Semana
27
Charo Vela

Terror fantástico

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Marina esperaba inquieta en la sala de espera. Al instante, la enfermera la llamó y la invitó a pasar a la consulta. El ginecólogo la esperaba. Tras auscultarla, le dio la noticia de que traía gemelos. Ella muy afectada, tras unos segundos, por fin habló:

—¡Ay, doctor, qué mala suerte tengo! —le confesó con un sollozo ahogado.

—No se ponga triste, al principio lo embarazos no deseados dan muchos disgustos, pero cuando tenga a sus hijos en los brazos verá como se alegra.

—Doctor, es más complicado que eso. Yo ya tengo un hijo de cinco años —suspiró y lo miró a los ojos. El doctor era un hombre de unos cincuenta años, le transmitía paz—. Hace unos meses al volver del trabajo una noche, un maldito hombre me violó, dejándome embarazada y dañada. Mi marido me ha ayudado a superarlo. Somos muy católicos y decidimos que no abortaría, el pobre bebé no es culpable de nada. Y ahora son dos. Es cierto que soy joven, sólo tengo treinta años, pero son dos y de un malnacido.

—Comprendo su malestar, pero debe pensar que son el fruto de vuestro matrimonio.

Tras un rato hablando, Marina, salió de la consulta algo más relajada. Debía volver cada mes a revisión.

Cuando estaba de casi ocho meses de embarazo, una noche sintió un pellizco fuerte en el vientre, pensó que se le había adelantado el parto. Pero el dolor era distinto a cuando tuvo a su hijo. Sentía como si le retorcieran las entrañas. Acudió con rapidez a urgencias. Tras la ecografía le informaron que uno de los gemelos había muerto. Era un niño y se había ahogado con su propio cordón umbilical.

Marina se entristeció. Los médicos decidieron hacerle la cesárea, pues el bebé vivo podría sufrir si seguía junto al otro. Tras estar el bebé un mes en la incubadora le dieron el alta. Era una niña preciosa, con mucho pelo, rubia y ojos grises. La llamaron Berta.

Los meses fueron pasando y Berta iba creciendo. Era una niña muy espabilada y con una mirada intensa y vivaz. Era la alegría de la casa. Conseguía todo lo que quería con sus escandalosos llantos. Luis, su pobre hermano la trataba con paciencia. Luis era un niño obediente, noble y cariñoso. Adoraba a su madre.

Tres años, después de nacer Berta. Una tarde de verano, cuando Marina se despertó de la siesta, vio que no estaban los niños en la habitación. Bajó al salón, la pequeña estaba viendo dibujos animados en la tele. Luis no estaba por la casa. Marina lo llamó y buscó sin encontrarlo. Salió al jardín y se lo encontró en la piscina boca abajo. Corrió gritando a su lado. Luis estaba sin vida, se había ahogado. La desgracia volvía a hacer mella en la familia. Sólo tenía ocho años, sabía nadar y nunca solía bañarse solo. ¿Habría sido un corte de digestión?

La autopsia reveló que había muerto por asfixia al tragar mucha agua en la inmersión. Marina quedó destrozada. Nada ni nadie la sacaba de su tristeza. Berta seguía creciendo y necesitaba de sus cuidados, era rebelde y caprichosa. Tenía mucho genio, cuando no conseguía lo que quería se irritaba y gritaba. Marina pensaba si había sacado la mala sangre del padre o quizás, ella con la tristeza de la pérdida de su hijo, no la mimaba tanto como debería. Así que, se volcó en darle más cariño y mimos. Berta se hizo la reina de la casa. El marido de Marina, tras la muerte de Luis se había volcado en el trabajo, para apaciguar el dolor.

Los años fueron pasando y Berta era una niña sana y bonita. Absorbía por completo el cariño de su madre. Cuando tenía ocho años, su padre cayó enfermo. El corazón le latía muy lento y le daban anginas de pecho. Marina tuvo que pedir unos días en el trabajo para cuidarlo y dedicarse a él, día y noche. Días después, parecía un poco más recuperado. El tratamiento y los cuidados de su mujer le habían hecho bien. Marina lo dejó solo un momento y fue al súper a comprar. Cuando volvió creyó que estaba dormido, una hora más tarde, se dio cuenta que no respiraba. Le había dado un infarto y no había podido superarlo. Al escuchar los gritos, Berta que estaba en el dormitorio haciendo los deberes, acudió al lado de su madre.

—Mamá, no llores, yo cuidaré de ti. Siempre estaremos las dos juntas. —Se abrazaron.

Marina se sentía desdichada y no comprendía como Dios, con lo que ella rezaba, la castigaba tanto.

Cuando cumplió los nueve años, Berta se negó a hacer la comunión. Marina enfadada la obligaba, pero ella cada vez con más rabia le gritaba que no.

Esa semana, Marina al pasar por una tienda vio un vestido de comunión que le gustó para su hija y lo compró junto con el rosario y el crucifijo, para darle la sorpresa. Cuando llegó a casa se lo enseñó con ilusión, imaginando que así Berta cambiaría de opinión. Esta al ver el traje y los accesorios se enfadó bastante.

—Ven, pruébatelo, verás que guapa estás —le dijo, mientras se acercó a ella para probárselo.

En ese instante, Marina vio que los ojos de su hija cambiaban de color y con una fuerza descomunal la empujó hasta el fondo de la habitación. Parecía haberse vuelto loca. Marina tirada en el suelo la miraba asustada. ¿Qué le estaba pasando?

—Berta, hija, debes controlar ese genio. Tienes que respetarme. Dios te va a castigar si no lo haces.

Una sonora y grave carcajada retumbó en toda la estancia. Los ojos parecían echar fuego. Marina en el suelo era incapaz de levantarse. Berta se fue acercando hacia su madre.

—¿Crees que tu Dios me va a castigar? —Le preguntaba a su madre con risa malévola. La voz que salía de Berta, no era de una niña de nueve años. Marina la miraba aterrorizada.

—He luchado toda mi vida por que estemos juntas las dos. Para que nadie nos moleste y no haces más que complicarme la vida. No puedo consentirlo. —Se acercó a ella, la cogió por el cuello y con una fuerza asombrosa la levantó del suelo. Manteniéndola en alto por el cuello le dijo:

—¿Quién crees que enredó y apretó el cordón al cuello de mi hermano? ¿Quién ahogó a Luis? ¿Quién asustó a papá para que le diese el infarto? —Lo que estaba escuchando era espeluznante, Marina apenas podía respirar. La mano cada vez oprimía más la garganta. No sabía si moriría por asfixia o porque el corazón no podría soportar todo lo oía—. Todo lo hice por ti, para que no te molestaran, para que te dedicases solo a mí. Pero tú insistes en tu Dios. ¿Crees que él tiene más poder que yo? —Una carcajada estremecedora retumbó de nuevo en la habitación—. Así, con tus rezos, sólo eres un estorbo en mi vida.

Y mientras, Berta siguió apretando el cuello de su madre, en el último ápice de vida, Marina descubrió una cosa: Esa maldita noche que la habían violado, la engendró el mismísimo demonio.

Cayó desplomada sin vida al suelo. Berta con una sonrisa diabólica salió a la calle.

 

 

Publicado la semana 27. 05/07/2018
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