recibo un fuerte golpe en la cabeza.

Una luz me ciega, estoy rodeado de sanitarios. Me preguntan, pero estoy desorientado y no sé responderles. Quiero levantarme pero no me dejan. Estoy sobre un suelo empedrado y húmedo. Me duele la cabeza. Abren un poco el corro y veo un neón en el campanario de una iglesia. Feliz 2000. Es año nuevo, digo. Una mujer llega. Dice ser Ana, pero no lo es. Recuerdo haberlo escrito en mi brazo derecho. Me llevo la mano de forma instintiva. Algo me dice que he de seguirle el juego. Les habla de mi amnesia previa. Un enfermero me toma el pulso. Ha sido un buen botellazo, me dice. A saber qué mozo fue el animal que la lanzó. El médico le insiste a la que se hace pasar por Ana de que tienen que llevarme al comarcal. Me meten en una ambulancia. El enfermero y el médico suben conmigo. La mujer sube delante. Le digo al médico que me duele. Me dice que si puedo aguantar mejor que me mantenga despierto. Aguantaré. Me viene la imagen de una hoguera. No quiero dormir. Me viene la imagen de mi mano escribiendo en cientos de diarios. No ahora que estoy recuperando mi pasado. Me viene la imagen de la verdadera Ana. No ahora que recuerdo.

 

https://www.youtube.com/watch?v=qhduQhDqtb4

Publicado la semana 15. 15/04/2018
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New born - Muse , Memento
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