Semana
08
Charo Vela

Abuela, descansa en paz (Cap. 3)

Género
Relato
Ranking
1 160 0

Volvimos a la rutina. Por la noche cenamos los tres, charlamos un rato de cosas sin importancia y después nos fuimos temprano a descansar. Esa noche no soñé, pero cuando desperté sobresaltada a medianoche, me encontré todos los cajones de mi ropero abiertos y toda mi ropa revuelta. Yo empecé a temblar y esta vez no era de frío, sino de miedo. Paralizada no fui capaz de moverme de la cama. No sé cuánto tiempo estuve así, al final, rendida de temblar y llorar me dormí de nuevo. Cuando desperté todo estaba cerrado y ordenado como siempre. Dios ¿Me estaba volviendo loca? O ¿Mi abuela me estaba queriendo decir algo? Tenía que hablarlo con alguien. Me levanté y busqué a mi hermano.

-Juan, tengo que contarte algo –le dije en voz baja– pero no le digas nada a mamá de lo que te voy a contar. No quiero preocuparla.

-Vale, dime ¿Qué te pasa? –preguntó intrigado.

-Llevo tres días soñando con la abuela, y veo que alguien la lleva al porche y allí la empuja por la escalera.

-Hermanita, estás sugestionada por haberla visto tirada en el suelo. Solo es eso -intentó tranquilizarme- Ainoa no te preocupes, es normal que sueñes con ella, habéis compartido muchas horas juntas. Todos la añoramos bastante.

-Sí, pero es que me despierto a la misma hora que escuché el golpe de ella al caer, y huelo su perfume por toda mi habitación, la siento muy cerca hermano.

-¡Ainoa, ya! –me cortó mi hermano- Tienes que relajarte y no inventar tonterías.

-Y ¿Los cajones abiertos son también invención mía? –le contesté molesta.

-¿Cómo que abiertos? –A él no le gustaban estos temas, yo era muy imaginativa y creyó que me lo estaba inventando– Se habrán abierto con el viento, además, tú eras sonámbula de pequeña, lo mismo te has levantado en sueños y los has abierto.

Me doy por vencida, si no me cree ¿para que voy a discutir con él? Mejor será dejar las cosas así y callarme. Aunque mi cabeza seguía pensando y dándole vueltas a todo. De día yo no notaba nada, siempre había sido de noche y a la hora de su muerte. Eso debía significar algo.

Esa noche cuando estábamos cenando en el salón, sentimos un fuerte portazo. Nos levantamos al unísono los tres y fuimos a ver. La puerta que daba al jardín estaba dando portazos, abriéndose y cerrándose delante de nuestros ojos. Y lo sorprendente era que tenía la cerradura echada. Además, un frío gélido congelaba la estancia. Era invierno, pero ese frío era distinto, no congelaba el cuerpo sino el alma. De reojo miré a mi hermano, estaba pálido. Mi madre con la cara desencajada no sabía que decir.

-Mamá creo que es la abuela, que quiere decirnos algo –dije con un hilo de voz.

-Calla Ainoa, no digas tonterías. –exclamó mi hermano, mientras arrastraba un mueble y lo ponía detrás de la puerta, para que con el peso no se volviese a abrir. -Mamá, tiene que haber una explicación y no de fantasmas precisamente.

-Juan, hijo, si la cerradura es nueva ¿cómo se abre con la llave echada?

-No lo sé mamá, mañana llamamos al cerrajero, a ver si tiene holgura y no encaja.

Esa noche, tras tomarnos una tila e intentar relajarnos un poco, nos fuimos a la cama. Mi último pensamiento antes de dormirme creo que fue dirigido a mi abuela. No recuerdo nada más, hasta que los gritos ahogados de mi madre me despertaron de golpe.

Salí rápido de la cama. Ya había amanecido ¿Por qué gritaba? ¿Qué pasaba ahora?

Publicado la semana 8. 22/02/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter