Semana
10
Daniel Turambar

Silencio Radio

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Relato
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Alfonso fue uno de los pocos que se dieron cuenta cuando, de madrugada, uno tras otro, todos los canales de la TDT se quedaron en negro. Había señal, o al menos los receptores no detectaban que no la hubiera, pero ésta se correspondía con una continua imagen en negro. Alfonso lo comprobó dando la vuelta a las ciento veinte presintonías de su tele. Dos veces. Todo en negro. Comprobó las conexiones. Todo parecía correcto salvo porque no se encontraba ni una mala tele-tienda, ni un maldito timo-concurso telefónico o algo de mal porno que llevarse a los ojos. La TDT había muerto. Y Alfonso con insomnio. Se le ocurrió que tal vez pillara algo en algún canal analógico, ¿quién sabe? Pero nada, tampoco había señal. Eso sí, esta vez el viejo ruido blanco, el teselado blanquinegro de la pantalla, le trajo un poco de paz. Es más, sin darse cuenta, acabó quedándose dormido en el sillón.

 

Jacinto no se lo creyó hasta que bajó a pie de la máquina y vio con sus propios ojos como de la rotativa sólo salían líneas y rectángulos negros donde debía haber texto y fotografías, así fueran a color. Inexplicable. Revisó, como ya habían hecho antes los operarios y jefes, cada uno de los pasos del proceso de impresión. Pero nada, ni a la máxima autoridad despierta del polígono quisieron hacer caso las jodidas máquinas. Se despertó a varios informáticos, que echaron la culpa a las impresoras, y a varios técnicos, que aseguraban que el fallo estaba en lo que llegaba de los ordenadores. Sea como fuere se acercaba la hora límite, los repartidores llevaban ya tiempo esperando. Jacinto no esperó más y se rebajó a llamar a la competencia. Colgó muy despacio tras una extraña conversación: todos los impresores estaban igual; no habría prensa de ningún tipo esa mañana.

 

Nuri estaba muy contenta. Por fin, después de meses sirviendo cafés, haciendo fotocopias, o corrigiendo textos, iba a salir en antena. Había grabado la información cultural, apenas dos minutos al final del bloque de noticias de las seis y las siete, pero suficiente; su voz iba a estar en el aire, iba a ser escuchada por el millón de oyentes que tenía la cadena a esas horas. Se había llevado una copia en el móvil y no dejaba de escucharla desde que la pasó a producción, pero sabía que oírlo en “directo” sería especial. Llamó a su padre, que aún seguiría despierto. Llamó a su novio, quien no cogió el teléfono. Llamó a un taxi para escucharse camino a casa. Pero nadie oyó la voz de Nuri a través de la radio. El taxista se excusó: hacía horas que sólo se escuchaba una emisora con música clásica y sin locución en todo el dial.

 

El caso de la web, que no es lo mismo que internet, ni lo mismo que la red, como Candela se aburría de explicar, fue distinto. Tras apagar el despertador antes de que sonara, y mientras se dirigía al baño, pudo comprobar que ciertas páginas no se cargaban y otras sí. Error: todas las páginas se cargaban en sus correspondientes pestañas, pero el contenido de unas era el correcto mientras que otras permanecían en blanco. Puso la cápsula de ristretto en la cafetera mientras se reiniciaban las conexiones de sus páginas habituales. El mismo resultado. Las redes sociales, foros, chats y la mayoría de los blogs funcionaban sin problema mientras que la prensa digital, portales de agencias de noticias y otras estaban en blanco. Lanzó varios pings a los servidores. Todo correcto pero sin información en los navegadores. Su web sí funcionaba con quinientos usuarios activos: un alivio. Aunque, entrando en detalle, habían desaparecido el texto de algunos artículos en los que se le veía más el plumero y varios comentarios se habían convertido en textos sin sentido. Candela puso sus bots a trabajar.

 

Sandra no podía creer lo que veía en su bandeja de entrada: apenas eran las ocho y ya había más de doscientos correos electrónicos y, no, no parecían spam. El contestador de la centralita también estaba saturado. Tomó aire antes de comprobar el móvil de empresa. El mismo panorama. Mensajes, llamadas, correos, todos pedían lo mismo: una explicación para la publicidad que se había pagado y no se estaba mostrando. En ningún medio. Ni anuncios en televisión, ni cuñas de radio, ni banners en internet. Hasta los carteles en autobuses y vallas habían desaparecido o se habían convertido en manchas de color más o menos artísticas, según las fotografías adjuntas, pero sin valor publicitario alguno. Las cantidades de dinero que se reclamaban eran ruinosas. Había que buscar cabezas de turco. Sandra permaneció tranquila y comenzó a escribir circulares. La suya no iba a caer por un error de otros.

