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09
Charo Vela

Abuela, descansa en paz (Cap. 4)

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          Cuando llegué al salón me la encontré llorando de rodillas en el suelo, muy pálida, temblando y con las manos tapando su cara. Mi hermano llegó detrás de mí.

         -Mamá ¿Por qué lloras? –le pregunté arrodillándome a su lado y abrazándola.

         -Hijos, la cocina –nos decía con un gemido, señalando la cocina con la mano.

         Los dos fuimos hacia allí. Lo que vimos nos dejó helados. Todos los muebles estaban abiertos y vacíos. La mesa que había en el centro estaba llena de todas las cosas que había dentro de los muebles. Impresionados y asustados, volvimos junto a mi madre, que seguía llorando en el suelo.

        -Y la puerta que tú cerraste con un mueble, estaba abierta y el mueble a varios metros de distancia –exclamaba con una cara de pánico- ¿Qué está pasando santo cielo?

        -Mamá, y no me calles -dije mirando enfadada a mi hermano– es la abuela, que quiere decirnos algo. Y como no la escuchamos, nos llama la atención de esta manera.

         -Ainoa, hija ¿Por qué dices eso? ¿Qué sabes tú? –me preguntaba mi madre con cariño y a la vez con inquietud.

         -Mamá, llevo muchos días soñando con la abuela a la misma hora en qué murió. Además, también me encontré ayer en la madrugada, todos mis cajones abiertos con mi ropa toda trastocada.

         -Hija, ¿Cómo no me lo has dicho antes? –me reprochaba mi madre molesta.

         -Ahora debéis escucharme –le dije agarrándole las manos a mi madre– en los sueños, veo que alguien la saca fuera y la empuja por la escalera. Mamá, aunque parezca una locura, creo que no fue un accidente, que a la abuela la tiraron.

          -Ainoa, hija, calla y no digas locuras. ¿Quién iba a querer matar a la abuela? No, no -repetía negando con fuerza con la cabeza– Hija, la abuela desde que no tenía su cabeza bien, se levantaba muchas noches y no sabía ni dónde estaba. Varias noches sentí ruido y me la encontraba en la cocina comiendo o dando vueltas buscando algo que perdió en su juventud. A veces, incluso creía que yo era su madre. Tú sabes, que ella apenas andaba por sus dolores de las piernas, seguro que esa noche, querría irse a la calle creyendo que era joven, cogió la silla y cayó por la escalera, con la mala suerte del golpe en la cabeza. Así, que estos sucesos deben tener otra explicación.

          -Mamá, levántate y vamos a relajarnos. Sea quien sea, no nos hace daño –le dijo mi hermano ayudándola a levantarse del suelo y sentándola en el sillón.

           -Voy a ir a hablar con el cura, a ver que nos aconseja qué hagamos. Nos va a tomar por locos o lo mismo haciéndole una misa descansa en paz –la voz temblorosa de mi madre intentaba tranquilizarnos, pero no podíamos después de lo que habíamos visto- También voy a llamar a la tita Carmen, ella debe saber lo que está pasando.

           -Mamá, no le digas nada a la tía aún, no se vaya a asustar y no venga, sabes que ella está siempre con sus depresiones y con tantas pastillas, cada vez está más débil –le aconsejé- Dile que quieres hablar con ella y ya cuando esté aquí le cuentas.

            Mi madre la llamó, con la excusa de que añoraba mucho a la abuela y necesitaba estar con mi tía, ésta le dijo que vendrían en un rato a pasar el fin de semana con nosotros.

            -Dice que llegarán para almorzar. Juan, hijo, ayúdanos a ordenar la cocina.

            Los vellos de punta y el corazón helado, se nos quedó cuando al volver a entrar en la cocina todo estaba ya ordenado. ¡Santo cielo! Si no habíamos escuchado ruido alguno. Si solo habían pasado unos minutos. Los tres nos miramos aterrados. Estaba claro que todo esto no era normal. Y había que tomarse esto ya en serio. Yo estaba temblando.

            -Madre, si eres tú y me estás escuchando, yo solo quiero que descanses en paz –exclamó mi madre con voz asustada- Nos estás asustando y no sabemos qué hacer.

            De repente, un alarido salió de mi garganta y grité mirando hacia arriba:

            -Abuela ¿Qué quieres de nosotros? No sabemos qué hacer.

            De pronto, todas las puertas se cerraron al unísono, dando un portazo estremecedor y el televisor se encendió con el volumen a toda voz, segundos después todo quedó callado. El silencio y el frío gélido se adueñó del salón y de nuestros asustados cuerpos. Ninguno nos atrevíamos a hablar, el miedo nos había bloqueado, encogidos y abrazados nos sentamos los tres en el sillón y allí permanecimos quietos y sin pronunciar palabra.

            Un buen rato después, nos levantamos y fuimos a hablar con el padre José. Además, necesitábamos salir de la casa. La tensión de no saber qué pasaría y cuándo, nos estaba sobrepasando. ¿Qué era esa fuerza descomunal, que lo movía todo?

Publicado la semana 9. 28/02/2018
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