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10
Charo Vela

Abuela, descansa en paz (Cap. 5)

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            El cura nos dijo, que mucha gente vivía situaciones similares, tras la muerte de un ser querido. Qué por la pena y la añoranza, nuestra sensibilidad estaba a flor de piel y nos traicionaba la mente, como si de un juego de magia se tratase. O bien, el difunto dejaba algo sin resolver o que le atormentaba y no lo dejaba descansar en paz. Nos dijo qué le hiciéramos una misa y seguro su presencia desaparecía. Así lo hicimos, mi madre pagó una misa para mi abuela, la escuchamos y volvimos más tranquilos a mi casa esperando que el cura llevase razón. Y mi abuela por fin descansase en paz.

            Un par de horas más tarde, llamaron al timbre, sacándonos de nuestro pánico interior y la esperanza de que todo hubiese acabado. Nos miramos y tras respirar hondo, mi hermano abrió la puerta. Era mi tía Carmen y su marido. Mi tía traía muy mala cara, estaba ojerosa y pálida.

            -Carmen ¿Te encuentras bien? –le preguntó mamá preocupada.

            -No mucho, de unos días acá, cada vez estoy más débil y mareada.

            -Cuñada, imagino nos habrás llamado para hablar del testamento –le soltó el marido de mi tía a mi madre.

            - Bueno, eso entre otras cosas, extraño a mi madre y quería estar con mi hermana.

            Noté que a mi madre no le gustó que él le hablase de testamento. Eso lo hablarían las dos hermanas. ¿Quién era él para inmiscuirse? Él llevaba casado con mi tía unos diez años. Nunca había sido cariñoso con nosotros, era serio y de pocas palabras. No trabajaba, decía que no encontraba nada, mi tía era la que llevaba la casa adelante. Ella lo adoraba.

             De pronto, como si un huracán se hubiese generado en mitad del salón, las ventanas y las puertas, empezaron a abrirse y cerrarse con rabia. De nuevo, nos quedamos anonadados, sobre todo mi tía y su marido. Nos mirábamos, pero ninguno mediaba palabra alguna. Fue solo cuestión de unos segundos, pero impactantes segundos.

             -¿Qué está pasando aquí? –preguntó malhumorado Ramón, el marido de mi tía, levantándose asustado de la silla.

             -No sé cuñado –mintió mi madre– será la corriente, hoy hace mucho viento.

             -¿Esto lo ha hecho el viento? ¿Es que tú no has visto lo que yo? –preguntó serio.

             -Ramón, cariño, no pasa nada –lo tranquilizó mi tía- Ya se ha calmado el aire.

             - No me lo puedo creer. Voy a dar un paseo por la barriada, necesito relajarme un poco. Os dejo para que habléis tranquila las dos – y dirigiéndose a mi madre le ordenó en seco - Y solucionar lo del testamento, que tu hermana está enferma y no podemos estar todos los días en la carretera. – se marchó dando un portazo.

              -Discúlpalo, últimamente con mis males, está muy nervioso –lo justificó mi tía.

              Mi hermano se fue a estudiar, yo me quedé leyendo en el salón. Ellas estaban charlando las dos y yo escuchaba lo que decían.

               -Hermana, tú sabes que Ramón no encuentra trabajo y yo con mi trabajo, gano lo justito para vivir y ahora que estoy mal, apenas trabajo –le contaba mi tía Carmen a mi madre, mientras tomaban el té– Ramón quiere comprarse un coche nuevo. Yo sé que mamá tras vender la casa donde vivía con papá, tenía un buen dinero guardado. Ahora es para nosotras dos. Y a mí me hace falta el dinero. Mañana porque es domingo, pero el lunes si te parece, vamos al banco y lo solucionamos todo.

               -Sí, Carmen, sin problemas, el lunes vamos. Lo que mamá guardaba en el banco es para nosotras. Hermana, te voy a dar un consejo, no dejes que tu marido administre y gaste en caprichos, el dinero que mamá ahorró durante toda su vida.

                -Dolores, tú como no tienes marido, estás acostumbrada a no depender de nadie. Yo me debo a mi marido, para eso me casé con él. Lo mío es suyo y lo suyo es mío.

                Yo escuchándola pensé, que él salía ganando, ella iba a coger un buen dinero y lo compartiría con él, en cambio, Ramón no tenía nada que darle a mi tía. Pobre ilusa, lo iba a dejar despilfarrar toda su herencia.

                 Esa tarde no volvió a pasar nada fuera de lo normal. Ojalá mi abuela por fin, ya descansase en paz. Tras cenar nos acostamos pronto.

                 Yo dormía profundamente, cuando sentí que me llamaban, tocaban mi brazo repetidamente. Me desperté sin saber si estaba soñando. De repente la vi, allí estaba ella a mi lado, mi abuela Lola, con su camisón blanco de dormir, mirándome y sonriéndome, aunque vi que sus ojos estaban tristes y llorosos. Encendí la luz de la lamparita y desapareció, ya no estaba ante mis ojos. Mis dientes castañeaban de pánico. ¿Por qué todo esto? ¿Qué le atormentaba a mi abuela? Tardé mucho en volverme a relajar, aunque sabía que ella no nos haría daño, daba yuyu. La verdad que la sensación de miedo, escalofrío y desasosiego no desaparecía de mis entrañas. Al fin y al cabo, también era un fantasma con una fuerza descomunal.

Publicado la semana 10. 07/03/2018
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