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01
Charo Vela

Cara y cruz de la vida

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Sandra seguía tiritando. Un temblor interior se había apoderado de ella. Casi no sentía su cuerpo dolorido y magullado. Sólo quería entrar en calor, olvidar y dormir, estaba agotada. Había perdido la noción del tiempo.  En su letargo no tenía claro dónde estaba.

   Cuándo despertó del sopor de la anestesia, Sandra se encontró en una cama del hospital.  Aturdida miró a su alrededor y comprobó que estaba enchufada a varias máquinas. Su familia la observaba con rostros de preocupación. Su madre lloraba sin cesar. De pronto recordó el accidente. Empezó a rememorar en su mente todo lo ocurrido y sus ojos se inundaron de lágrimas.

    -Señorita Sandra, la operación ha sido favorable.  Pese a la gravedad del accidente, ha ganado usted la batalla. Ahora debe ser fuerte, no puede rendirse - le indicó el doctor acercándose a ella -  Ánimo, depende de usted ahora ganar la guerra.

    Sandra lo escuchaba sin entender nada. "¿Fuerte para qué? Ella siempre había sido una luchadora. Se propuso conseguir su sueño y había conseguido ser de las mejores. ¿De qué guerra le hablaba el doctor?"

    Empezó a recordar cómo comenzó todo. Había llegado a su piso, después de trabajar varias horas en su nuevo proyecto. Cenó sola, su compañero de piso estaba de viaje. Cansada se acostó pronto y como de costumbre se pudo a leer un rato. De repente, el olor a quemado y el humo la apartaron de la lectura.  Abrió la puerta de su alcoba. Lo que vio ante sus ojos la dejaron perpleja. Todo estaba en llamas. ¿Cómo había empezado el fuego? "¡Ay Dios mío!" Recordó que el móvil lo había puesto a cargar en la cocina. No podía llegar hasta allí, ni llamar a nadie.  Vivía en un bloque nuevo de apartamentos, donde apenas habitaba nadie los fines de semana. En segundos, como si de una enorme ola se tratase, las llamas avanzaron hasta su puerta, tragándose todo a su paso. Estaba aturdida y arrinconada. ¿Qué había pasado? Pedía ayuda a gritos. Salió al balcón, siguió gritando, pero nadie respondía. Decidió saltar, no parecía estar muy alto.  Era un primer piso. No tenía otra salida. Miró hacia dentro, el fuego avanzaba hambriento devorándolo todo. No lo dudó.  Con cuidado fue deslizándose por la baranda. Los nervios y la humedad de la noche, la hicieron flaquear y resbaló cayendo de bruces al suelo, perdiendo el conocimiento.

Ahora al verse en el hospital, pensó: "Gracias a Dios estoy viva". Quiso moverse y no pudo. Miró para sus fuertes piernas y las encontró inertes. Se las pellizcó y no sintió nada, ahora comprendió la cara de tristeza de todos. Empezó a llorar y gritar sin consuelo. "¡No, no, mis piernas no!" De repente deseó haber muerto. Así no merecía la pena vivir. En su interior, se desató la guerra interior de la que le habló el doctor. Sandra tras años de esfuerzo era bailarina de ballet profesional, era la protagonista del espectáculo. Su gran sueño ¿Qué iba a ser de ella ahora? De pronto, todo se volvió negro para Sandra.

    El primer año fue durísimo para todos. No luchaba por vivir, ella amaba el baile, era su gran pasión. Se sentía vacía. No tenía ilusión por nada. No aceptaba que tenía que estar todo el día en silla de ruedas. Quería morirse, odiaba al mundo y a sí misma.

    Un año después, en una revisión en el hospital, su madre le empujaba la silla y una mujer se le acercó y le pidió ayuda para su hija de ocho años. Tenía una enfermedad rara. No tenía operación y sin los cuidados especiales se moría. Sandra le contestó con acritud. "Enfermos estamos todos señora y no vamos pidiendo a los demás, deje de molestar a la gente" La señora con resignación y paciencia le contestó:

    - Joven comprendo que estés mal. Pero al menos tú estás viva.

