Semana
11
Charo Vela

Abuela, descansa en paz (Cap. final)

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          Al rato, seguía sin poder dormirme, cuando las puertas y ventanas empezaron a abrirse y cerrarse de nuevo dando portazos, se escuchaba ruidos de manantiales de agua cayendo bruscamente, las luces del techo se encendían y apagaban continuamente. La tele y la radio se encendieron a todo volumen. Esto en mitad de la noche, era estremecedor, aunque fuese el espíritu de tu santa abuela, no podía dejar de temblar de miedo. Creo que todos empezamos a gritar y corrimos hacia el salón, allí descalzos y horrorizados nos mirábamos sin saber cómo parar aquello. Mi hermano quitó el enchufe de la tele que nos estaba volviendo loco, pero aún desconectaba seguía funcionando.

            -¿Qué está pasando aquí? –gritó aterrado Ramón– Esto es algo paranormal o brujería.

            -Creemos que es mamá –dijo mi madre mirando a mi tía, que estaba desencajada y temblando como una hoja en día de fuerte viento y cada vez más pálida– según nos ha dicho el padre José, algo la atormenta y nos está avisando.

            -¡Estáis locas! yo me voy ahora mismo de esta casa, no pienso quedarme ni un minuto con un fantasma, sea quien sea. –Exclamó Ramón, dirigiéndose hacia la puerta para irse.

            De pronto, mi abuela volvió a aparecer junto a él, me miraba y lo señalaba una y otra vez con el dedo. Miré a los demás, aparte de estar asustados, no se percataron de su presencia, al parecer solo la veía yo. No entendía nada. ¿Qué quería mi abuela? Una voz suave, como un eco en mi mente, me decía: “ha sido él, ha sido él” De pronto lo vi todo claro, en mi mente y ante mis ojos. Recordé el sueño, donde se veía unas manos empujando la silla de ruedas de mi abuela.

            -Ramón, tú empujaste a mi abuela. Tú la mataste –dije sin darme ni cuenta, apenas reconocí mi voz, era cómo si alguien hablase por mí.

            Todos me miraron sorprendidos y con gesto contrariado. Él se volvió hacia mí.

            -¿Qué locuras dices niña? –dijo mirándome con desprecio– cállate imbécil o te voy a dar un tortazo para que no digas más tonterías.

            Se giró y empezó a andar de nuevo hacia la puerta de la calle, de repente, no sé cómo empezaron a volar todos los cuchillos de la cocina, clavándose en la puerta y la pared al lado de él. Todos mirábamos desencajados el tenebroso espectáculo. Los cuchillos formaron una frase que decía: “Tú me mataste”. Pálido y con prisa, intentó abrir la puerta y ésta no cedía. Una fuerza lo impedía, era mi abuela, yo la podía ver con claridad. Además, lo sujetaba y él no se podía mover.

            -Mamá, la abuela está ahí sujetándolo junto a la puerta, puedo verla te lo prometo que no te miento –dije rompiendo a llorar por la tensión– ella mi ha dicho que ha sido él quien la mató.

            Mi madre me creyó y con rapidez cogió el teléfono y llamó a la policía. Él, estaba bloqueado no podía moverse, como si estuviese congelado, sólo maldecía con rabia y nos amenazaba enloquecido.

            -Malditas brujas. Soltadme –gritaba furioso– Carmen, ven aquí, ayúdame, te lo exijo, soy tu marido y me debes sumisión y obediencia.

            -Ramón ¿Tú has matado a mi madre? –le preguntó mi tía, aún sin podérselo creer. Se acercó y mirándolo a los ojos le dijo– ¿Cómo has podido? ella te quería. Tus ojos te delatan Ramón ¿Por qué? –le gritó llorando angustiada.

             -Maldita desgraciada ¿por qué va a ser? Por su dinero. Se lo pedí varias veces por las buenas y no me lo dio, ella tenía mucho y no lo necesitaba, yo sí –confesó mirando a mi tía con asco y desprecio– ¡Tanto llorar por una vieja de setenta años!