 

El asunto no tardó en llegar al Ministro de Interior. No tenía sentido: todos los informes técnicos indicaban que las máquinas estaban en perfecto estado. Incluso las pruebas con nuevo material. Nada. No había forma de emitir por televisión; en la radio sólo la música anterior al siglo XIX pasaba el “filtro”; de las imprentas no había forma de sacar publicidad o noticias, es más, lo ya impreso comenzó a degradarse; internet se había visto reducido al caos de redes sociales, foros y blogs sin administración. El Ministro del Interior lo vio claro: se trata de un ataque. Aunque no podía determinar cómo, sí se atrevió a sospechar acerca de quién y por qué: los cyber-activistas por fin se habían decidido a hacer algo digno de su nombre. Llamó al Presidente y entre ambos convinieron activar el Gabinete de Crisis. Lamentablemente se vieron con el problema de comunicárselo al “pueblo”. Aquello parecía una broma, pero no quedó otra. Se movilizó a ejército y policía. Un reducido grupo trataba de averiguar algo. El resto se convirtió en pregoneros que llevarían a voz en grito, los megáfonos tampoco iban, las resoluciones gubernamentales plaza a plaza, en cada ciudad y pueblo.

 

Sandra se vio en la calle y sin saber qué hacer. ¿Había alguien que lo supiera? Con el paso de los días la cosa no fue a peor, pero ni mejoró ni tenía visos de hacerlo así que ¿quién necesita una directiva publicitaria si no hay publicidad que dirigir? Esto no tenía sentido. Se metió en internet para buscárselo pero todo era más confuso. Los foros eran discusiones de porteras, nadie parecía tener idea cierta de nada. Sandra pensó que tal vez sería mejor así, que debería centrarse en buscar una nueva salida profesional. Pero descubrió que su tejido social en la red estaba ceñido a la publicidad y el márquetin. Estaban iguales o peor que ella. Tocaba hacer nuevos contactos. Pero nada, cada vez que intentaba venderse, sus dedos tecleaban galimatías, por bien que se fijara en las letras. Así, la llamaban troll y otras cosas que no entendía.

 

Una cosa estaba clara y es que la red se había rebelado contra aquellos que querían hacer de ella un instrumento de información parcial o publicitario. Candela sabía que detrás de aquello debía de haber alguien. Probablemente un grupo, aunque la idea de que se tratase de un solitario no le dejaba de descuadrar. Sea como fuere, había un genio detrás de todo esto. Un genio invisible que había realizado la mayor proeza en análisis semántico de todos los tiempos. Porque sus bots le decían de que la información estaba en los servidores, pero que llegado el momento de ser mostrada desaparecía. Y no, no se habían infectado todos los navegadores del mundo. Al menos los suyos estaban limpios. Lo sabía: Candela había revisado el código que ella había escrito personalmente línea a línea. Un genio, el que hubiera hecho esto era un genio. Y ella llamaría su atención como fuera.

 

Nuri no dejó de tomar notas. Llevaba días sin dormir bien, sin ducharse y comiendo cualquier cosa. Esto era muy gordo y había que dejarlo por escrito. Se le ocurrió que otros periodistas estarían haciendo lo mismo, pero aún así siguió montando su versión de los hechos. Llamaba a su novio, quien seguía sin coger el teléfono, y luego se dejaba el saldo en llamar a compañeros para ver si alguno podía decirle algo. Nadie sabía nada. Nuri se pateó la ciudad prestando atención a los comentarios de la gente que se encontraba mientras iba a oficinas de publicidad, medios de comunicación o instituciones. Escuchó lo mismo que en bares, autobuses y taxis. Lo mismo que su compañera de piso le contaba que se cocía en la web. Lo mismo que podía ver en los grandes cartelones publicitarios del centro: manchas de color sin un significado, que no decían nada.

 

Jacinto se marchó por fin, aquella primera mañana, a su casa. Su mujer le esperaba con la cena fría en la cocina, mientras se preparaba un segundo desayuno para acompañarlo. Ella le preguntó que qué había pasado, a lo que él contestó que si no se había dado cuenta. Pero no, su mujer gustaba del silencio cuando estaba a solas. No necesitaba ahuyentar ningún fantasma con la radio y la televisión le parecía una distracción para hacer cualquier tarea decente, por lo que no solía ponerla hasta que Jacinto se despertaba a media tarde, y por él, claro. Jacinto no volvió al trabajo al día siguiente, sólo llamó. Todo igual. No se volvió a preocupar en preguntar. Cuando las máquinas funcionaran ya le avisarían. Además, se había ganado esta especie de vacaciones. Tras despertarse al lado de su mujer durante una semana decidió que no volvería a dejar de hacerlo.

 

Alfonso no lo relacionó, pero desde aquella madrugada no había vuelto a tener problemas para conciliar el sueño y despertarse fresco cada nuevo amanecer.

Publicado la semana 10. 11/03/2018
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https://www.youtube.com/watch?v=YFD2PPAqNbw
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