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07
Charo Vela

Abuela, descansa en paz (Cap. 2)

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La pena nos embargó a todos, al ver el cuerpo de mi abuela sin vida. Los sanitarios trasladaron el cuerpo al salón. Mi madre avisó a la funeraria y a partir de ahí, todo fue un ir y venir de vecinos y familiares velando a la yaya.

Al día siguiente, fue la misa y el entierro. Tras el cual, volvimos a casa agotados de no dormir y tristes por la ausencia de la abuela.

Yo no paraba de llorar, estaba muy unida a ella. La recordaba viviendo siempre con nosotros, yo era su nieta preferida, ella siempre me lo decía. Cuándo mi hermano tenía cinco años y yo dos, mis padres se separaron y la abuela que ya estaba viuda, se vino a vivir con nosotros para ayudar a mamá. Desde entonces, hacía ya quince años, y como mamá trabaja mucho, he compartido más horas con mi abuela Lola que con mi madre. Yo la adoraba y ahora sentía un gran vacío con su ausencia.

            Mi abuela tenía dos hijas, Dolores, mi madre y Carmen, mi tía, que es cuatro años más pequeña. Mi tía está casada desde hace diez años, pero no ha tenido hijos.

            Esa noche todos nos acostamos pronto y caímos rendidos al sueño reparador, después de dos días tan ajetreados. Por la mañana, me levanté y el olor a tostadas me atrajo como un imán a la cocina. Todos estaban tristes y serios. ¡Pobre abuela Lola!

            -Buenos días, que hambre tengo –dije desperezándome y evitando las lágrimas.

            -Buenos días hija. Ainoa, anoche te dejaste la puerta que da al jardín abierta de par en par –me afirmó mi madre seria– Se ha quedado toda la noche abierta.

            -¿Yo? No mamá. Ustedes entraron después que yo y no volví a tocar la puerta.

            -Qué raro, nosotros tampoco –dijo mi tía Carmen– debe tener mal el pestillo.

            -No, ya la he revisado –le contestó mamá– No la cerraríamos bien entonces.

            Se zanjó el tema y tras desayunar, cada uno volvió a sus quehaceres. Aunque la nostalgia de la marcha de la abuela, era una tortura. ¿Cómo se supera no volver a ver a alguien a quién quieres tanto? Creo que no se supera nunca, simplemente te acostumbras a guardarlo en tu alma y en tu memoria.

Mi tía y su marido se marcharon de vuelta a su casa, vivían en un pueblo a una hora de distancia. Mamá empezó a limpiar y cocinar, mi hermano Juan salió un rato y yo me fui a mi habitación a estudiar para el examen de mañana. Todos intentábamos distraernos para sobrellevar la pérdida de la querida abuela.

            Esa noche soñé con mi abuela, me desperté sobresaltada sudando, miré la hora, eran las cuatro de la mañana, la misma en la que murió la abuela. En el sueño vi cómo se abría la puerta del jardín, la silla de ruedas avanzaba y unas manos la empujaban por las escaleras. Sentada en la cama, con el corazón palpitando desbocado y asombrada, mi mano tapó mi boca, sorprendida por lo que pensé de repente: ¿Cómo fue la abuela sola hasta el rellano del jardín? ¿A qué salió allí a media noche, de un crudo y frío invierno? De pronto, el olor de su perfume embriagó mi habitación. La sentía tan cerca. Estuve mucho tiempo sin poder dormir de nuevo. Tenía que relajarme, me estaba obsesionado y solo había sido un sueño.

            Por la mañana, mi madre preocupada nos volvió a decir, que se había encontrado la puerta que salía al jardín otra vez abierta. Yo recordé el horrible sueño, pero no conté nada para no hacerla sufrir ni preocuparla más. Después del desayuno se fue a trabajar y mi hermano y yo a la facultad.

Por la tarde vino un cerrajero y puso una cerradura nueva en la puerta.

            Esa noche volví a soñar otra vez el mismo sueño. Y cuando despertaba el olor a la colonia de mi abuela volvía a perfumar mi habitación. A la misma hora, las cuatro de la madrugada. Su irreparable pérdida y el recordarla tirada al final de la escalera, me estaban atormentando. Por la mañana, seguí sin querer comentar nada, mi madre estaba más tranquila, porque la puerta se hallaba bien cerrada. ¿Para qué preocuparla con paranoias mías?

Publicado la semana 7. 13/02/2018
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