Semana
20
Charo Vela

La triste verdad (Cap. 2)

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   Sergio no debía alterarse. No le vendría bien para su delicado estado de salud. Intentó tranquilizarlo.

   —Vale, primo no te alteres, que no te viene bien. Escúchame, ni loco pienses que te voy a dejar solo. Ya estamos aquí, si quieres seguir adelante, pues no hay nada más que hablar, a investigar se ha dicho. Llevamos un rato andando y seguimos sin divisar nada. Descansemos y comamos algo. Todo esto es mucho esfuerzo para ti y debes ir poco a poco. Además, estoy hambriento.

    —Sí, yo también tengo hambre y me noto cansado. Mira, después subimos a aquella colina del fondo, a ver si vemos algo desde allí.

    Se sentaron un rato para descansar y matar el hambre. De una pequeña mochila sacaron un par de bocadillos de tortilla y dos botellitas de agua.

    Se habían llevado varias horas en el tren y ahora en esos parajes sólo se divisaba un lugar inhóspito y solitario. Tendrían que seguir andando hasta encontrar lo que venían buscando. Sergio llevaba meses con esa idea y su primo no quería contrariarlo, aunque le pareciese una locura, que estuviesen allí solos y más aún estando Sergio peor de su enfermedad.

    —¡Uff, vaya con la colina, parecía pequeña! —suspiró ahogado por el esfuezo—. ¡Primo, mira allí lejos, se ven casas!

    —Venga, pues adelante se ha dicho, antes de que nos coja la noche. —Sergio estaba pálido por la caminata, pero no quería rendirse—. Ya estoy más cerca de mi pasado. 

     Mientras cruzaron el desértico valle, un viento fuerte les azotaba la cara y el pelo. Les costaba andar con tranquilidad y la tierra se le metían en los ojos. Parecían haber despertado a la temida ventisca. Siguieron andando en dirección de las lejanas casas que tenían delante. Casi una hora después, llegaron a su destino.

     —Primo, en ese cartel pone Pinoblanco, son esos cinco chalets. Busquemos el número tres. ¡Oh sí, es ese blanco y salmón, es igual al que sale en mi sueño, es real! ¡Qué nervioso estoy!

     —Que raro, Sergio esta urbanización parece estar deshabitada, no se escucha nada, ni se ve a nadie. Démonos prisa que pronto anochecerá y aquí no hay ni un alma.

     —Es verdad, todo parece abandonado. Vamos a llamar y si no hay nadie, pues nos volvemos por donde hemos venido, dormimos en la estación hasta que pase algún tren y ya está primo, fin de la aventura. 

     Desde que Sergio cayó enfermo, había un sueño que se repetía con asiduidad. En los últimos meses su salud ha empeorado y este sueño formaba parte de sus noches. En ella ve una calle, una casa con su número y una mujer que le habla de su madre. De su madre biológica, la cual él no recuerda nada.

     Un día decidió ir a ese lugar e investigar que había de real o veraz en su sueño. Y aquí estaban los dos, en la Urbanización Pinoblanco en el chalet número 3 igual al que ha visto cientos de veces cada noche.

     Empezó a llamar a la puerta sin cesar. Aunque temiese que no estuviese habitada, volvió a llamar. El eco del sonido retumbó en toda la calle. De pronto, una mujer les contestó en voz alta.

     —Pasad está abierto —los dos primos se miraron sorprendidos y entraron a la casa.

     —Buenas tardes —de repente, Sergio comenzó a temblar de emoción—. ¡Usted, usted es la mujer que sale en mis sueños! ¡Por Dios, primo, que sí existe, que es ella!

    —Sí Sergio, te estaba esperando. Sentaos, os noto exhaustos. No me preguntes como pude contactar contigo, es una larga historia. Me llamo Olivia Méndez.

    —¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó intrigado y nervioso, sin dejar de mirarla—. ¿De verdad conoces a mi madre?

    —Sí, Sergio, yo conocí a tu madre. Ella me contó que cuando naciste tu madre te compró una esclava de plata, que puso en tu muñeca con tu nombre grabado. Veo que tus padres adoptivos han respetado su deseo y te han seguido llamando por tu nombre de pila.   

    —Olivia ¿De qué conoces a mi madre? Tú eres muy joven, tienes casi mi misma edad. Incluso diría que te pareces a mí ¿Eres hija de ella? —le preguntó emocionado, imaginando fuese familiar de él.

     —Tengo veinticinco años. No, no soy tu hermana. Hace muchos años que la conocí. ¿Sabes? Te llamas como tu padre. Tienes sus mismos ojos. Ellos te adoraban, nunca lo dudes. Eras su vida.   

     —¿Entonces por qué me abandonó? Si tanto me quería. Me dio en adopción.

     —Tienes que saber toda la verdad. Te contare que ella no te abandonó. Que la obligaron las malditas circunstancias. Ella te adoraba, te amaba. Eras todo para ella, eras su vida. Ella vivía para sus grandes amores, tú y tu padre. Pero la tragedia les destrozó la vida. Te arrebataron de su lado y ella no pudo soportarlo. Ella era de familia humilde, pero honrada y de buen corazón Se enamoró locamente de tu padre que era de familia adinerada. Y la diferencia de clases y el maldito dinero, arruinaron sus vidas. Esta es la casa donde naciste, tu casa. Aquí viviste tu primer año de vida.

CONTINUARÁ…

Publicado la semana 20. 16/05/2018
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