    - ¿Qué sabrá usted? A veces es mejor morir que mal vivir - le contestó enojada a la mujer – esto no es vida.

    - Sólo sé lo que veo. Eres joven y fuerte. ¡Ojalá mi hija estuviese como tú y no como está! Piensa que hay mucha gente peor que tú. Deja de compadecerte. Te faltan dos piernas sanas, pero tienes dos fuertes brazos, tu cabeza centrada y un corazón latiendo con fuerza - le dijo enfadada la mujer al verla rendida. – no te rindas haz algo.

    - Es fácil hablar estando sana.

    - Mi hija se muere y no puede hacer nada, eso sí que es penoso. Algo te debe gustar y que tú puedas hacer.

    - ¡Sólo me gusta bailar! - contestó con rabia y casi gritando Sandra. – ¿Me ve que pueda bailar?

    - Pues ¡enseña a bailar a los demás! Haz algo – le gritó la mujer - Ayuda a los que están peor que tú. Te sentirás útil. El resto de tu cuerpo lo tienes sano, vivo, úsalo. Estás viva no lo olvides.

    La mujer sin más, se dio media vuelta y se marchó. Sandra quedó pensativa, molesta y desconcertada. Esa tarde estuvo seria y pensativa. Esa mujer había trastocado en su interior. Sus palabras la habían hecho pensar. ¿Cuánta gente peor que ella luchaban cada día por sobrevivir? Llevaba razón. Era hora de despertar del letargo y mirar al futuro con esperanza. Debía volver a vivir...

    Seis meses después, Sandra inauguraba su escuela de danza. “Danzando en el aire” Así se llamaba el salón, como ella se sentía en esos momentos. Allí con la ayuda de compañeros de baile y sus consejos, iba a enseñar a bailar a niñas y jóvenes. Se la veía radiante, ilusionada. Volvía a tener una ilusión por la que luchar, Había ganado la guerra, gracias a esa mujer desconocida, que un día le dio un buen bofetón sin mano y la despertó del letargo en el que se hallaba. Volvía a vivir de nuevo.

Sandra seguía tiritando. Un temblor interior se había apoderado de ella. Casi no sentía su cuerpo dolorido y magullado. Sólo quería entrar en calor, olvidar y dormir, estaba agotada. Había perdido la noción del tiempo.  En su letargo no tenía claro dónde estaba.

   Cuándo despertó del sopor de la anestesia, Sandra se encontró en una cama del hospital.  Aturdida miró a su alrededor y comprobó que estaba enchufada a varias máquinas. Su familia la observaba con rostros de preocupación. Su madre lloraba sin cesar. De pronto recordó el accidente. Empezó a rememorar en su mente todo lo ocurrido y sus ojos se inundaron de lágrimas.

    -Señorita Sandra, la operación ha sido favorable.  Pese a la gravedad del accidente, ha ganado usted la batalla. Ahora debe ser fuerte, no puede rendirse - le indicó el doctor acercándose a ella -  Ánimo, depende de usted ahora ganar la guerra.

    Sandra lo escuchaba sin entender nada. "¿Fuerte para qué? Ella siempre había sido una luchadora. Se propuso conseguir su sueño y había conseguido ser de las mejores. ¿De qué guerra le hablaba el doctor?"

    Empezó a recordar cómo comenzó todo. Había llegado a su piso, después de trabajar varias horas en su nuevo proyecto. Cenó sola, su compañero de piso estaba de viaje. Cansada se acostó pronto y como de costumbre se pudo a leer un rato. De repente, el olor a quemado y el humo la apartaron de la lectura.  Abrió la puerta de su alcoba. Lo que vio ante sus ojos la dejaron perpleja. Todo estaba en llamas. ¿Cómo había empezado el fuego? "¡Ay Dios mío!" Recordó que el móvil lo había puesto a cargar en la cocina. No podía llegar hasta allí, ni llamar a nadie.  Vivía en un bloque nuevo de apartamentos, donde apenas habitaba nadie los fines de semana. En segundos, como si de una enorme ola se tratase, las llamas avanzaron hasta su puerta, tragándose todo a su paso. Estaba aturdida y arrinconada. ¿Qué había pasado? Pedía ayuda a gritos. Salió al balcón, siguió gritando, pero nadie respondía. Decidió saltar, no parecía estar muy alto.  Era un primer piso. No tenía otra salida. Miró hacia dentro, el fuego avanzaba hambriento devorándolo todo. No lo dudó.  Con cuidado fue deslizándose por la baranda. Los nervios y la humedad de la noche, la hicieron flaquear y resbaló cayendo de bruces al suelo, perdiendo el conocimiento.