            En ese momento, mi tía cayó desplomada al suelo. Había perdido el conocimiento. Acudimos a reanimarla y en ese instante se escuchó una sirena y una voz que decía: “Abran la puerta, les habla la policía” Automáticamente, como si la puerta fuese eléctrica se abrió, dejando paso a los agentes. Mi abuela seguía sujetando a Ramón, ella me miraba sonriendo. Mi madre le contó todo lo ocurrido y lo detuvieron. Minutos después, llegó una ambulancia llevándose a mi tía al hospital. Nosotros fuimos con ella. A Ramón lo llevaron al calabozo. Mi abuela había desaparecido.

            Estábamos los tres, sentados en una sala del hospital. Nos avisaron para hablar con el doctor. En su despacho nos ofreció asiento y nos informó del estado de mi tía.

            -Señora, lo que le tengo que decir es bastante peliagudo –nos confirmaba el médico con las manos cruzadas y gesto serio- Su hermana tiene que quedarse ingresada, está bastante grave. Tiene una gran cantidad de sustancias nocivas en su cuerpo. ¿Sabe si quería suicidarse?

            -¿Mi hermana? Dios santo, no, no. –contestó mi madre alterada– ella estaba tomando medicamentos, últimamente estaba mal de salud y con depresión.

            -Lo que su hermana tomaba no eran medicamentos, sino veneno, sustancias químicas dañinas. De haberlas seguido tomando, la hubiesen llevado a una muerte segura en pocos días –lo escuchábamos sin dar crédito a lo que nos decía- ¿Sabe quién le suministraba los medicamentos?

            -No lo sé. Doctor, todo esto es una locura. Su marido lo acaba de detener la policía por empujar a mi madre por unas escaleras y matarla –le contaba mi madre, intentando encajar las piezas- ¿Cree que él la estaba envenenando?

            -Tendremos que preguntárselo a ella. Y avisar a la policía de esta noticia.

            -Puedo pasar a ver a mi hermana y hablar con ella. Somos su única familia.

            -Sí, pero sin agobiarla, ahora necesita estar tranquila, reponerse y salir de peligro.

            Una enfermera nos acompañó a su habitación, mi tía al vernos se alegró y nos sonrió. Estaba sedada y aturdida. Mi madre con disimulo le preguntó por lo medicamentos. El medico necesitaba saber cuáles eran y en qué farmacia los compraba. Ella dijo que los tenía en su bolso y que Ramón se los pedía por internet porque eran más baratos y eficaces. Los tres nos miramos, estaba claro, quién la estaba envenenando. De pronto, empezó a llorar, consciente de la realidad.

            -Él la mató, hermana, a mi madre, es un asesino –lloraba sin consuelo– he dormido con el asesino de mi madre –repetía como ida– y todo por la herencia.

            -Hermana, debes descansar y curarte. Es lo que mamá desea. Ella ahora va a descansar en paz, sabiendo que te vas a poner buena y el criminal está entre rejas.

            La enfermera le inyectó un relajante, para tranquilizarla y nos pidió que saliéramos. Nos dijo que la hora de visita era por la tarde, que no podíamos estar allí. El doctor nos dijo que la policía estaba ya al tanto del intento de envenenamiento por parte del marido. Más tranquilos nos fuimos a casa a descansar, volveríamos después a verla.

            Llegamos y nos tendimos en los sofás del salón de casa. Me quedé adormilada. Sentí que me abrazaban y me besaban, ese olor me era familia. Abrí los ojos y vi a mi abuela sonriente. Vi cómo se acercó a mi madre y la besó y a mi hermano. Luego feliz me decía adiós con la mano y me tiraba besos alejándose.

             -Mamá, la abuela nos ha besado, está contenta y me ha dicho adiós. Ahora sí, quese le veía tranquila.

             -Lo he notado hija, he sentido su aroma en mi cuello y el calor en la mejilla. Dios quiera que descanse en paz y nosotros también.

             -¿Sabéis? Todo lo que hizo la abuela, no fue para que descubriéramos quién la empujó –le transmití a mi hermano y a mi madre lo que mi abuela me dijo, como un susurro al oído antes de despedirse- Sino, para evitar la muerte de su hija. Ella sabía que la estaba matando lentamente. Aunque estuviese muerta, seguía siendo una madre desesperada intentando salvar a su pequeña. Hasta después de muerta, la abuela nos ha dado una lección de amor. Ese infame lo tenía todo bien estudiado, si las mataba a las dos, él se quedaba libre y con toda la herencia.

Maldito gusano … ojala se pudra en la cárcel.

Publicado la semana 11. 15/03/2018
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