Semana
14
Charo Vela

Aventura en el convento

Género
Relato
Ranking
2 35 1

      El bullicio, que cada mañana a partir de las nueve inundaba el convento, demostraba que las clases habían comenzado. Todas las féminas con su uniforme daban vida al patio del recreo. Era un convento y colegio, donde las monjas impartían clases solo para niñas. A la una del mediodía se descansaba para comer y se volvía a las aulas a las tres, hasta las cinco que se terminaban las clases y el ajetreado colegio se convertía en un silencioso y religioso convento hasta el día siguiente.

      Muchas alumnas se quedaban a comer en el colegio, después jugaban en el patio al elástico, a la comba o al teje. Había una zona cerrada al paso de las alumnas, era una gran explanada, en el centro se alzaba grandioso la figura del Sagrado Corazón, a una altura impresionante y bajo sus pies una escalinata y una puerta.

      En un costado una iglesia. Rosario, Irene y Mercedes cursaban este año 7º de EGB. Eran amigas desde un par de cursos antes. Las tres amigas escuchaban con interés las leyendas y misterios sobre esa puerta misteriosa, cerrada bajo los pies del Cristo y lo que se escondía tras ella. Qué si de noche se escuchaban gritos de niños en ese pasadizo, qué si había fantasmas y por eso no dejaban pasar a las alumnas. Incluso habían escuchado a las alumnas mayores, las de 8º, diciendo que esa puerta daba a un pasadizo subterráneo que llegaba al convento y por el cual los curas de la iglesia iban a visitar a las monjas. La imaginación de las tres amigas de trece años, no tenía límites y más aún cuando había algo de misterio.

     Un mediodía del mes de noviembre, el paso a la explanada estaba abierto a todas las alumnas, como era de suponer las tres amigas pasearon y disfrutaron de las vistas.

      Con disimulo se aproximaron a la puerta secreta, Rosario sin pensarlo la empujó y esta cedió un poco, las tres se miraron sorprendidas y sin hablar, solo con la mirada, volvieron a empujar a ver si se abría, así podrían descubrír por fin que misterio había dentro. Tras un breve esfuerzo la puerta se abrió y dejo ver un pequeño y oscuro pasillo, que al fondo parecía dividirse a derecha e izquierda. Las tres estaban nerviosas y a la vez anhelantes de resolver por fin el misterio de lo que allí se escondía.

     —Eso está muy oscuro, no se ve nada desde aquí –dijo Irene.

     —Sí, pero cuando estemos dentro, la vista se hace a la oscuridad y algo veremos –explicó Rosario—, hace falta algo de luz.

     —Yo tengo cerillas –informó Mercedes—. ¿Entramos o no?

     —Venga, ahora que no nos ven.

     Y juntas con más miedo que vergüenza, entraron las tres con las cerillas encendidas en la mano. Al fondo del pequeño pasillo, frente a la puerta había un pequeño altar, giraron a la derecha donde el pasadizo se hacía más ancho y de pronto una ráfaga de aire, cerró la puerta de golpe y apagó las cerrillas, dejándolas a oscuras, temblando por el susto y por la humedad tan rancia que las embargaba. Las tres gritaron al unísono. Volvieron a encender más cerillas, y vieron que toda la estancia estaba llena de nichos y sepulturas. Cuanto más miraban, más tenebroso era todo y más gritaban, con la luz de las cerillas las sombras cobraron forma y los fantasmas se despertaron, para defender su territorio de visitantes curiosas.

      Las tres corrieron temblando hacia la puerta de salida, en la oscuridad, tropezaron y cayeron, el eco de sus gritos, se convirtieron en espíritus que las llamaban ansiosos de venganza hacia quienes habían ultrajado su estancia. Con fuerza tiraron de la puerta, pero ésta no cedía, se había atrancado o la habían cerrado por fuera. El pánico se adueñó de ellas, iban a morir allí dentro y nadie lo sabría. Empezaron a gritar y porrear la puerta con fuerza, en unos minutos el llanto, el miedo y el agotamiento las había dejado exhaustas, sentándose en el suelo rendidas por las lágrimas y fatigadas por la humedad.

     De pronto, escucharon voces y tras un fuerte ruido la puerta se abrió. El monaguillo de la iglesia y dos monjas, las habían salvado. Algunas compañeras asustadas al escuchar golpes y gritos, avisaron y abrieron la puerta.

      Ni que decir tiene, que estuvieron castigadas sin recreo más de un mes y prometieron no contar a nadie “la aventura”.

      Hoy cuarenta años después, puedo decir que yo fui una de esas tres niñas y que aún se me pone la carne de gallina, cuando recuerdo el olor, la humedad y todo lo que viví allí. Si me preguntáis si allí había fantasmas, os diré que entréis y lo investiguéis ustedes mismo, yo no vuelvo a entrar ahí ni muerta.

Publicado la semana 14. 05/04/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter