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11
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Relato
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Ahí, tumbado en la hamaca, meciéndose suavemente de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, una y otra vez; notando sobre los párpados el baile de los rayos de sol que se filtran blandos entras las hojas de los abedules; sincronizando mecimiento y respiración a ritmo de dos por dos: izquierda, inspirar; derecha, espirar.

Ahí, tumbado en la hamaca, sintiendo cómo se inunda en cada inspiración; notando el flujo de aire que invade su nariz, para precipitarse luego por las fosas nasales hasta el vientre; haciendo subir su barriga unos centímetros, manteniéndolo un instante y luego notarlo descender, hasta expulsar el caliente desecho de la respiración; volviendo a comenzar el flujo y reflujo, con cierto toque lejano de salitre y de desinfectante, que hace subir y bajar su vientre.

Ahí, tumbado en la hamaca, escuchando al agua correr por el regato pendiente abajo y descubriendo que salpica y se arremolina al ritmo de su vaivén, pareciera que el mundo hubiera decidido, por fin, hacer las paces con sus eternas prisas. ¿Sería siempre así a partir de ahora? Rompe la sincronía al alargar el brazo para coger el cóctel y dar un sorbo ácido al tiempo que dulzón. Unas escamas de hielo se cuelan en su boca y juguetea con ellas, derritiéndolas, mientras intenta volver al compás.

– ¡Ya vamos tarde, ¿o es que piensas pasarte ahí todo el santo día?!

Marina, su mujer, aparece ante sus ojos afanada en colocarse un pendiente mientras sigue regañándole y mirando hacia el horizonte, donde estará esa panda de pirañas que tienen por hijos. Él observa cómo fracasan sus dedos en enhebrar el gancho a través del imperceptible agujero del lóbulo izquierdo.

Marina, su mujer, prosigue listando los quehaceres pendientes que ya acumula ese primer día, volviéndose hacia la casa que parece chivarle más tareas sin olvidarse de vigilar a los chavales, cosa que tendría que estar haciendo él en lugar de estar ahí, tumbado, bebiendo, sin ni siquiera tener el móvil a mano.

Marina, su mujer, le induce otro ritmo desde que él recuerda. No tiene que ver con la velocidad de sus palabras, ni tanto con el tono, ni mucho menos con el significado literal de lo que le dice. Es más, podría hasta no estar diciéndole nada: una mirada, o su mera irrupción ya le hace acelerar pulso y resuello, el cual insiste en hincharle el pecho preparándole para actuar, como lo prepara ahora para levantarse y callarla de un beso que la enerva aún más, tras obligarla a dejarle ver sus ojos.

– Tranquila, estoy bien.

De pie, junto a la hamaca, la ve marchar a paso ligero. Ella se detiene tras unos pasos, pero no para volverse como él cree sino para engarzarse el zarcillo de una maldita vez. Bien por Marina. Él sonríe y se deleita con el bamboleo de su trasero hasta que lo pierde de vista, ya dentro de la casa.

De pie, junto a la hamaca, llama a voces a sus hijos con una autoridad impostada que sabe tendrá efecto más por costumbre que por otra cosa, aunque haya que repetir la llamada un par de veces más, para que no se diga de los chicos que adolecen de rebeldía. Los ve aparecer corriendo, riendo como gansos, sin dejar de lado sus juegos aún infantiles, como si la vida no fuera con ellos.

De pie, junto a la hamaca, termina el cóctel ácido y dulzón, arroja el hielo a uno de los abedules, toma aire y enfila hacia la casa, despacio, sintiendo cada paso: pie izquierdo sobre la hierba, pie derecho en el aire, pie derecho sobre una piedra, pie izquierdo en el aire; que, ya, vamos tarde.

Publicado la semana 11. 17/03/2018
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