Ahora al verse en el hospital, pensó: "Gracias a Dios estoy viva". Quiso moverse y no pudo. Miró para sus fuertes piernas y las encontró inertes. Se las pellizcó y no sintió nada, ahora comprendió la cara de tristeza de todos. Empezó a llorar y gritar sin consuelo. "¡No, no, mis piernas no!" De repente deseó haber muerto. Así no merecía la pena vivir. En su interior, se desató la guerra interior de la que le habló el doctor. Sandra tras años de esfuerzo era bailarina de ballet profesional, era la protagonista del espectáculo. Su gran sueño ¿Qué iba a ser de ella ahora? De pronto, todo se volvió negro para Sandra.

    El primer año fue durísimo para todos. No luchaba por vivir, ella amaba el baile, era su gran pasión. Se sentía vacía. No tenía ilusión por nada. No aceptaba que tenía que estar todo el día en silla de ruedas. Quería morirse, odiaba al mundo y a sí misma.

    Un año después, en una revisión en el hospital, su madre le empujaba la silla y una mujer se le acercó y le pidió ayuda para su hija de ocho años. Tenía una enfermedad rara. No tenía operación y sin los cuidados especiales se moría. Sandra le contestó con acritud. "Enfermos estamos todos señora y no vamos pidiendo a los demás, deje de molestar a la gente" La señora con resignación y paciencia le contestó:

    - Joven comprendo que estés mal. Pero al menos tú estás viva.

    - ¿Qué sabrá usted? A veces es mejor morir que mal vivir - le contestó enojada a la mujer – esto no es vida.

    - Sólo sé lo que veo. Eres joven y fuerte. ¡Ojalá mi hija estuviese como tú y no como está! Piensa que hay mucha gente peor que tú. Deja de compadecerte. Te faltan dos piernas sanas, pero tienes dos fuertes brazos, tu cabeza centrada y un corazón latiendo con fuerza - le dijo enfadada la mujer al verla rendida. – no te rindas haz algo.

    - Es fácil hablar estando sana.

    - Mi hija se muere y no puede hacer nada, eso sí que es penoso. Algo te debe gustar y que tú puedas hacer.

    - ¡Sólo me gusta bailar! - contestó con rabia y casi gritando Sandra. – ¿Me ve que pueda bailar?

    - Pues ¡enseña a bailar a los demás! Haz algo – le gritó la mujer - Ayuda a los que están peor que tú. Te sentirás útil. El resto de tu cuerpo lo tienes sano, vivo, úsalo. Estás viva no lo olvides.

    La mujer sin más, se dio media vuelta y se marchó. Sandra quedó pensativa, molesta y desconcertada. Esa tarde estuvo seria y pensativa. Esa mujer había trastocado en su interior. Sus palabras la habían hecho pensar. ¿Cuánta gente peor que ella luchaban cada día por sobrevivir? Llevaba razón. Era hora de despertar del letargo y mirar al futuro con esperanza. Debía volver a vivir...

    Seis meses después, Sandra inauguraba su escuela de danza. “Danzando en el aire” Así se llamaba el salón, como ella se sentía en esos momentos. Allí con la ayuda de compañeros de baile y sus consejos, iba a enseñar a bailar a niñas y jóvenes. Se la veía radiante, ilusionada. Volvía a tener una ilusión por la que luchar, Había ganado la guerra, gracias a esa mujer desconocida, que un día le dio un buen bofetón sin mano y la despertó del letargo en el que se hallaba. Volvía a vivir de nuevo.

Publicado la semana 1. 22/09/2018
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